La Rusia de Putin: el retorno de los vencidos

18 junio 2017 | Categorías: Internacional, Opinió | 298 lecturas |

Santiago Mayor - ALAI, AMÉRICA Latina en movimiento

El 9 de agosto del 1999 el presidente ruso Boris Yeltsin, declaró: “He decidido nombrar a la persona que, en mi opinión, es capaz de consolidar nuestra sociedad, garantizar la continuación de las reformas en Rusia con el apoyo de las más amplias fuerzas políticas. Él será capaz de ponerse al frente de los que en el nuevo siglo XXI tendrán que renovar nuestra gran Rusia”.

Hablaba del desconocido director del Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, Vladimir Putin, al cual acababa de nombrar primer ministro. Apenas un año después sería electo presidente por primera vez.

La Rusia humillada de los oligarcas

Con el desmembramiento de la Unión Soviética la nación rusa no sólo vio cómo los países bajo su control se independizaban, sino también un avance imparable de Occidente en su histórica zona de influencia tanto en Europa del Este como en Asia Central.

La Rusia que recibió Putin era una ex potencia decadente, alejada de la supremacía que había tenido en el contexto de la Guerra Fría, pero también de su histórico rol geopolítico antes del siglo XX. El país estaba controlado por una oligarquía de ex burócratas comunistas devenidos empresarios multimillonarios, corruptos y mafiosos, que poseían bajo su control casi todos los resortes del Estado.

La tasa de mortalidad superaba a la de natalidad desde 1992 y la deuda externa alcanzaba el 78% del PBI.

Poniendo la casa en orden

En el marco de los conflictos nacionalistas surgidos al calor de la desintegración del bloque comunista, Putin tuvo que afrontar ni bien asumió como primer ministro una situación realmente compleja.

Chechenia, unas de las repúblicas que integran la Federación Rusa, había retomado en 1991 su lucha por independizarse de Moscú. De hecho fue un Estado autónomo de facto hasta 1999. Ese año tropas chechenas invadieron la república de Daguestán (también parte de Rusia).

El nuevo mandatario ruso decidió garantizar la integridad territorial del país y las Fuerzas Armadas atacaron Chechenia llegando hasta Grozni, la capital, recuperando el control de todo el territorio para mayo de 2000.

Un hecho similar se dio en 2008 cuando el gobierno de Georgia invadió Osetia del Sur, república reconocida por Rusia pero no por el resto de la comunidad internacional. Este territorio, que contaba en aquel momento con un 90% de población con pasaporte ruso, está étnica e históricamente ligado a Osetia del Norte (otra entidad subnacional dentro de la Federación Rusa). En ese marco las tropas de Moscú se movilizaron para defender la autonomía de los osetios imponiéndose sobre los georgianos que contaban con el respaldo de Washington.

Ambos conflictos fueron vistos por Rusia como un intento de Occidente de reducir su influencia en la estratégica zona del Cáucaso que cuenta con importantes reservas de petróleo y gas.

A estos triunfos militares Putin sumó éxitos en materia económica como haber vuelto a poner a Rusia entre las economías más importantes del mundo, convertirla en la segunda exportadora de petróleo detrás de Arabia Saudita y haber bajado la inflación de un 20% anual en 2000 a un 5,3% en 2016. Además revirtió la tasa negativa de natalidad en 2013 y redujo la deuda externa al 10% del PBI.

Por otra parte, en una política que incluyó acuerdos y confrontaciones, logró “ordenar” a los grandes oligarcas y encauzarlos en función de sus objetivos.

Sin embargo estos éxitos no lo han eximido de denuncias de cierto autoritarismo, principalmente en lo relacionado a las libertades individuales.

La línea roja de Moscú

Cuando Mijaíl Gorbachov, el último jefe de Estado soviético, aceptó que la Alemania reunificada fuera parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), acordó con los mandatarios occidentales que esa política no se extendería hacia el resto de Europa oriental.

Sin embargo en 1999 fueron incorporadas a esa entidad Hungría, Polonia y la República Checa. A las que se sumaron en 2004 Bulgaria, Eslovaquia, Rumania, Eslovenia y -quizás lo más importante-, las tres repúblicas bálticas: Lituania, Letonia y Estonia. Esto implicó poner a las fuerzas militares atlantistas en la misma frontera rusa. Un proceso similar y simultáneo se dio con la expansión de la Unión Europea incorporando antiguos Estados integrantes del Pacto de Varsovia.

Todo fue acompañado de un fenómeno muy particular que se dio a comienzos de la década del 2000: las llamadas “revoluciones de colores” teorizadas por el filósofo anticomunista Gene Sharp. Se trató de manifestaciones presuntamente pacíficas contra gobernantes autoritarios, pero en realidad buscaban el cambio autoridades afines a Moscú por gobierno pro-occidentales. Las más recordadas por su éxito son las de Georgia (2003) y Ucrania (2004). Aunque hubo otras fallidas como la de Bielorrusia en 2006.

Como si esto no fuera suficiente, la OTAN desplegó su famoso “escudo antimisiles” en países como Rumania y Polonia, a distancia de fuego de Moscú.

Pero la gota que rebalsó el vaso fueron las protestas en 2014 del llamado Euromaidán en Ucrania, apoyadas desde Bruselas y Washington, que derrocaron al presidente Víktor Yanukóvich -que rechazaba ingresar a la Unión Europea-, eliminaron el sistema federal de gobierno y prohibieron la enseñanza del ruso como segundo idioma.

La reacción de Moscú fue intervenir para buscar una solución al conflicto, sin caer en la provocación de comenzar una guerra abierta. Putin actuó como mediador en la conferencia de Minsk que estableció 13 puntos para la paz en el país y abogó por una Ucrania federal que reconociera la autonomía de las regiones orientales de mayoría rusa.

Asimismo reincorporó Crimea (cedida a Ucrania en 1954) al territorio ruso poniendo sobre la mesa el derecho a la autodeterminación utilizado por la propia Ucrania cuando decidió independizarse de la URSS en 1991. Este fue quizás el punto más álgido de la nueva política internacional del Kremlin. En una acción contundente pasó a la ofensiva marcando un límite, la “línea roja” ante la avanzada occidental, en sus propias fronteras.

Si bien no se puede relacionar directamente, esta vuelta a la escena internacional ha sido acompañada de algunos logros políticos de Moscú en Europa Oriental como se vio en las elecciones de Bulgaria y Moldavia de 2016, donde candidatos afines lograron imponerse.

Esto ya ha generado paranoia en las autoridades europeas que el año pasado emitieron una resolución de censura a los medios rusos por temor a su influencia dentro de la Unión.

A pesar del estupor con el que muchos medios de comunicación informan sobre la política exterior rusa, cabe recordar que las tropas de la OTAN están apostadas en su frontera europea, flotas militares estadounidenses se pasean por sus costas orientales en el Pacífico y Washington posee bases militares en Asia Central y tropas en Afganistán.

Como contrapartida, el Kremlin no despliega su armamento sobre las costas estadounidenses sino que marca el límite en su zona de influencia y lo hace como repuesta a la agresión de otras potencias. En ese sentido cualquier planteo de poner en igualdad de condiciones las acciones de uno y otro lado, resultan -por lo menos- superficiales.

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De primaveras árabes, terroristas e intervenciones “democráticas”

La llamada primavera árabe -iniciada en 2011- barrió con algunos gobiernos autoritarios afines a EE.UU. (Egipto y Túnez). También fue violentamente sofocada en países como Bahrein, con apoyo de Arabia Saudita, y desató guerras civiles en Libia, Yemen y Siria.

En el caso de Yemen, cayó un gobierno pro-occidental y los rebeldes hutíes -cercanos al gobierno iraní- combaten al día de hoy contra una fuerza multinacional encabezada por los saudíes. En Libia el desenlace es conocido: la OTAN bombardeó el país hasta dejarlo hecho trizas con el objetivo de asesinar a Muamar Muhamad Abu-minyar el Gadafi. Este bombardeo fue realizado a pesar de los planteos de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Finalmente, Siria fue distinto. El financiamiento de Occidente y las monarquías del Golfo a lo que llaman “rebeldes moderados”, junto al surgimiento de Estado Islámico, generó un conflicto multinacional camuflado de Guerra Civil. El avance de los terroristas sobre territorios del gobierno de Bashar Al-Assad parecía irrefrenable hasta que Moscú decidió intervenir abiertamente a pedido de las propias autoridades de Damasco.

En septiembre de 2015 la entrada de tropas rusas comenzó a revertir el curso de la guerra o, al menos, a equilibrarlo. Hasta entonces la coalición comandada por EE.UU. había estado actuando en el territorio sin ningún logro significativo. Denuncias posteriores, como la de la misionera argentina Guadalupe Rodrigo que vivió cuatro años en Siria, dieron cuenta de la connivencia estadounidense con los terroristas.

El éxito más importante de Rusia en el ámbito militar fue la recuperación el este de la ciudad de Alepo, que estuvo bajo dominio de grupos terroristas prácticamente desde el comienzo. A esto hay que sumar la reciente cumbre de paz de Astaná, Kazajistán, motorizada por el Kremlin junto a Irán y Turquía donde se firmó un memorándum para la creación de cuatro zonas de seguridad y “desescalada” del conflicto en Siria.

Gracias a la intervención rusa, lo que parecía ser una nueva Libia (hoy desmembrada en varios micro-Estados de facto) debido a las deliberadas intenciones de la OTAN de hacerse con los oleoductos y gasoductos sirios que van de Irak al Mar Mediterráneo, pasó a ser un conflicto estabilizado con un gobierno mucho mejor parado.

Con China en la búsqueda de un nuevo orden mundial

Si bien el término fue acuñado a principios de siglo, el BRICS (acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) no comenzó a nacer formalmente sino hasta 2006 y tuvo su primera cumbre oficial el 16 de junio de 2009 en Yekaterimburgo (Rusia). Este agrupamiento de poderosas “economías emergentes” se estableció como un claro contrapeso a la hegemonía estadounidense y sus aliados europeos.

Con alrededor del 30% del PBI mundial y más del 40% de la población, representa un mercado con un claro potencial. Además China, Rusia e India poseen tres de los cinco ejércitos más poderosos del mundo.

La Rusia de Putin fue una de las impulsoras de este espacio y, hasta el momento, ha buscado una mayor articulación sobre todo con China, llamada a ser la primera potencia económica mundial en pocos años. “Estoy seguro de que el crecimiento de la economía china no es ninguna amenaza, sino un desafío que contiene un colosal potencial de colaboración de negocios, una posibilidad de atrapar ‘el viento chino’ en las ‘velas’ de nuestra economía”, escribió Putin en una carta pública antes de su reelección en 2012.

En ese mismo texto el mandatario ruso aclara que se han solucionado históricos problemas entre ambos países, entre ellos el fronterizo. Por eso “el modelo de las relaciones ruso-chinas que se ha creado genera mucha perspectiva”.

Ambas potencias han tenido posicionamientos conjuntos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, principalmente en torno al conflicto sirio y Moscú ha dado un fuerte espaldarazo a la “nueva ruta de la Seda” que Beijing impulsa para reorganizar el mercado mundial.

No obstante no se puede descartar que en algunos años el desarrollo chino choque con las aspiraciones rusas. Por el momento han logrado complementarse y expandir su influencia de manera conjunta.

Geopolítica a escala regional

Además de sus intervenciones en Ucrania y Siria, que han tenido una gran relevancia a nivel mundial, Moscú juega un papel importante en otros conflictos y zonas del planeta.

En el Cáucaso hace más de dos décadas que Armenia y Azerbaiyán se enfrentan en una guerra que parece no tener fin. El objetivo: el control de la región de Nagorno Karabaj, de mayoría armenia pero formalmente integrada a territorio azerí y autodeclarada independiente desde 1991. Históricamente Rusia ha mediado en este conflicto y en abril del año pasado se firmó en Moscú un alto el fuego entre ambas partes.

Otro ejemplo de la vuelta de Rusia al escenario regional fue su re-acercamiento a los países de Asia Central, los “istán” (Kazajistán, Uzbequistán, Tayikistán, Kirguistán y Turkmenistán). Todas estas ex repúblicas soviéticas habían sido olvidadas por Moscú tras la disolución de la URSS. Sin embargo, con la llegada de Putin al gobierno ha habido un intento por recuperar la iniciativa en una región disputada tanto con China (económicamente) como con EE.UU. (militarmente).

Actualmente más de un tercio (35%) de las importaciones de Kazajistán y Kirguistán provienen de Rusia. El número se ubica en un 25% para los uzbekos y un 32% para los tayikos. Kirguistán queda más lejos con un 16%. Asimismo las remesas provenientes de territorio ruso suponen el 30% del PBI kirguizo y el 15% en Tayikistán.

Este escenario se vio reforzado por la conformación de la Unión Económica Euroasiática nacida en 2015. La misma, que habilita el libre movimiento de capitales, mercancías, servicios y personas, está integrada por Rusia, Kasajistán, Bielorrusia, Armenia y Kirguistán. Además existen negociaciones para la incorporación de los demás “istán” y algunas repúblicas o regiones autónomas de facto -aunque no reconocidas por la comunidad internacional- como Abjasia y Osetia del Sur en Georgia, Lugansk y Donetsk en Ucrania y Transnistria en Moldavia.

El resurgir de Rusia como potencia mundial ya es un hecho consumado. Sin dudas no hubiera sido posible sin la estructura económica y militar heredada de la Unión Soviética, pero tampoco se podría haber logrado sin la decisión política de Vladimir Putin.

No obstante, no se debe confundir el rol progresivo que puede desempeñar Moscú en determinados conflictos (Siria, Ucrania) con un revival de la Guerra Fría. Hoy los choques entre las potencias no están atravesados por ideologías contrapuestas, sino por influencia geopolítica e intereses económicos.

Asimismo habrá que ver hasta dónde puede Rusia sostener su presencia política y militar en varios frentes a la vez. De todas formas no parece ser la intención de Putin lanzarse a un despliegue mundial y competencia de igual a igual con Washington o Beijing. Pero sí ha dejado clara su decisión de reubicar al país más grande del mundo como un actor a tener en cuenta.

El miedo occidental al gigante ruso emerge ante un neoliberalismo en crisis y el fracaso de la globalización. La hegemonía estadounidense está dando paso a un mundo multipolar en el que Rusia ha dejado de ser un mero actor secundario para volver a ser un Estado con iniciativa propia en la geopolítica mundial.

Aquel que había sido derrotado y humillado en 1991 ha vuelto y tiene previsto quedarse un buen rato.

 

Periodista argentino. Escribe en Notas – Periodismo PopularRT en Español // @SantiMayor

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