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33 años después

8 març, 2014 - Estatal, Opinió

Antonio Piazuelo – ATTAC Aragón
Dicen que eran 33 los años que tenía Jesucristo cuando tuvo que pasar por aquel desagradable trance de la crucifixión (no soy yo muy ducho en la materia), y 33 son los años que se cumplen por estas fechas desde una tarde muy poco gloriosa en la que un orate con tricornio y varios generalotes trasnochados se empeñaron en que España regresara al siglo XIX. El 23-F de 1981 quedó inscrito así en la historia más negra del país. Como quiera que a mí me cupo en suerte (o en desgracia, según como se mire) hallarme por entonces en mi escaño de diputado al Congreso, me tocó pre-senciar en vivo y en directo aquella deplorable tragicomedia, de modo que naturalmen-te vuelvo a recordarla cada año. Y, si por casualidad no lo hiciera, algún periodista se encarga siempre de hacer que la recuerde.
Así he contado muchas anécdotas referidas a esa jornada y a las que la siguie-ron en el calendario, pero tal vez lo que se ha grabado con más fuerza en mi memoria sea la reacción de una inmensa mayoría de la población española, de aquellos millo-nes de ciudadanos y ciudadanas que, después de la intentona golpista, salieron a la calle para defender con uñas y dientes la libertad conquistada con tanto esfuerzo tras la larga noche de la dictadura, y para tomar partido por sus representantes democráti-cos a los que los espadones que tan grotescamente volvían desde el pasado habían intentado humillar y, de haber podido hacerlo, eliminar definitivamente.
Cuánto va de entonces a hoy. Aquella extraordinaria sensación de salir a la ca-lle, arropado por el aprecio de mis conciudadanos y no por llamarme Antonio ni por ser quien soy, sino por encarnar sus derechos y libertades como representante elegido por ellos, es algo que no podré olvidar nunca. Como no puedo evitar preguntarme cuál sería hoy la reacción de la gran mayoría de los españoles ante una situación semejan-te. Si se miran los sondeos de opinión, lo que más llama la atención es la unanimidad con la que el pueblo (al que habitualmente llaman soberano) señala a sus políticos como uno de los más graves problemas del país en lugar de esperar de ellos las solu-ciones. Y lo hacen sin distinción de partidos o ideologías: clase política les llaman, o casta política, y seguramente no se equivocan. La sensación de que, como señala el informe presentado por Intermon-Oxfam en el Foro de Davos, las leyes se hacen y las decisiones políticas se toman para favorecer a los poderosos, y no para mejorar las condiciones de vida de la mayoría, se ha extendido de una forma que parece irreversi-ble entre los españoles y se sigue extendiendo con cada nuevo caso de corrupción o de evidentes conexiones entre los poderes económicos y los políticos profesionales. Ya saben, la famosa puerta giratoria: hoy por mí, mañana por ti.
¿Qué ha pasado? ¿Es que son distintos los políticos de entonces y los de aho-ra? Pues la verdad es que, si debiera responder a esta última pregunta, tendría que hacerlo afirmativamente y sin dudar. Aquellos hombres y mujeres, de diferentes gene-raciones, a los que les tocó (o nos tocó) representar a sus votantes durante la transi-ción, venían de los mismos ambientes que sus representados. Sobre todo los que pro-cedían de la oposición al franquismo habían compartido la calle y los riesgos con quie-nes después iban a darles su voto, en luchas vecinales o sindicales, en manifestacio-nes prohibidas o en organizaciones clandestinas. Estaban en la política cuando no se repartían prebendas sino porrazos, pelotazos de goma, torturas y años de cárcel. Eran, en definitiva, gente como ellos, y por eso comprendían bien lo que sus represen-tados esperaban, cuáles eran sus esperanzas, y sus deseos, y sus sueños.
¿Es eso lo que ocurre ahora? Pues no, lamentablemente, no. Los políticos que encabezarán las listas electorales para los próximos comicios, en su inmensa mayoría, llevan años calentando sillones en despachos oficiales o en el partido, sin salir a la calle y sin tener de la realidad más referencias que aquellas que les ofrecen sus obse-quiosos asesores. Como mucho algún artículo de prensa que, si pone en cuestión sus planteamientos, suelen ver como producto de la mala intención del periodista abajo (o arriba) firmante. Desde hace ya demasiados años los políticos hacen carrera en el cargado ambiente de los partidos y dedican la mayoría de sus esfuerzos a labrarse su carrera mediante la obediencia a los jefes que, en su omnímoda autoridad, decidirán quién entra y quién no en los puestos más codiciados de las listas. A eso y a esquivar las puñaladas que acechan en cada recodo de los pasillos. También se reúnen a co-mer, o a cenar, o a tomarse una copa con los que pintan algo y, por ello, tienen acceso a ellos. A nadie se le escapará que los que pintan algo suelen ser hombres de nego-cios, de las finanzas o de la propia política.
Así que no es extraño que los de a pie los miren con recelo. Porque esa estre-cha concepción de la política, exclusivamente concebida como modus vivendi (y lo dice quien fue muchos años un “profesional de la política”, aunque nunca considerase esa condición como definitiva sino como algo ocasional) hace que sus intereses rara-mente coincidan con los de aquellos a quienes representan. Yo fui testigo de la res-puesta que Felipe González ofreció a alguien que le propuso adoptar una decisión con el argumento de que “era buena para el PSOE”. González replicó tajantemente que él nunca haría algo que fuese bueno para su partido y malo para España. Lo mismo que escuché una conversación entre dos feroces adversarios políticos, Manuel Fraga y Santiago Carrillo. Fraga espetó al viejo comunista una de sus frases tajantes: “Santia-go, esto lo hago por España”, y Carrillo le respondió: “¿Y por qué crees tú que lo hago yo?”. Sencillamente, a mí y a muchos se nos hace imposible imaginar hoy conversa-ciones parecidas a éstas.
Detesto las batallitas de los incontables Abuelos Cebolleta que, a mi edad, empiezan a pensar que sus tiempos eran mejores y a contárselo así al primero que pillan a mano, de manera que pueden descartar que lo que antecede sea un desahogo, un mero fruto de la nostalgia por mis años jóvenes. Más bien me gustaría que sea un mo-tivo de reflexión, que quienes están llamados a protagonizar la política en el presente y en el futuro inmediato tengan en cuenta estas ideas y sepan incorporarlas a su pen-samiento y a su acción como las incorporaron aquellos políticos. Me temo que, si no lo hacen, la distancia entre ellos y sus posibles votantes seguirá creciendo hasta que llegue el día en que se haya convertido en insalvable. Y eso es lo peor que podría pa-sarles a ellos… y a todos nosotros.

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