El reajuste analítico y programático alternativo

8 septiembre 2015 | Categorías: Opinió, Unió Europea | 590 lecturas |

Antonio AntónNueva Tribuna

La imposición regresiva del Eurogrupo al pueblo griego es una ‘guerra’ económico-financiera (como dice Varoufakis) y, además, político-institucional. Solo que no es una guerra equilibrada de dos partes similares en la contienda. Las posiciones de partida del poder económico e institucional son muy desiguales. La base de legitimidad social y democrática, cierta hegemonía política y cultural, puede ser más equilibrada o favorable para las fuerzas transformadoras. No obstante, no es buena metáfora hablar de ‘guerra’ (o lucha de clases). La realidad es que se trata más bien una ofensiva arrolladora del bloque de poder neoliberal con gran desproporción de fuerzas frente a una limitada capacidad defensiva, de articulación social o de resistencia popular de las fuerzas alternativas. Existe una relativa capacidad representativa y legitimidad ciudadana, pero con un poder institucional pequeño y sin control de los recursos económicos y financieros.

En estos años, la indignación popular y la protesta social progresista han sido masivas, han generado una pugna sociopolítica y cultural por la legitimidad social o la hegemonía política y apuntan a un cambio socioeconómico y político sustantivo. Pero el combate se ha vuelto más duro cuando se han empezado a disputar posiciones de poder político-institucional y reequilibrios significativos en el poder económico, basados en la justicia social y la democracia frente al autoritarismo y el monopolio oligárquico.

El acceso de dinámicas alternativas a parcelas de poder institucional (municipal y autonómico), incluso en el área gubernamental, sin una profunda y persistente movilización social y una cualificada mayoría representativa, es un paso necesario e imprescindible, pero es el comienzo de la pugna más dura y abierta por el control del poder real, estatal y, sobre todo, europeo y de la capacidad regulatoria de los mercados. Es el momento actual de Grecia y el posible en España si Podemos y las fuerzas críticas y alternativas obtienen suficiente peso representativo para constituir o condicionar un gobierno de progreso. Pero supone un cambio de ciclo respecto de las dinámicas dominantes este último lustro de combate sociopolítico democratizador y contra la gestión regresiva de la crisis.

Los grandes poderes financieros, con una frenética dinámica especulativa de acumulación de beneficios, han sido los culpables de la crisis económica-financiera y en vez de asumir sus costes y pérdidas los trasladaron a los Estados mediante la conversión de las deudas privadas en públicas. Luego los gobiernos, sobre todo periféricos, y las instituciones comunitarias aplicaron la austeridad a la mayoría de las sociedades del sur para asegurarse el pago a los acreedores. Y de paso, ambos poderes refuerzan su hegemonía impulsando la pérdida de derechos sociolaborales y la contención de los movimientos progresistas y de izquierda. La gestión y la salida liberal-conservadora de la crisis consisten en estabilizar ese orden socioeconómico, más desigual y de subordinación popular, consolidar su hegemonía política, con una mínima legitimidad democrática y el apoyo de sectores acomodados y conservadores. Tratan de garantizar una dinámica institucional europea, un modelo de UE –la Europa alemana-, con predominio de los mercados y la derecha conservadora, la colaboración de los aparatos socialdemócratas, el sometimiento de los países del sur y la subordinación de las capas populares.

Por tanto, solo cabe un proceso prolongado de resistencia firme, una estrategia de reformismo fuerte, de transformaciones cualitativas, sin descartar retrocesos, con una perspectiva inmediata de cambio político e institucional y un horizonte de transformación económica y política igualitaria y democratizadora en una Europa más justa y solidaria.

No obstante, los ritmos y la profundidad de las tendencias de cambio institucional en los distintos países europeos  son distintos. Pueden apuntar al mismo objetivo de condicionar al bloque conservador dominante en la UE y disputar su exclusiva hegemonía en el diseño de la construcción europea futura. Pero las fuerzas populares progresistas tienen una legitimidad social e influencia institucional desiguales. Ya no solo en Grecia y España, sino en Francia e Italia, cuyo desarrollo de dinámicas críticas al poder establecido, la neutralización de las tendencias ultraderechistas y el desplazamiento de la credibilidad pública de los aparatos socialdemócratas son imprescindibles para fortalecer la pugna emancipadora frente al bloque liberal-conservador representado por Merkel y el Gobierno alemán.

Además, debe madurar la pérdida de legitimidad representativa de las derechas conservadoras en los principales países centrales, entre ellos, como demuestran algunos síntomas positivos, en la propia Alemania (no solo con la oposición de la Izquierda y los Verdes sino de los moderados sindicatos y de algunas bases socialdemócratas) y en el Reino Unido (con importantes nuevas bases laboristas que apoyan a su dirigente de izquierdas), o incluso llegando al corazón de EEUU, con el ascenso en las primarias demócratas del líder ‘socialdemócrata’ -que allí es sinónimo de radical-. Por tanto, ante el tremendo poderío del establishment, algo se mueve en las sociedades centrales más conservadoras.

Cambia la perspectiva histórica sobre el ritmo y la profundidad del cambio. O, en otro sentido, el proceso de consolidación de la hegemonía política y la representatividad institucional, en uno o varios países periféricos, de las fuerzas alternativas. Y qué papel articulador de la dinámica sociopolítica y qué capacidad transformadora de sus estructuras socioeconómicas consiguen implementar frente al poder establecido de los países centrales y las principales instituciones europeas.

El significado de ‘ganar’ o ‘asaltar los cielos’, aprovechando una buena coyuntura u oportunidad, se modifica. Define un avance parcial o limitado en un proceso más amplio, al menos del próximo lustro, y una estrategia más prolongada, con avances y retrocesos. Y como en el lustro anterior de refuerzo de la indignación cívica y la resistencia popular frente a la crisis sistémica, implica un nuevo paso de ampliación y mayor consolidación de una ciudadanía activa y una renovación de las élites sociales y políticas, con un fuerte talante social y democrático.

En esta nueva etapa, todavía defensiva para las tendencias progresivas, la dinámica principal es de resistencia firme y reformismo fuerte y sustantivo, de combinación de realismo y voluntad transformadora, de vinculación democrática con la mayoría popular y reafirmación en los valores igualitarios y la defensa y mejora de los derechos sociales y el bienestar público.

En el plano institucional europeo caben una descentralización de la UE y una flexibilidad del sistema monetario, tal como apunta el alemán Oscar Lafontaine. Si se mantiene el actual austericidio de la Europa alemana, con más prepotencia autoritaria y una mayor subordinación de los países del sur y las capas populares, son evidentes los riesgos de desmembración de la eurozona, con aislamiento financiero y político de los países más débiles y reticentes o díscolos con el poder establecido. Pero, además de contemplar seriamente los problemas de la transición monetaria y económica, sin respaldo institucional y con el boicot de los mercados financieros, hacen falta más condiciones. Hay que evaluar la capacidad autónoma, política, económica y fiscal de los gobiernos periféricos, para sobrevivir en un entorno de acoso externo e interno. Pero, sobre todo, se trata de mantener la perspectiva de cómo doblegar o, al menos, frenar a los poderosos ampliando las bases sociales de rechazo a ese proyecto conservador, fortaleciendo la solidaridad europea y avanzando en una reforma progresista de la eurozona.

El problema de fondo para las fuerzas progresistas sigue siendo cómo se liberan los pueblos europeos de la  subordinación del poder financiero y el bloque de poder liberal-conservador y su armazón institucional en la actual UE. Salirse del euro y la eurozona es un atajo que puede ser contraproducente y generar más sufrimiento popular, sin la cobertura o posibilidad de constituir otro bloque solidario, inexistente en el panorama geoestratégico y económico mundial. Incluso para China o la Rusia de Putin no es atractiva la salida de Grecia del euro sino todo lo contrario, un puente en sus relaciones comerciales con la UE. Al mismo tiempo la propia Grecia puede hacer valer su aportación integradora, social, cultural y política, y de estabilidad democrática en ese espacio inestable y sensible de Oriente Medio, los Balcanes y el mediterráneo oriental y en tensión con la potencia emergente de Turquía.

En definitiva, tras siete años de crisis socioeconómica y cinco de gran ofensiva conservadora, se produce el intento derechista de cierre del impacto, en el reequilibrio de poder político-institucional y la reforma económico-social, de la oposición popular  y la crisis de legitimidad del poder establecido: la democratización política, la conformación de nuevos sujetos transformadores y la disminución de las brechas, sociales y entre países, producidas por la crisis y su gestión liberal-regresiva, junto con la aspiración a otro proyecto solidario y democrático de construcción europea.

No obstante, sigue abierta la oportunidad histórica para apostar por otra Europa. Frente al proyecto conservador, injusto y fragmentador, en la ciudadanía europea todavía existen dinámicas democráticas, emancipadoras e igualitarias para replantear el modelo productivo e impulsar la modernización económica del sur, democratizar sus instituciones e impulsar una redistribución de rentas, transferencias de capital y mutualización o solidaridad de los riesgos que incrementen la cohesión social y la integración política de la Unión Europea.

La ruptura institucional de un país periférico con la UE, con una fuerte legitimidad y apoyo popular, podría ser suficiente para desarrollar o conseguir capacidades y mecanismos político-institucionales y estabilizar un modelo de desarrollo económico autónomo, en conflicto abierto con las oligarquías locales, colaboradoras del poder financiero global y absentistas o ‘traidoras’ desde el punto de vista patriótico. El componente de construcción y alianza nacional-popular tendría que ser muy consistente. Y superar los límites derivados de la interdependencia económica, muy difíciles. Pero, en la actualidad, ni en Grecia ni en otro país europeo, se da esa circunstancia de homogeneidad popular para acometer ese proyecto, cosa no descartable en el futuro en otra coyuntura más dramática todavía. Ni tampoco una suficiencia de la autonomía económica, para la que, al menos, habría que garantizar un apoyo regional o de varios países relevantes.

La cuestión es que, en estos momentos de mayor interdependencia y subordinación externa, el adversario de las tendencias transformadoras es exterior e interior. Dicho de otra manera, los recursos productivos y financieros de un país económicamente débil como Grecia, son dependientes del control foráneo, con la colaboración de las oligarquías y élites locales, y autónomos del poder soberano estatal. Una cosa es el gobierno y otra el poder político-económico. Dar un paso más en una confrontación abierta, en gran desventaja estratégica, con una fuerza popular y alternativa con gran legitimidad social pero todavía limitada en su capacidad transformadora del poder real, es olvidar que se está en una posición defensiva que exige una pugna prolongada, compleja, con altibajos y avances y retrocesos. La responsabilidad institucional progresista es combinar un horizonte de cambio con la gestión de garantías concretas para el bienestar de la mayoría de la población, preservando los menores retrocesos y la participación democrática.

La prepotencia actual del gobierno de coalición alemán y la Troika con el pueblo griego y el gobierno de Syriza tiene un significado político claro. Había que frenar el cuestionamiento popular a la salida reaccionaria de la crisis y el autoritarismo institucional europeo. No solo como protesta social y deslegitimación pública, sino como constitución de un poder (relativo) institucional alternativo con su capacidad gestora, simbólica y articuladora de la sociedad griega. Había que cortar la simpatía popular  (el contagio) y la dinámica de cambio político en España y el resto del sur europeo, así como la posible suma de nuevos aliados y dinámicas de cambio en otros países que apunten al corazón del poder liberal-conservador. El fin de la primavera griega, desactivaría la ola de cambio político en España y, en otros países, aislaría los focos de deslegitimación cívica de la estrategia reaccionaria y la formación de tendencias alternativas.

Sin embargo, la derrota al pueblo griego no es total (estratégica), ni la aceptación gubernamental a regañadientes de los planes europeos, algunos con efectos en varias décadas, significa la renuncia a la exigencia de su reversibilidad, en otras condiciones sociales, económicas y políticas a construir. En Syriza existe el riesgo de la simple transformación gestora de su función política; así se deduce de la posición de componentes de su ala moderada. Pero el grueso de sus bases y su dirección, el núcleo en torno a Tsipras y el grupo de los 53, del ministro de finanza Tsakalotos y el más afín a Varoufakis, mantienen la denuncia del carácter injusto e ineficaz de la estrategia neoliberal que conlleva el memorándum del tercer rescate y la aspiración a su derogación. Así, busca un terreno y un tiempo que permitan poder continuar la defensa  de los derechos sociales y democráticos del pueblo griego, derrotar al bloque conservador y construir otra Europa social y democrática.

Profesor Honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

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