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Assad es más débil con cada concesión

26 abril, 2011 - Internacional

Robert Fisk La Jornada
Todo dictador sabe que, cuando empieza a hacer concesiones, está en su punto más vulnerable. Es una tortura exquisita para un régimen en el poder. Con cada gesto, cada liberación de presos políticos, cada concesión… las multitudes exigen más. Este viernes fue el presidente Bashar Assad de Siria quien estuvo bajo esa tortura.
¿Acaso no levantó el estado de emergencia? ¿Acaso no permitió a los ciudadanos manifestarse pacíficamente –siempre y cuando obtuvieran autorización 24 horas antes– y liberó a un número simbólico de prisioneros? ¿No desmanteló el odiado tribunal de seguridad del Estado? Pero no hay suerte.
En Damasco, en Hama –esa antigua ciudad que trató de destruir al padre de Bashar, Hafez, con una rebelión islámica en febrero de 1982–, y en Banias, Latakia y Deraa, salieron decenas de miles a las calles este sábado. Querían la liberación de otros 6 mil presos políticos, que se ponga fin a la tortura y a la policía de seguridad. Y querían que Bashar Assad deje el cargo.
Siria es una nación orgullosa, pero los sirios estudiaron a Túnez y Egipto (Bashar no: grave error). Si los árabes del norte de África pudieron tener su dignidad, ¿por qué los sirios no? Y de una vez, poner fin al monopolio del partido Baaz sobre el poder. Y liberar los periódicos: todas las demandas que creían que se les concederían hace 11 años, cuando Bashar caminaba detrás del ataúd de su padre y amigos del presidente nos decían que las cosas iban a cambiar. Con Bashar, Siria era un nuevo Estado, seguro de sí mismo, insistían.
Pero no cambió. Bashar descubrió que la familia, el partido y el enorme aparato de seguridad eran demasiado fuertes para él, demasiado necesarios. Fracasó. Y ahora ese fracaso se ha puesto de manifiesto en el gas lacrimógeno lanzado a las multitudes en Damasco, en los disparos que según se dice se hicieron contra los manifestantes en Hama, esa ciudad peligrosa y terrible donde no hay hombre o mujer mayor de 30 años que no haya perdido un pariente o amigo hace 29 años.
Assad es un tipo correoso. Resistió la presión de Israel y de Estados Unidos. Apoyó a Hezbolá, a Irán y Hamas. Pero los sirios tenían otras demandas: les importaba más la libertad en su patria que las batallas en Líbano, la tortura en la prisión de Tadmor que luchar por los palestinos. Y ahora han marchado con esa demanda definitiva: el fin del régimen.
No estoy seguro de que vayan a obtenerla aún. El ministro sirio del Interior volvió a jugar la carta sectaria: los manifestantes son sectarios, afirmó. Puede que haya algo de verdad en eso, pero muy poca. Los manifestantes sirios quieren cambio. Su número no llega al de los egipcios que se libraron de Mubarak, y ni siquiera al de los tunecinos. Pero han empezado.
Fuente:© The Independent
Traducción: Jorge Anaya

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