Irak y Siria: de las armas de destrucción masiva al gas sarín

11 abril 2017 | Categorías: Internacional, Opinió | 296 lecturas |

Marcos Roitman Rosenmann - Consejo Científico de ATTAC España

Como ya es costumbre, las disyuntivas que presentan los países que avalan el bombardeo de Estados Unidos en Siria se fundamentan en un hecho controvertido. Nadie puede asegurar que el ataque con gas sarín fuera una verdad irrefutable, de allí que los medios de comunicación se curen en salud y antepongan la coletilla presunto ataque con gas sarín. El resto ya lo conocemos. La fuerza aérea del régimen de Bashar Assad bombardeó la población de Jan Sheijun.

La notica saltó a los medios de comunicación mediante una nota divulgada por la agencia Reuters, citando como fuente fidedigna al Observatorio Sirio de Derechos Humanos, en manos de la Coalición Nacional de Fuerzas Opositoras, y el frente Al Nusra. A partir de ese momento cobró fuerza y se esparció por todo el mundo. Las fuerzas gubernamentales, se dice, habrían bombardeado con gas sarín a la población civil, causando centenares de heridos y decenas de muertos.

Pero un artículo publicado por Javier Benítez, citando a Juan Aguilar, experto internacionalista, ponía en duda tal hecho. Con un título llamativo: Ataque químico en Siria, estamos ante un montaje, se limitaba a describir las imágenes proporcionadas por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Mirando con detenimiento, dice, se puede ver que las personas que prestan socorro no llevan guantes ni trajes de protección, ni escafandras, elementos imprescindibles ante un ataque con gas sarín. Entre otras consecuencias, el gas sarín se pega a la piel, produce intoxicación y puede terminar causando la muerte. Sin protección, la exposición al gas sarín afectará a toda persona que estuviera a su alrededor.

Es posible que la intoxicación se haya producido por la presencia de cloro, componente habitual en los depósitos donde se fabrican o guardan armas químicas. Ello daría credibilidad al gobierno de Assad negando el uso de gas sarín y reconociendo que bombardeó un depósito de armamento químico, donde posiblemente se ocultara gas sarín.

Curiosamente, Seymour Hersh, periodista estadunidense, galardonado, entre otros, con el Premio Pulitzer y uno de los más respetados por la profesión, señaló en una entrevista publicada por la página web Conjugando Adjetivos, el 5 de febrero de 2016, lo siguiente: Hillary Clinton aprobó el envío de gas sarín a los rebeldes sirios. Según cuenta, la administración Obama buscó acusar al gobierno de Siria de realizar ataques con gas sarín para utilizarlo como excusa para invadir Siria. Igualmente, manifestó, Hillary Clinton había aprobado el suministro de armas químicas a los rebeldes sirios. La CIA y el M16 británico asumieron la misión, subraya Hersh, de trasladar las armas de los arsenales procedentes de Libia a Siria.

Nada de lo apuntado ha sido puesto sobre la mesa. Los medios de comunicación se han limitado a reproducir las afirmaciones de los rebeldes y dar por bueno el ataque de Donald Trump a la base militar de Shairet. Europa Occidental, la OTAN y los aliados fieles, Gran Bretaña, Francia, se han apresurado a dar el visto bueno a un ataque que vulnera todos los principios del derecho internacional.

Parece ser que cualquier duda razonable cae en el saco del maniqueísmo. Inmediatamente surgen los cuestionamientos. ¿Acaso estás de acuerdo con el asesinato de niños y población civil? ¿Apoyas a un tirano? ¿El mundo no estaría mejor sin Bashar Assad? Cualquier argumento en sentido contrario se desvanece en medio de un aluvión de insultos y la consabida descalificación.

Lo dicho me recuerda la campaña lanzada por Estados Unidos para justificar la segunda invasión a Irak: la existencia de armas de destrucción masiva. Todos los informes realizados por científicos, analistas y comisiones señalaban su inexistencia. A pesar de las manifestaciones y de los millones de personas que en todo el mundo salieron a protestar bajo el grito de ¡No a la guerra!, desmontando tal afirmación, el trío de las Azores procedió a invadir Irak en nombre de la lucha contra el terrorismo internacional. Su argumento central era irrefutable: que Sadam Hussein y sus ejércitos tenían dichos arsenales. No pasó mucho tiempo para que se demostrara la falsedad y la inexistencia de las armas de destrucción masiva. Pero ninguno de los conocidos como el trío de las Azores, Blair, Bush y Aznar, han asumido responsabilidades ni han sido juzgados por crímenes de guerra. Siguen defendiendo la invasión argumentando que Irak es un país seguro (sic).

Hoy se pretende hacer nuevamente lo mismo: ocultar la verdad a cambio de conseguir el objetivo final, que es invadir Siria bajo el pretexto de poseer arsenales, bombardear con armas químicas y gas sarín. El negocio será, como siempre, para las multinacionales. Ya se están frotando las manos y repartiéndose el botín.

Publicado en La Jornada

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