Criterios para una tecnología acorde a la transición energética y el cambio de modelo productivo

3 diciembre 2019 | Categorías: Canvi climàtic, Crisi sistémica, Internacional, Opinió | 67 lecturas |

Daniel AlbarracínViento Sur

En medio de la incertidumbre devienen varias crisis superpuestas, en las que la energética y climática son las más graves para el futuro de la humanidad. Con ello, llegan las promesas, muchas amparadas en el milagro de la técnica, bajo una forma de determinismo tecnológico, motor de los cambios y solución de progreso.

1. Los mitos de la nueva revolución industrial y de las tecnologías del capitalismo verde

El pensamiento convencional irrumpiría con el concepto revolución digital, casi una suerte de economía virtual inmaterial, que habría sido elevada a la categoría de IVa Revolución Industrial, como solución de las crisis. En ella se reunirían un conjunto de innovaciones tecnológicas que se reforzarían entre sí aunando mejoras extraordinarias en la conectividad de internet, su interconexión con numerosas aplicaciones de uso cotidiano desde el ámbito manufacturero al doméstico, pasando por los desarrollos en el campo de la automatización industrial de procesos, los sistemas ciberfísicos –nanotecnología, ingeniería genética, etcétera-, la gestión del big data y la información en la nube (cloud), el desarrollo de las redes sociales y las aplicaciones que cada uno portamos con nuestros dispositivos móviles. Resulta cuanto menos digno de debatir el que estemos ante una revolución industrial o ante innovaciones técnicas, dentro de la III Revolución científico-tecnológica, más aún que todo esto no se soporte sobre la realidad material y no tenga límites productivos y físicos concretos.

Robert Solow (1987), observó: “Se ven ordenadores por todas partes, salvo en los indicadores de productividad”. Patrick Artus (2017), también afirma que: ”A pesar del desarrollo de lo digital y del esfuerzo de investigación y de innovación, los aumentos de productividad disminuyen”. A día de hoy, puede decirse que, salvo entre 1990 y 2004, periodo en el que se produjo un descenso del coste de velocidad y la capacidad de memoria de los ordenadores, la tendencia al estancamiento de la productividad es inequívoca.

La productividad resulta un factor clave para la generación de nuevos mercados y de rentabilidad. Sin su mejora, la presión para elevar la tasa de plusvalor es mucho mayor, lo que conduce a escenarios crecientes de conflictividad sociolaboral y política. Pero también, sin su elevación, la presión a acaparar y sobreexplotar territorios y materias primas se incrementa severamente.

Gordon (2014) advierte sobre los límites productivos de las nuevas tecnologías a nivel macroeconómico. Las innovaciones robóticas son de difícil generalización en el sector de servicios y de la construcción, o en algunas partes de los servicios logísticos y de transporte (almacenamiento, carga y descarga). A su vez, algunos productos y aplicaciones son de utilidad específica puntual, y las innovaciones en los sistemas de información no aumentan la productividad, sino que sólo racionalizan y controlan mejor los procesos.

La robotización plena no es generalizable. No sólo porque en no pocos procesos intervienen personas. También por razones físicas naturales. Todo software funciona con un hardware, una infraestructura de cables, antenas de telecomunicaciones, servidores. Los bienes digitales, los datos requieren de energía, en su generación, tratamiento, almacenamiento y difusión. No hay nada de inmaterial en la tecnología. Y cabe la certeza que no será una solución universalizable por razones biofísicas y económicas.

De manera semejante, si las anteriores innovaciones prometen superar las crisis y solucionar diferentes problemáticas (aunque sólo sea para la minoría que pueda financiársela), la crisis energética y climática ha querido abordarse con una panoplia de innovaciones que, con Daniel Tanuro, venimos a caracterizar dentro del paradigma del “capitalismo verde”.

Estas innovaciones técnicas o soluciones organizativas se presentan como solución ante la crisis medioambiental. El llamado capitalismo verde trata de institucionalizar soluciones de mercado que internalicen en la toma de decisiones de las empresas los costes medioambientales externos, como así representa el mercado de derechos de emisión, la atribución de derechos de propiedad a los bienes naturales comunes, convirtiéndolos en capital natural. También nos llegarán con la promesa de energías supuestamente limpias (el gas natural, la energía nuclear, el hidrógeno). Apostarían por soluciones tecnológicas ecoeficientes. Señalarían que las renovables podrán ser un gran negocio a largo plazo. Y que el coche eléctrico nos aportaría prestaciones confortables que no nos harían renunciar a nuestras comodidades. Con el reciclaje de residuos también nos encontraríamos con una conducta moral, estética y rentable. O con los sistemas de captura de carbono hallaríamos la contención en la industria a la emisión de gases de efecto invernadero. Por último, pero no menor, se dirá que la revolución digital difundirá un tipo de economía inmaterial que no añadirá carga significativa al planeta.

Al igual que cabe preguntarse sobre el cumplimiento de las promesas de la dichosa revolución digital inmaterial, los problemas de esta propuesta de capitalismo verde no son pocos:

· La introducción de soluciones de mercado, como los derechos de propiedad y emisión, nos aboca a una internalización tuerta de los costes ecológicos, que además, sólo medirán variables crematísticas con precio, y no contemplará ni los flujos y stock de energía, que requieren medidas propias, tasas de retorno energético, ni los tiempos de regeneración natural. Sus soluciones se supeditarán a la lógica del beneficio, admitiendo una lenta sustitución completamente distante de los ritmos de transición exigidos por la situación límite que vive el planeta. Las ecotasas representan en sí un paliativo a todas luces insuficiente.

· Cabe advertir que el gas natural sigue siendo emisor de gases de efecto invernadero, y aunque su pico de extracción se aplace a la década de los 40, no puede comportar una solución duradera ni sostenible. Ni que decir tiene que la energía nuclear no sólo es extraordinariamente inviable económicamente, sino que su empleo es contrario a los principios básicos de precaución y su enorme peligro y sus consecuencias a escala temporal geológica pone en serio riesgo la vida y comporta asumir una responsabilidad de gestión de residuos milenaria. Por último el hidrógeno representa una solución intermedia como vehículo y acumulador de energía, pero no comporta una fuente en sí. Con los sistemas de fusión como el ITER, asimismo, nos encontramos con soluciones de alto coste de materias primas (agua), instalaciones e infraestructuras de un coste gigantesco, y una solución centralizada cuyo rédito sólo puede ser regional.

· Sin embargo, las mejoras en ecoeficiencia habidas han sido incapaces de contener la lógica productivista que impone la acumulación capitalista, puesto que en términos netos no ha disminuido el crecimiento, en tanto que la dinámica de negocio exige obtener más y más, y por tanto producir crecientemente de manera continua.

· En relación a la movilidad eléctrica, en especial el coche, este no sólo tendría problemas de infraestructura de repostaje o de autonomía, su principal problema es tanto que la fabricación de su pila, sin marchar un solo kilómetro, ya supone la emisión de gases equivalente a 200.000 km de un coche de gasolina, así como el límite biofísico de la disponibilidad de litio. La disponibilidad limitada de cobre, superado su pico de extracción, dificultará enormemente la generalización de la electrificación para un amplio conjunto de dispositivos dependientes de esta forma de suministro energético.

· Del mismo modo, los sistemas de captura de carbono han demostrado problemas de almacenaje del gas residual, provocación de terremotos locales, y difícil contención subterránea a largo plazo de los gases. Cuanto menos, esta solución es temporal o de viabilidad muy local.

Un aspecto muy poco tenido en cuenta, bajo la hipótesis de la generalización de las innovaciones de la llamada revolución digital, y la automatización robotizada, nos trae al límite en la disponibilidad de algunos materiales básicos de la industria moderna cuyo pico de extracción ya se ha superado. Según González Reyes y Fernández Durán (2018), materias primas esenciales ya habrían superado su cénit de extracción (Plomo, Mercurio, Cobre, Fósforo, Plata, Zinc, etc…) y otros también fundamentales, en los próximos años o décadas lo estarían. Las energías fósiles han pasado a una era en la que su acceso barato ha finalizado, o está próximo en el tiempo, previéndose un colapso de disponibilidad asequible a partir de 2030 para el petróleo y 2040 para el gas natural. La robotización, los ordenadores y los servidores, exigen una industria pesada, que requiere no sólo inteligencia gris, también mucha infraestructura de extracción, producción, transporte y suministro, que suponen gigantescas cantidades de energía y materias primas que ya no pueden extenderse, sino, más bien al contrario, contraerse.

2. La tecnología no es neutral y está guiada por las reglas socioeconómicas dominantes.

David Dickson (1970) ya caracterizó el papel sociohistórico de la evolución de las tecnologías. La tecnología ha sido fruto de regímenes socioeconómicos históricamente concretos en los que los fines, medios, la energía y las materias empleadas, el diseño de los procesos y sus criterios, siempre fueron un resultado humano, y, como tal, de un conflicto social material. En suma, de cómo las sociedades humanas, a través de sus conflictos y relaciones, daban forma al metabolismo sociedad-naturaleza.

La formación sociohistórica capitalista pauta la dinámica de acumulación, y por tanto las decisiones de inversión y sus formas técnicas aplicadas, por las oportunidades de negocio. En este sentido, las expectativas de beneficio, los mercados potenciales, las condiciones de competencia, así como los costes de la fuerza de trabajo y del capital técnico–considerando sus procesos de amortización y reposición-, teniendo muy en cuenta la disponibilidad de materias primas y energías, representan el marco decisional que determina si en los procesos de inversión se aplicarán innovaciones de procesos o productos.

El desarrollo tecnológico aplicado está delimitado por el curso del conocimiento científico y el diseño de aplicaciones concretas, que ofrecen el marco de opciones sobre el que pueda tomar sus decisiones de inversión práctica los Estados o empresas. Su desarrollo está condicionado por la financiación de instituciones públicas y empresariales, y está motivada no tanto por la curiosidad y las ansías de mejora para la humanidad, sino sobre todo de mercado y negocio potencial. En suma, mientras las decisiones socioeconómicas sigan regidas por la lógica de la mercancía y el beneficio, las necesidades, tiempos y procesos a respetar en nuestra relación con la naturaleza no podrán considerarse seriamente.

3. Por una tecnología de diseño alternativo, ligera y paciente.

Cabe descartar que las nuevas innovaciones y aplicaciones surgidas en esta última fase de la III Revolución científico tecnológica puedan por sí mismas inaugurar una nueva onda larga expansiva y, de suceder, sería indeseable dada la sobrecarga de nuestra biosfera. No se observan indicadores empíricos que permitan, sino más bien al contrario, señalar a la tecnología como un motor de cambio de esas condiciones.

En cualquier caso, debemos huir de una perspectiva fatalista tanto como de una idealista, y mucho más de la versión autoritaria que se está imponiendo. Debemos incluir en la agenda política el debate sobre el diseño de la tecnología existente o por venir, señalando la necesidad de introducir objetivos sociales y criterios medioambientales en su desempeño.

Un mundo sostenible pasa por emprender varias transiciones de largo alcance. Una primera transición pasará por apenas permitir el uso de energías fósiles para establecer una infraestructura transitoria para las renovables, dejando la mayor parte de los hidrocarburos bajo tierra.

Las sucesivas transiciones energéticas, que habrán de ser conducidas por grandes cambios sociopolíticos, comprometerán el diseño del modelo productivo, lo que implicará un cambio radical en su concepción tecnológica, material, energética y organizacional. En este contexto, la concepción de la tecnología no podrá estar reservada a los ingenieros e informáticos, sino que exigirá un debate ciudadano y político de primera magnitud. Los principios técnicos disponibles habrán de dirigirse bajo otros parámetros, y esto exige un debate público y político. Aquí enuncio algunos de sus posibles desafíos y posibles orientaciones, si de lo que se trata es de construir un mundo más justo, sostenible, democrático e inclusivo:

· Se ha de pasar de la industria pesada a una tecnología ligera en el uso de materiales a largo plazo. Esto es, ahorradora de materiales, sustituidora de fuentes de energía, minimizadora de residuos. Una tecnología que nos ayude en lo que no podemos hacer con el trabajo humano, y que se focalice en las tareas más sofisticadas, precisas y complejas, que optimicen el uso de materiales y energía, coordinando los factores productivos, minimizando la extracción de materiales y energía y los residuos que causan huella ecológica.

· Economía circular, devolver a la naturaleza los restos de la producción en forma reciclable y biodegradable.

· El cambio de modelo productivo habrá de idear tecnologías aplicadas pacientes, basadas en renovables y adaptadas a sus peculiaridades. Habrá que recurrir a procesos para responder a las necesidades en el momento apropiado y en forma suficiente. No será posible producir más en menos tiempo, pues habrá que respetar los ciclos de regeneración de los entornos. Aunque el criterio de viabilidad económica tendrá que ser contemplado, así como habrá que incluir el balance de la tasa de retorno energético de cualquier decisión, la rentabilidad no podrá ser su guía. Se tratará de adaptar y diseñar la tecnología para producir sólo lo necesario; concepto que habrá de ser revisado a su vez, acabando con la sociedad del consumo opulento-a veces de manera más lenta, para respetar la renovación del entorno natural.

· Una tecnología ecoeficiente,orientada a la optimización de recursos y ahorro de energía, previniéndose del productivismo.

En definitiva, el cambio de modelo productivo y la transición energética socialmente justa a la que aspiramos nos pone delante de nosotros también el desafío de diseñar de una manera alternativa la tecnología, con los conocimientos y capacidades disponibles, si bien con criterios de uso, de relación con la naturaleza y de objetivos socioeconómicos sustancialmente diferentes.

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