¿Deben los robots y la Inteligencia Artificial cotizar a la Seguridad Social? (y III)

27 octubre 2016 | Categorías: Internacional, Opinió | 421 lecturas |

Rodrigo del OlmoEL PERISCOPI

La especie humana es considerada inteligente por ser capaz de pensar, racionalizar, aprender y conceptualizar información. ¿Podrían los robots programados con algoritmos lo bastante complejos y con acceso a los suficientes datos y contextos ser capaces de acabar desarrollando algún tipo de inteligencia? Sin duda, es un escenario muy plausible dado que, ya hoy en día, los sistemas robóticos pueden parecer, hablar y actuar de forma muy similar a las personas. Son capaces de aprender y almacenar información en su memoria procesándola lógicamente, plasmándola en casos y concretándola en decisiones o acciones. También son capaces de analizar oraciones a través de su sintaxis y semántica llegando a proporcionar respuestas lógicas y creíbles (Lucci y Kopec 2016). ¿Todo ello las convierte en máquinas inteligentes? Es una respuesta compleja que excede con mucho la extensión de este artículo, pero sin duda, sí que parece dotarlas de unas capacidades lo suficientemente amplias para afectar rápida y decisivamente a la economía y al sistema productivo como si así lo fueran en efecto. Las previsiones de los expertos son que, en 2050, las probabilidades de que la inteligencia de las máquinas de alto nivel aventaje en mucho las capacidades humanas en casi todos los aspectos superan el 50%. Dicho de otro modo, lo más probable es que ocurra (Müller 2016). Ya a día de hoy, podemos encontrar muchos aspectos de IA en robótica como sistemas integrados. Estos incluyen algoritmos de búsqueda y lógicos, sistemas expertos, lógica difusa, heurística, aprendizaje automático, redes neuronales, algoritmos genéticos, planificación y gamificación(Lucci and Kopec 2016). La IA servirá como sustituto de la inteligencia humana, no solo desarrollando el trabajo intelectual desempeñado hoy por las personas, sino que, una vez equipadas las mentes artificiales con cuerpos robóticos u otros tipos de dispositivos, podrán sustituir y aventajar, cada vez más, en rendimiento y capacidades al trabajo humano de carácter físico (como ya ocurre en el presente). Si los trabajadores robóticos, que, además, pueden ser rápida y estandarizadamente “reproducidos”, son más baratos y con mayores capacidades que los trabajadores humanos en, prácticamente, todos los puestos, cabe esperar que los salarios caigan dramáticamente excepto en aquellas actividades en las que los clientes pudieran mostrar preferencias hacia el trabajo efectuado por humanos. Dichas preferencias podrían tener raíces ideológicas o religiosas, de modo similar al que muchos musulmanes o judíos rechazan la comida no preparada en base a las tradiciones marcadas por su religión (Bostrom 2014).

Gradualmente, el precio de los robots y del software de ingeniería del conocimiento e IA, irá disminuyendo siendo su implantación cada vez más universal. Para abaratar costes y evitar conflictos con los trabajadores, los propietarios de las empresas industriales y de servicios, reemplazarán a las personas por robots, disminuyendo dramáticamente la cantidad de puestos de trabajo, tanto de “cuello azul” como de “cuello blanco”, disponibles en el mercado. Cabe esperar que, (como ya se ha apuntado antes) en el plazo de unos 50 años, los robots y los sistemas de IA puedan reemplazar a la fuerza de trabajo humana en todos y cada uno de los sectores productivos: industria, agricultura, minería e, incluso, en la mayoría de los puestos en el sector servicios. Esto podría significar vivir en una sociedad sin coberturas por desempleo, sin beneficios sociales y sin pensiones lo que conduciría a la exclusión social de la inmensa mayoría de la población y a la fractura social (Wierzbicki 2016).

En la medida en que la relativamente barata fuerza de trabajo robótica pueda sustituir al trabajo humano, este último, puede desaparecer. Los temores sobre la automatización y la pérdida de empleos no son, desde luego, nuevos, aunque sí parece serlo la medida en la que las máquinas van a poder competir con la primordial ventaja adaptativa del ser humano que es su inteligencia. Obviamente, surge el problema relativo a la forma en la que esos ingresos del capital conformado por los sistemas robóticos y de IA serán distribuidos. Como primera aproximación, lógicamente, las rentas del capital serán proporcionales a la cantidad de capital poseído. Dado el astronómico efecto amplificador de dichos sistemas, incluso una relativamente pequeña cantidad de riqueza adquirida en la pre-transición, podría convertirse en una gran fortuna post-transición. Sin embargo, en el mundo actual, son muchos los individuos y familias que no poseen riqueza, no tratándose tan solo de las personas que viven en la pobreza, sino también de aquellas que, teniendo elevados ingresos o que poseen un elevado capital humano en base a su formación y conocimientos, puedan tener un patrimonio neto negativo. Es en este punto en el que un gobierno controlado por humanos en base a los principios emanados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y a las directrices impuestas por los criterios de equidad y justicia social, debería utilizar los mecanismos fiscales del Estado para redistribuir los beneficios privados (Bostrom 2014). Aquí es donde surge la necesidad del establecimiento de alguna clase de Renta Básica Universal que garantice, teniendo en cuenta los servicios sociales, asistenciales, educativos y sanitarios provistos por el Estado, una vida digna a todas las personas. El desarrollo de sistemas robóticos y de IA combinados, requiere de un empleo intensivo de capital, cada vez más, al alcance únicamente de las grandes corporaciones privadas trasnacionales ya que los depauperados y endeudados estados deben emplear sus recursos para el sostenimiento de los menguantes servicios que deben intentar prestar a la población. Por ello, cabe esperar que, de no tomarse medidas correctoras y redistributivas, se produzca un incremento acelerado del acúmulo de riqueza en manos de las corporaciones oligopolísticas controladas por la plutocracia globalista y, consecuentemente, en un aumento de la estratificación social, la desigualdad y la pobreza, tanto absolutas como relativas. Coincido con Wierzbicki en que no sabemos si la sociedad futura podrá funcionar sin mercados, pero podemos dar por seguro que la sociedad de mercado sin trabajo, será una sociedad de gran y profunda estratificación, con la inmensa mayoría de las personas en situación de pobreza y exclusión social de no existir mecanismos amplia y eficazmente redistributivos de las rentas generadas.

 

Llicenciat en Ciències Polítiques i de l’Administració. Llicenciat en Sociologia

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