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Quién decide: una cuestión democrática

26 Desembre, 2019 - Canvi climàtic, Emergència climàtica, Moviments Socials, Opinió, Treball

Manuel Garí – Viento Sur “El trabajo es el Padre y el principio activo de la riqueza, como la tierra es la Madre”. William Petty (1667). A Treatise of Taxes and Contributions Para quienes consideramos que la clase trabajadora es, junto a la naturaleza, la fuente real de creación de riqueza en el proceso productivo, constatamos […]

Manuel GaríViento Sur
“El trabajo es el Padre y el principio activo de la riqueza, como la tierra es la Madre”. William Petty (1667). A Treatise of Taxes and Contributions
Para quienes consideramos que la clase trabajadora es, junto a la naturaleza, la fuente real de creación de riqueza en el proceso productivo, constatamos que la economía capitalista niega la evidencia tanto en la distribución del ingreso como en la construcción del poder de decisión en toda la cadena de valor. La empresa (pública y privada) y las políticas económicas gubernamentales ignoran la realidad y adolecen de falta de democracia en el primer caso y de un radical déficit en el segundo. Pero, a la vez, también consideramos que lo que es real debería ser legal, con su correlato institucional, reconociendo que la clase trabajadora es el sujeto central de la arquitectura económica en todos los niveles.
Ello choca, no podemos obviarlo, con la idea predominante sobre qué es la democracia y en qué ámbitos se produce, pero también encuentra escollos en la concepción hegemónica sobre la propiedad y los derechos del capital, el poder oligopólico que controla los sectores estratégicos de la economía, la reactividad antidemocrática de instancias fundamentales del aparato de estado y, en definitiva, con las limitaciones que impone el propio modelo de democracia liberal vigente, crecientemente autoritario al servicio de un proyecto económico antisocial a lo ancho del planeta. Nadie que sea realista puede pensar que lograr la efectiva democratización de la sociedad y la economía fuera fácil y estuviera exenta de conflicto.
Las clases trabajadoras, la sostenibilidad y el ecosindicalismo
Son muchos los problemas ecológicos asociados al modelo productivo: desde el extractivismo a la muy contaminante industria química pasando por los riesgos asociados a la economía biosintética o las nanotecnologías. Los retos ambientales son múltiples y los problemas ecológicos tienen conexión entre sí, se retroalimentan y determinan los límites biofísicos en los que se mueve la economía. Las y los asalariados sufren los impactos negativos de la crisis climática y, en general, de la ecológica, y no pueden quedar al margen de la solución que se les dé. Las clases trabajadoras deben tener voz en el diagnóstico y voto en las alternativas. Por ello los sindicatos de clase y las organizaciones populares representativas pueden jugar un papel central en la solución de los problemas. Un sindicalismo de clase que incorpore la dimensión ecológica, llamémosle ecosindicalismo, supone un nuevo empoderamiento del movimiento obrero ante el capital y significa la lucha por la entrada de la democracia en todos los ámbitos y temas en la empresa (ámbito prioritario del sindicalismo de proximidad) y también en el conjunto de la sociedad (ámbito del sindicalismo sociopolítico). No basta, con lo necesario que es, que los sindicatos pugnen por el ingreso directo, indirecto y diferido y por la redistribución de la renta; es necesario que los sindicatos intervengan, junto al resto de representantes populares, en las decisiones fundamentales de la economía en el nivel de la empresa y los niveles sectoriales y territoriales y en el conjunto de la economía de un país o de ámbitos como la UE o en los foros mundiales sobre cuestiones tan relevantes como el qué se produce, cómo y para quien. La democracia económica afecta al reparto del ingreso y a las decisiones estratégicas de la producción.
Para ello deberemos comenzar por poner en cuestión el dogma del crecimiento económico, inscrito en la necesidad de ampliación permanente del capital para mantener la tasa de ganancia. Y también romper con el mito de que el bienestar humano esta indexado al crecimiento del PIB. Bien al contrario, el “buen vivir” de la mayoría debe comenzar por asegurar que se conjura la crisis climática y, ello significa, un drástico decrecimiento en el uso de energía y recursos, acompañado de un desarrollo generalizado de la economía al servicio de las personas (salud, cultura, cuidados…). El gran debate social pendiente ante la crisis ecológica en marcha es discernir en qué bienes, servicios y sectores se quiere crecer para atender las necesidades de las comunidades y las personas y qué sectores productivos deben minorar e incluso desaparecer por superfluos o nocivos.
El ecosindicalismo puede ofrecer oportunidades y alternativas para el movimiento obrero en tres planos estratégicos. En el social y ético, situando en el centro de su reflexión el interés de la especie humana, de la mayoría social y, por tanto, de su supervivencia. En el plano político, ya que puede posibilitar una nueva y amplia alianza social arco iris y abre puertas para que el movimiento obrero pueda tener un papel dinamizador de nuevas luchas y reivindicaciones. Y en el plano propiamente laboral, porque el avance ambiental ayuda a evitar riesgos para la seguridad y la salud de los y las trabajadoras y la reconversión ecológica de la economía puede tener como resultado la creación neta de empleo tal como apuntan los informes de la OIT.
Detengámonos en el corto y medio plazo inmediatos. La existencia de buenas leyes y prácticas medioambientales favorecen la fortaleza y sostenibilidad del tejido productivo y del trabajo y la exigencia hoy en día al empresariado de cumplirlas evita el riesgo de sanciones y amenazas al empleo. Lograr una producción ambientalmente sostenible significa ahuyentar el espectro de la crisis ecológica que conllevaría -y comienza a conllevar ya- la destrucción masiva de riqueza, tierras fértiles y empleo en amplias zonas del planeta. Sectores como la agricultura, el turismo, el transporte y las faenas marítimas verían peligrar su futuro. Y, a la vez, posibilitaría -unida a la reducción del tiempo de trabajo y el reparto del productivo y reproductivo- la creación neta de puestos de trabajo. Pero, además el impacto de un calentamiento acelerado será especialmente negativo para la salud de quienes trabajan al aire libre en aeropuertos, carreteras, campos, obras y mares, así como para el conjunto de quienes están en contacto con animales dados los cambios territoriales de vectores biológicos y epidemias. Las cuestiones ambientales con impacto negativo en la salud pública y en la salud laboral no terminan ahí: es creciente la preocupación, antes las evidencias médicas, por los riesgos asociados a los productos químicos que se emplean o a las consecuencias de ciertos materiales, como el amianto, en forma de enfermedades pulmonares, incluyendo el cáncer por asbestosis. Muchas de estas enfermedades siguen sin calificarse de profesionales por lo que ni se evitan las causas ni generan los derechos debidos en tratamiento, indemnización y pensión a las personas que enferman y sus familiares.
La estrategia sindical de la producción limpia
El objetivo central y específico del ecosindicalismo es -junto a la lucha por el salario, el reparto del trabajo productivo y reproductivo, la reducción de la jornada y la protección de la salud laboral- la producción limpia, lo que significa el abandono del modelo productivo lineal de ciclo abierto que depreda, esquilma y agota el patrimonio de los recursos naturales, es altamente contaminante y sumamente ineficiente en la conversión de materias en bienes y servicios útiles. Esa es una de las piezas de la reconversión ecológica de la economía y supone:
a) Desde el punto de vista de los inputs, la sostenibilidad en el uso de los recursos naturales (agua, materias primas, suelo…) mediante la minimización de su empleo y el criterio de su renovabilidad, lo que exige una gestión racional.
b) En las “tripas” de la producción deberán de constituirse procesos energéticamente eficientes y con tecnologías limpias, exentos de productos tóxicos y nocivos para quienes los manejan como es el caso de disolventes y de materiales que puedan ser disruptores endocrinos o cancerígenos. El proceso productivo deberá diseñarse democráticamente para eliminar los riesgos psicosociales, higiénicos y ergonómicos y deberá estar regido por métodos de organización del trabajo que permitan la optimización de los recursos empleados.
c) En el plano de los outputs se trata de maximizar los bienes y servicios, así como eliminar o, si no es posible, minimizar los residuos -que deberán ser reintroducidos en la cadena de valor como materias primas-, las emisiones y los vertidos, evitando la ineficiencia productiva, la toxicidad o la peligrosidad que supone su generación, con especial atención a los no biodegradables.
Y hacerlo asegurando, mediante la implementación de una transición justa, que las comunidades y población trabajadora afectados por los cambios tecnológicos sean tratadas con equidad por el conjunto de la sociedad. Ello exigirá que el ecosindicalismo se anticipe, proponga y presione a los poderes públicos para lograr la protección social, la formación y la creación de nuevos puestos de trabajo mediante una inversión pública masiva en las actividades sostenibles que satisfagan las necesidades humanas; actividades que son creadoras netas de empleo ya que son intensivas en mano de obra.
Una prioridad sindical: detener la crisis climática
Por su dimensión y urgencia, cabe destacar entre ellos el del cambio climático, íntimamente vinculado a actividades laborales industriales y agrícolas, así como al modelo de construcción de edificios e infraestructuras y al de transporte de personas y mercancías en vehículos a motor impulsados por derivados del petróleo. Para que el movimiento obrero encuentre un nuevo espacio en la defensa del clima, no basta con desplegar medidas de protección del empleo; el sindicalismo debe impulsar propuestas para combatir el calentamiento tanto en el ámbito de las alternativas para el conjunto de la sociedad como en las plataformas reivindicativas en las empresas o los sectores productivos. En unos casos encontrarán mayor oposición de la patronal porque suponen costes; en otros, pueden encontrar mayor audiencia por derivarse ventajas. Unos sectores del capital estarán más proclives a las propuestas porque favorecen su negocio (por ejemplo, los productores de energía eólica), otros serán enemigos acérrimos de las alternativas propuestas (por ejemplo, los sectores con intereses en la producción petrolera o gasística o nuclear). Ni unos ni otros aceptarán de buen grado el control obrero sobre las decisiones ambientales estratégicas. En última instancia, los intereses de clase siguen marcando los límites del juego, del acuerdo y del desacuerdo. Y el capitalismo en su conjunto es energéticamente bulímico y dependiente desde el comienzo de la revolución industrial de las fuentes fósiles de las que extrae pingües ganancias. La salida a bolsa de Aramco en plena COP25 convirtiéndose en líder de los mercados bursátiles es paradigmática de los designios del capital.
Las líneas de trabajo sindical a corto plazo frente al calentamiento atmosférico podrían sintetizarse en los siguientes puntos: 1) Impulsar medidas de ahorro y eficiencia energética en la empresa, en las administraciones públicas y en la sociedad. 2) Fomentar las tecnologías limpias y la sustitución de las fuentes sucias de energía —térmicas, nuclear, etcétera— por fuentes de energía renovables. 3) Cambiar de modelo de transporte. Junto a la apuesta por el transporte electrificado, público, colectivo, limpio y de calidad, el movimiento obrero puede hacer una aportación específica impulsando modalidades sostenibles de acudir a la empresa: planteando en la negociación de empresa, sectorial o intersectorial, la realización democrática de planes de movilidad al centro de trabajo basados en el transporte colectivo público y la reorganización de los horarios trabajo. Es decir, las propuestas pueden y deben abarcar desde el plano de las políticas energéticas e industriales a escala nacional o sectorial a medidas muy concretas a nivel de una empresa.
Corolario
Si la democracia atraviesa las puertas de la empresa extendiéndose a todos los aspectos del proceso productivo, se impone una profunda redefinición del poder en la gestión de las corporaciones. Y si la economía pasa a ser considerada un asunto que afecta a toda la sociedad y, en particular, a esa inmensa mayoría social compuesta por las gentes asalariadas en los países industrializados, se pone de nuevo a la orden del día cómo decidir frente al dictado de los mercados y las imposiciones de los poderes fácticos financieros, lo que sitúa de nuevo en la agenda la necesidad de una planificación democrática y, con ello, las formas de propiedad de los medios productivos.
Ambos planos de la necesaria y posible intervención de la clase trabajadora en la economía comportan importantes retos para el sindicalismo de clase. En primera instancia significa que las plataformas reivindicativas para la negociación colectiva deben ser enriquecidas con temas que van más allá del salario y el tiempo de trabajo y que implican a cuestiones nucleares de la organización laboral y productiva en empresas y sectores. Por otra, el sindicalismo deberá desarrollar un discurso propio y un proyecto autónomo respecto al de las organizaciones patronales, las transnacionales, las finanzas y los gobiernos de turno tanto en el ámbito económico como en el ecológico, en el primer plano anteponiendo los intereses de clase cualesquiera otro y, en el segundo, rompiendo con la subordinación al dictado patronal productivista. Si en un caso la disputa central es en torno a la plusvalía y la desigualdad, en el otro lo es por la sostenibilidad y la vida.

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