Todos somos inmigrantes

18 febrero 2016 | Categorías: Internacional, Opinió | 631 lecturas |

Carolina Batista – ATTAC Canarias

Fronteras, migración, pureza de sangre, miedo al otro, xenofobia, racismo, sin-papeles, exilio, refugiados.

¿Te has preguntado alguna vez de dónde vienes? ¿Dónde naciste?, ¿dónde has vivido?. ¿de dónde era tu familia? ¿has intentado trazar alguna vez tu árbol genealógico?

Movimientos migratorios ha habido siempre, a lo largo de la Historia de nuestro planeta. Los seres vivos se desplazan de unos lugares a otros. Buscan nuevos territorios donde desarrollarse. A veces, se produce una catástrofe y miles de seres se ven en la obligación de partir en busca de otro sitio donde asentarse y encontrar el sustento.

7.000 millones de personas viven en un mundo sobrepoblado y sobreexplotado. En algunas áreas se acaban los recursos. Donde un día había bosques, manantiales, tierras productivas, hoy encontramos desiertos. Las actividades extractivas de minerales, o petróleo, están dejando como resultado un paisaje desolador. ¿Acaso pensamos que todo cuanto nos rodea es infinito? ¿Por qué destinamos tanto dinero a la búsqueda de planetas habitables? ¿quizás, porque sabemos que vamos camino de acabar con el nuestro?

Somos muchos, sí. Pero ese no es el único problema que se nos plantea en la actualidad. Nuestro mundo está manejado por unos pocos. Esos pocos representan el 1% de la población total del planeta y, sin embargo, son quienes acaparan toda la riqueza, quienes presionan a los gobiernos para que legislen a su favor. Mientras tanto, la pobreza aumenta. Mucha gente necesita escapar de una pésima situación. En algunos casos, las grandes multinacionales deciden instalarse en un sitio para extraer un recurso, con el beneplácito del gobierno de turno, dejando a cientos de familias sin su principal fuente de ingresos, o aquellos alimentos con los cuales se abastecía la población en esa determinada región. Otras veces, la intolerancia se expande como la pólvora, provocando conflictos bélicos entre gentes de distintas etnias, ideas o religiones. Sea como sea, este planeta es de todos. De los blancos, de los mulatos, negros, con rasgos orientales, de los desfavorecidos, las mujeres y hombres. Hemos olvidado cómo vivir en armonía con la Naturaleza circundante, cómo convivir entre nosotros, cómo desarrollarnos a un ritmo sostenible. Nos está saliendo caro porque estamos perdiendo lo mejor, de forma irremediable. Se extinguen especies vegetales y animales, desaparecen los ecosistemas, los recursos, pero también, en gran medida, se está evaporando en el aire una parte importante de nosotros mismos. Un aire cada vez más pútrido -todo sea dicho de paso-.

La dignidad -tanto física, como moral- es el derecho a mantener unas condiciones de vida mínimas. Cada persona tiene unas necesidades básicas a cubrir: vivienda, alimentación, higiene, condiciones sanitarias, acceso a la educación y el conocimiento. Estos derechos se niegan a otras personas, de manera continuada, por venir de fuera de nuestra frontera. Dicha frontera no es más que una barrera mental, una abstracción. Nosotros la construimos cuando nos conviene. También la eliminamos cuando nos interesa. Abrimos y cerramos las puertas al antojo de nuestro interés, mirando para otro lado frente al desfavorecido. Levantamos muros, alambradas de pinchos, fosas infranqueables, pero no se puede parar lo imparable: a la gente con necesidades.

Canarias es un ejemplo muy significativo de emigración e inmigración. El Archipiélago fue poblado en diversas oleadas durante siglos, hasta conformar la sociedad actual, pero también sufrió la marcha de miles de habitantes, principalmente, hacia América. Venezuela y Cuba fueron los principales destinos que marcarían nuestra conexión histórica con esas tierras, más allá del Oceano Atlántico.

Al mismo tiempo, en el conjunto de España, alrededor de 800.000 personas han dejado su lugar de residencia para buscar una vida mejor en otros países europeos, o incluso en Asia y América. La mayoría son jóvenes, aunque no exclusivamente. Hay mayores de 40 y 50, hartos de esperar la consecución de un trabajo. Familias enteras marchan con sus hijos, muchas veces casi sin conocer el idioma del país al que van. Se enfrentan a una cultura, idioma y forma de vida diferentes. Intentan adaptarse de la mejor manera para poder sobrevivir. Sin embargo, en muchos casos la desesperanza se apodera de ellos por la precariedad laboral y los múltiples sinsabores del hecho en sí de ser extranjero.

La realidad es, a menudo, contradictoria. Cerramos las fronteras a la inmigración por miedo, pero a la vez utilizamos a esos grupos humanos como mano de obra “barata” con la condición de permitirles residir en nuestro país. Ellos sueñan con aspirar a otra vida, con ahorrar y mandar dinero a casa. Trabajan horas extra incansablemente con la ilusión perdida en el horizonte, visualizando su hogar a miles de kilómetros de distancia. “Tal vez, un día, tendré una casa a la que llamaré hogar, un trabajo que de verdad me guste y una vida digna”. Lo del “trabajo que me guste” es más un añadido mío -permítaseme el desliz- Ya sé que raya de cerca la Utopía, pues cuando se emigra, eres consciente de que, incluso haciendo las labores que a nadie gustan, deberías estar agradecido. El desempleado pasa a ser un suplicante y el emigrante es un suplicante de rango inferior. Los posibles empleadores cuentan con el poder para exigir hasta la extenuación, reducir los salarios y despedir ante cualquier disidencia, o si no les sale el trabajador a cuenta a la hora de alcanzar los máximos beneficios. Y aquí ya no se libra nadie. Todos somos emigrantes en potencia. Tú, yo, él, ella, nosotros, vosotros…

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