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A diez años de "la batalla de Seattle" ¿Qué quedó de la antiglobalización?

5 desembre, 2009 - Opinió

Osvaldo BaigorriaÑ Revista de Cultura de Clarín

Máscaras, disfraces, strippers, lanzallamas, desfiles del amor, carnavales de protesta: hace diez años nacía un movimiento para el que nadie parecía estar preparado. El 30 de noviembre de 1999, la cumbre de la Organización Mundial del Comercio fue sorprendida en Seattle por miles de manifestantes que paralizaron el puerto, cantaron y bailaron y cortaron con un círculo de brazos encadenados el acceso al Centro de Convenciones. De los tres mil delegados, sólo quinientos pudieron abrirse paso y la ceremonia inaugural de la OMC tuvo que ser cancelada.
Por cinco días, ecologistas vestidos como mariposas y tortugas marinas ocuparon las calles junto a trabajadores portuarios, globos en forma de ballenas ondearon al lado de banderas rojas, inmigrantes asiáticos y latinos fueron golpeados y arrestados bajo la lluvia junto a defensores de bosques, críticos de las reglas de la OMC para la pesca, activistas queer por la biodiversidad y seguidores de los zapatistas de Chiapas. No era la Comuna ni el Mayo francés ni el sueño de tomar el cielo por asalto, pero daba la impresión de que un nuevo fantasma empezaba a recorrer la Tierra.
El fracaso de la cumbre del comercio mundial quedó para la historia como fecha de inicio de un movimiento en parte inspirado por el “carnaval anticapitalista” del grupo Reclaim the Streets que paralizó el centro financiero de Londres en junio de ese mismo año. La heterogeneidad, la descentralización y la flexibilidad operativa de las redes que coordinaron con precisión a cerca de cincuenta mil manifestantes en Seattle tomaron por sorpresa a las autoridades, que tuvieron que declarar el estado de emergencia y llamar a la Guardia Nacional para recuperar la ciudad, mientras nuevas generaciones de activistas festejaban el nacimiento de formas creativas de protesta, con iniciativas multifocales, microacciones directas y reclamos desparejos aunque unificados contra enemigos comunes: las corporaciones que saquean el planeta, empobrecen a los pueblos, arruinan los suelos, contaminan las aguas, ensucian el aire, eliminan especies y aumentan el riesgo climático.
Entre los referentes de este “movimiento de movimientos” emergió la figura de José Bové, el sindicalista francés que en agosto del mismo año lideró la destrucción de un edificio de McDonalds en protesta por el apoyo de la OMC al aumento de impuestos estadounidenses sobre productos agrícolas europeos. Junto a Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, Bové fue uno de los fundadores de ATTAC, la asociación que promueve una tasa internacional a los flujos financieros especulativos para reducir el daño y la desigualdad social. Y Bernard Cassen, organizador del Foro Social Mundial de Porto Alegre, quien lanzó la consigna “otro mundo es posible”. También el histórico candidato independiente Ralph Nader, defensor de los derechos del consumidor y crítico de las multinacionales en EE. UU. Hazel Henderson, promotora de una economía global con justicia, los “mercados éticos” y la “ciudadanía planetaria”. Susan George, autora del Informe Lugano en el 99 y precursora de acuerdos multilaterales sobre inversiones y democratización del trabajo mundial. Y por cierto Naomi Klein, autora del best-séller No logo que se publicó ese mismo año.
Sin embargo, las estrellas del movimiento no fueron individuos sino redes cuyas siglas brotaron en todas partes de modo rizomático, horizontales, descentradas, organismos como Acción Global de los Pueblos, Foro Internacional sobre Globalización, Corporate Watch, Amigos de la Tierra, Vía Campesina, entre muchos otros, además de centros de información independiente y no-corporativa como la red Indymedia, pionera del periodismo digital y que fue creada por hackers y activistas internacionales precisamente para coordinar la participación y la cobertura abierta e interactiva de la batalla de Seattle.
Violencia del desarrollo
De todos modos, las siguientes contracumbres globales tuvieron que enfrentar una respuesta más dura que la esperada y que enfrió parte del optimismo inicial. En abril de 2000, en Washington, diez mil policías impidieron que miles de manifestantes boicotearan una reunión del FMI y del Banco Mundial. Cinco meses más tarde, en Praga, el asedio contra esos dos organismos tuvo más éxito gracias a un gigantesco street party de diez mil personas que cortaron calles, hicieron batucadas, danzaron y forzaron a los delegados a salir por los subterráneos arrastrando sus valijas para llegar a los hoteles, sin poder circular por la ciudad ni siquiera para asistir al acto oficial en el edificio de la ópera.
La contraofensiva no se hizo esperar e incluyó una campaña de descrédito en los medios masivos. La circulación de la marca “antiglobalización” fue rápida y esta terminó imponiéndose sobre los esfuerzos militantes por difundir lemas menos negativos pero más complicados, como “altermundialización”. También empezó a propagarse la etiqueta de globaphobia, derivación de un término diseñado por la Brooking Institution de Washington para desautorizar como “fóbicos” a los críticos de la aprobación del ALCA en 1997.
El rótulo de “globalifóbicos” fue de inmediato adoptado por el presidente mexicano Ernesto Zedillo en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos, en septiembre de 2000, para ridiculizar a esa “alianza peculiar de fuerzas de extrema izquierda, de extrema derecha, grupos ecologistas, sindicatos de países desarrollados” etcétera, que se habrían unido en torno al propósito, según Zedillo, de “salvar a la gente de los países en desarrollo… del desarrollo!”. La construcción de los manifestantes con un término peyorativo que hasta el día de hoy utilizan incluso medios progresistas y de centro izquierda colaboró en difundir percepciones negativas de las nuevas formas de antagonismo y en dibujar caricaturas de debates que fueron instalándose como lugares comunes: por ejemplo, que los países en desarrollo no deben “temer al progreso”, que la protección del medio ambiente no coincide con el interés de los trabajadores industriales, o que las protestas son lideradas por conservacionistas irracionales dispuestos a la violencia para defender a las ballenas.
Estas representaciones fueron funcionales a la estrategia de enfrentar con masiva presencia policial las manifestaciones y reducirlas con toda la represión que fuese necesaria, bajo el pretexto de que el movimiento, mayoritariamente pacífico, no podía controlar a sus grupos más agresivos, como los Black Blocs, que suelen intervenir las marchas con destrucción de vidrieras de tiendas multinacionales como mínimo.
Así, a lo largo de 2001 se sucedieron los enfrentamientos: en junio, en Gotemburgo y Barcelona; en julio, en Salzburgo y finalmente en Génova, donde 200 mil manifestantes contra la cumbre del G-8 tuvieron que soportar una represión descomunal y choques con los carabineros que terminaron con un muerto y más de doscientos heridos. Luego llegó el 11 de septiembre para EE. UU. y el 19 y 20 de diciembre para la Argentina, pero ya la historia había dado otra vuelta de página.
Aunque el inicio de la “guerra contra el terrorismo” reunió todas las condiciones para sofocar la protesta global, ya en Génova se había producido un punto de inflexión, con disparos sobre manifestantes frente a cientos de cámaras, como si fuese un ensayo de hasta qué punto se podían forzar los límites del estado de derecho para detener un movimiento en ascenso.
Así lo recuerda Marcelo Expósito, video artista y crítico europeo que ha trabajado sobre varias de esas movilizaciones: “Nos preguntábamos cómo era posible que se hubiera ejercido tal grado de violencia pese al testimonio de las cámaras. Hasta aquel momento habíamos utilizado la visibilidad mediática en parte como cobertura contra la represión excesiva. Pero en Génova sucedió lo contrario. La violencia no tuvo ningún límite y cuanto más dejaban que se vieran imágenes de represión por TV, más se multiplicaba el efecto devastador del miedo, sobre todo en la generación de clase media que se estaba incorporando a la acción política en Europa. Quiero decir que ya antes del 11-S se habían experimentado formas de suspensión momentánea del régimen de derecho durante las protestas”.
En menos de una década, los prejuicios sobre exóticas alianzas de “enemigos del progreso” se combinaron con la idea de que las contracumbres globales acaban siempre en disturbios a causa de pequeños grupos violentos funcionales al aumento de la represión. Esto parece haber legitimado los enormes despliegues de fuerzas policiales para proteger las reuniones de los máximos dirigentes políticos y financieros del mundo. En la última reunión del Grupo de los 20 en Pittsburgh, en septiembre de este año, una marcha de tres a cuatro mil participantes fue controlada por un número igual de agentes antimotines llegados de otras ciudades para reforzar los novecientos miembros de la policía local.
Hubo una redada en el edificio donde el grupo Semillas para la Paz preparaba viandas para los manifestantes y arrestos masivos de casi 180 personas, entre ellas muchos asistentes a un festival de rock al aire libre en el parque de la Universidad de Pittsburgh que no participaban de la marcha y que, sin embargo, fueron corridos con gases y balas de goma hasta el interior de los dormitorios universitarios, golpeados y rociados en los ojos con aerosoles de gas lacrimógeno aun cuando ya habían sido esposados.
La estrategia combinada del miedo y del prejuicio ha logrado pinchar el globo del movimiento en las calles, aunque algunas de sus banderas están hoy integradas a los reclamos de varios países periféricos por una economía más justa y un crecimiento sustentable. Al mismo tiempo, la crisis financiera ha sumado nuevos actores a la protesta global, que en Pittsburgh irrumpieron con llamados de atención sobre el aumento de los desocupados mientras los gobiernos salvan a los bancos de la quiebra, con carteles que decían: “Rescaten a la gente, no a los bancos”.
El clima parece haber cambiado. Da la impresión de que el sueño de Seattle llegó a su fin y que ya no es posible tomar las cumbres de la Tierra por asalto. Pero las resistencias continúan, o al menos se renuevan. Es una lucha.

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