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Bombas humanas para ganar la guerra de Libia

16 maig, 2011 - Internacional

Según la Organización Internacional de Migraciones, muchos de los inmigrados que llegaron en los últimos días a Italia fueron obligados por las fuerzas de Gadafi a subir en barcazas de mala muerte para atravesar el Mediterráneo.
Eduardo FebbroPágina 12
Muammar Gadafi es un guerrero taimado, de una mala fe proporcional a la de sus actuales enemigos de Occidente. Gadafi no lanzó bombas contra Europa sino inmigrados como armas de guerra. Según la Organización Internacional de Migraciones (OIM), muchos de los inmigrados que llegaron en los últimos días a la isla italiana de Lampedusa fueron obligados por las fuerzas de Gadafi a subir en barcazas de mala muerte para que atraviesen el Mediterráneo. Las municiones humanas como estrategia de guerra desencadenaron un enorme drama este fin de semana cuando un bote con 600 fugitivos a bordo naufragó sin que, hasta ahora, se sepa exactamente cuántas personas sobrevivieron. Los últimos datos hablan de 415 ahogados. Otro bote con 500 inmigrantes también naufragó en las costas de Lampedusa, pero la proximidad de la orilla permitió salvar a todas las personas. Laura Boldini, portavoz de Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), denunció la utilización de seres humanos como arma para desestabilizar a Europa. Boldini dijo que esta “tragedia demuestra que el régimen no tiene escrúpulos. No duda en poner en peligro cientos de vidas al permitir que zarpen en embarcaciones completamente inadecuadas con el fin de provocar una ola migratoria en la orilla norte del Mediterráneo”.
El coletazo inmigratorio a que dio lugar la guerra en Libia ya dejó decenas de vidas humanas tragadas por el mar y abrió un fuerte debate en Europa sobre la forma de gestionar esa inmigración. Desde que estalló el conflicto libio hace tres meses, más de mil personas murieron ahogadas intentando cruzar el Mediterráneo. El Viejo Continente ha mostrado su peor hilacha. Sus cantos humanistas no son sino piadosas declaraciones de intención que chocan con la cruda realidad: los tunecinos que huyen de su país y desembarcan en Italia o viajan a Francia son perseguidos como si fueran criminales mientras que, en lo que atañe a Libia, decenas de miles de personas huyen de los combates en un contexto de inacción e indiferencia globalizadas. No hay una ola inmigratoria desproporcionada, pero varios dirigentes de la Unión Europea, entre ellos el presidente francés, Nicolas Sarkozy, propusieron cerrar las fronteras interiores de la UE, a fin de frenar los flujos. Las cifras proporcionadas por la Organización Internacional de Migraciones son espantosas. La OIM da cuenta de unas “746.000” personas que ya han “atravesado las fronteras con los países vecinos de Libia o llegaron a Italia o Malta por barco”. Las cifras superan en mucho los 250.000 evacuados por la OIM durante la primera Guerra del Golfo (1990), los 85.000 de la guerra de Kosovo (1999) o los 35.000 de la última guerra del Líbano (2006). La cantidad de refugiados que ha llegado a Europa es mínima comparada con los países fronterizos de Libia. Sin embargo, ello sirvió de detonante para que la derecha y la extrema derecha italiana y francesa sacaran lo más ilustrativo de su discurso antiextranjeros y aprovecharan la ocasión para martillar sobre el clavo del gran pánico inmigratorio. Según la OIM, de los 746.000 refugiados que huyeron de Libia, Túnez recibió a 360.000; Egipto, 269.000, Níger, 61.200; Chad, 24.423; Argelia, 18.000; Sudán, 2800; Malta, 1000 e Italia, 10.371 (datos del 8 de mayo). Este fin de semana, la OIM recabó testimonios horrendos entre los más de 1800 fugitivos africanos que llegaron a Lampedusa. La mayoría habría sido obligada por soldados libios a embarcarse en un puerto situado a unos 15 kilómetros de Trípoli. Nada parece conmover al Primer Mundo, cuya responsabilidad en el incremento de la guerra es inocultable. Fueron las capitales occidentales, con París y Londres a la cabeza, las que presentaron en el Consejo de Seguridad de la ONU la resolución 1973 que dio lugar a la intervención militar de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos primero y, luego, a la inclusión de la OTAN. Los grandes moralizadores del Oeste han dejado completamente solos a los países como Túnez, Egipto, Sudán o Chad en la titánica tarea de hacerse cargo de los cientos de miles de refugiados que llegan a sus fronteras. La solidaridad occidental parece tener un destinatario exclusivo, los rebeldes libios, pero no las víctimas más indefensas de este conflicto, es decir, los somalíes, etíopes, eritreos, nigerianos, sudaneses o egipcios cercados por la guerra. En este contexto, el responsable de la Acnur, Antonio Guterres, interpeló a las potencias industrializadas exigiéndoles que manifiesten con Túnez y Egipto -principales receptores de los refugiados - “la misma solidaridad que ellos han mostrado hacia los refugiados de Libia”. La misma OTAN está hoy en tela de juicio. Según denunció el diario británico The Guardian, la Alianza Atlántica dejo sin asistencia a una barcaza en la que viajaban 72 inmigrantes con destino a Lampedusa. The Guardian asegura que un helicóptero de la OTAN les tiró galletitas y agua, pero no los asistió. Un portaaviones de la Alianza, presuntamente el portaaviones francés Charles De Gaulle, se cruzó con ellos a unos 400 metros pero tampoco intervino. La barcaza estuvo a la deriva durante 16 días; 61 africanos, entre los cuales había mujeres y niños, murieron de sed. La portavoz de la OTAN, Carmen Romero, negó las informaciones de The Guardian. “No había barcos de la OTAN en la zona”, dijo Remero. Sin embargo, la duda persiste.
Los fugitivos que superan el desafío del Mediterráneo son recibidos como hostiles extraterrestres y su destino queda sujeto no a cuestiones humanas sino a cálculos políticos sobre la protección de Europa. La Organización Internacional de Migraciones intenta adelantarse al desastre evacuando a los extranjeros bloqueados en Misrata, la ciudad a la que Gadafi tapizó de bombas y que pasará a formar parte de la oprobiosa lista de ciudades mártires. La generosidad de un mundo globalizado e interconectado da muestras de ser muy tacaña cuando se trata de ayudar al prójimo a no morir. La OIM hizo un llamado para recaudar 160 millones de dólares a fin de intervenir en la crisis de Libia. Hasta hoy sólo recibió 68 millones. La guerra tiene, sin embargo, un costo exorbitante. Una hora de vuelo del avión ultramoderno francés Rafale vale 16.000 dólares. La hora de vuelo de un Mirage cuesta 13.000 dólares. Una hora de navegación del portaaviones Charles De Gaulle se eleva a 60.000 dólares. De las bombas y los misiles lanzados contra Gadafi, cada uno cuesta entre 320.000 y 450.000 dólares. Emigrantes, población civil, desplazados o víctimas de los bombardeos todos pagan el tributo del salvajismo de Gadafi y de la galopante deshumanización de Occidente, y en particular de Europa. La astucia del líder libio es tan repelente como las razones profundas por las cuales la lleva a la práctica: conoce el horror que esta Europa del siglo XXI le tiene a lo que no sea occidental y blanco.

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