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Calmar a los mercados

20 maig, 2010 - Opinió

Francisco Morote Costa – ATTAC Canarias
“Hay que calmar a los mercados”, repiten en los últimos tiempos el presidente Obama de los Estados Unidos, la canciller alemana Merkel, el presidente francés Sarkozy y el coro de mandatarios mundiales de inferior rango.
En qué consiste calmar, parece estar claro. Calmar es tranquilizar, sosegar, apaciguar. Todo el mundo lo entiende. En nuestra vida nosotros mismos nos hemos tenido que esforzar alguna que otra vez para calmarnos, para tranquilizarnos o para calmar o tranquilizar a otros con el propósito, generalmente, de evitar males mayores. También es verdad que en el pasado, en virtud de sus creencias mágicas y/o religiosas, los hombres creían que era necesario calmar o apaciguar, incluso con sacrificios humanos, a los espíritus, a los dioses, etcétera, sobre todo cuando se temía su cólera o se creía ser víctima ya de ella.
En definitiva, cuando se intenta calmar a alguien de este mundo o del otro, para los que creen en él, es porque en realidad tememos el alcance de sus reacciones. El miedo dicta, pues, la decisión de calmar, de tranquilizar, de apaciguar.
Por ejemplo, el miedo a Hitler condujo a los gobiernos democráticos de Gran Bretaña y Francia, en los años treinta del siglo veinte, a la inutil política de apaciguamiento que en ningún caso calmó el apetito de conquistas territoriales de aquel dictador.
Bien, pues ahora se trata de calmar a los mercados. ¿Pero qué son los mercados?  ¿Son espíritus o dioses intangibles, inaprensibles cuya temible ira debamos apaciguar? No, los mercados a los que hay que calmar, no son espíritus, ni dioses, ciertamente se parecen más a los dictadores, son personas de carne y hueso cuyo poder descansa en el inmenso capital financiero que han acumulado, que pueden o no invertir, con el que pueden especular, con el que pueden doblegar gobiernos y arruinar países y sociedades enteras. Así es que los mercados no son dioses, abstracciones, son banqueros, grandes inversores, agentes calificadores, especuladores que también son muy poderosos y por eso los gobiernos, para calmarlos, no dudan en ofrecerles sacrificios humanos, como el del pueblo griego, que tanto sabía de mitos y dioses, o hasta el mismo pueblo español.
Lo que al parecer los gobiernos democráticos se empeñan en ignorar es que los mercados, es decir, los banqueros, los grandes inversores, los especuladores, como los viejos dioses o como muchos dictadores, son insaciables y de nada sirve con ellos la política pusilánime y complaciente del apaciguamiento. Por mero instinto de supervivencia, los pueblos, los ciudadanos corrientes tendremos, incluso airadamente, que recordárselo.

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