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Consenso con Alemania: "España no es Portugal"

12 abril, 2011 - Unió Europea

El rescate del vecino luso y la subida de tipos de interés, han marcado el diálogo hispano-alemán en Berlín
Rafael Poch La Vanguardia
Encuentro en Berlín entre el principal promotor de la política general europea de austeridad y jefe del directorio, y una de sus víctimas meridionales. El foro hispano-alemán celebrado el jueves y el viernes en Berlín con presencia de ministros, banqueros y empresarios, podría haber sido una ocasión para contrastar visiones. Pero entre director y dirigido hay más obligada conformidad que diálogo. El peso de los enormes desequilibrios entre naciones europeas deja poco terreno al debate horizontal y mucho a la jerarquía y el vasallaje.
El problema supera el ámbito de una relación bilateral. El gran contexto de la enorme crisis institucional a la que asistimos en Europa es la inercia dejada por treinta años de desregulación. Tras la explosión del casino, las mismas instituciones y relaciones que la desregulación diseñó para el primado del mercado sobre lo político, de lo privado sobre lo público, tienen grandes dificultades para funcionar con otra lógica. A ese problema se suman los diferentes intereses nacionales que se resuelven con la ley del más fuerte. Una línea que empobrece y recorta a millones de ciudadanos europeos, más en el sur que en el norte, y que conduce a la división de la actual eurozona en dos, lo que podría llevarse por delante la unión monetaria tal como hoy la conocemos, es el resultado.
Evidentemente, el problema no se ha abordado en el Foro hispano-alemán, en estos términos. La disciplina no se cuestiona. La política de austeridad para todos y sus consecuencias humanas y sociales, apenas se rozaron. La asfixia que esa política supone tampoco, aunque el evento berlinés coincidió con dos claros mazazos para España: el anuncio de rescate portugués y el aumento de los tipos de interés.
Agradecimiento y admiración
El tono general del mensaje español ha sido de humilde complacencia, repartido entre políticos socialistas salientes, aspirantes a entrantes del PP y neutrales. “Agradecimiento y admiración”, resumió el copresidente español del evento, que recordó al anfitrión la “generosidad por acoger a nuestros gastarbeiter” en los años sesenta, la ayuda prestada a la transición democrática e incluso que “Alemania esté acogiendo ahora a nuestros parados”.
Isabel Tocino, la enérgica partidaria de nucleares que José María Aznar puso en su día de ministra de medio ambiente, dijo que, “Alemania se ha ganado la autoridad de ser el motor de la construcción europea” y sugirió un firmes con cheque en blanco al decir que, “debe seguir liderando, poniendo todos los instrumentos que la situación demande”.
La ministra de exteriores, Trinidad Jiménez, dijo que “nunca olvidaremos la solidaridad que Alemania mostró con España” durante la transición y prosiguió con lo que parecían mensajes de la próxima campaña electoral de su partido: “hemos logrado la estabilidad de la economía española”, “España es parte de la solución”, “vamos a salir aun más fortalecidos de la crisis”. La Ministra también dijo algo que, por un momento, se acercaba a una queja: mencionó, de pasada, el riesgo de que, “el efecto de las medidas dolorosas no mate el crecimiento y la posibilidad de recuperación”. Fue un disparo al aire, sin mayor concreción.
El mensaje central español se concentró en la geografía: España no es Portugal. Sobrevivir. Alemania, de momento, compra ese mensaje.
Pero España tiene también a uno de los suyos en el propio directorio: Joaquín Almunia, comisario de competencia. Naturalmente, fue el más audaz de los hispanos: instó a Alemania a acometer una “profundísima reestructuración” de sus bancos -cuya situación es “el secreto mejor guardado”, según el Frankfurter Allgemeine Zeitung- a dejarse de quejas sobre si es el pagano de Europa, y adoptar una “visión más amplia” sobre la situación europea.
“Mucho más allá del debate de quien paga el 30% del presupuesto comunitario para ayudar ahora a Portugal, ayer a Irlanda y anteayer a Grecia, y que si Europa no debe ser una “unión de transferencias”, debate muy frecuente en Alemania, tenemos que tener una visión más amplia”, dijo Almunia.
Impuesto financiero
Alemania representa el 30% de la economía de la eurozona y aporta el 21,7% del fondo de garantía del euro, 168 millardos. Aunque los alemanes piensen lo contrario, su país no es el único que paga lo que le corresponde. Francia aporta el 16% de ese fondo (126 mil billones), Italia el 14% (111 mil billones) y España el 9,5% (73 mil billones), cada cual de acuerdo a su tamaño. Pero en ninguno de esos países se escuchan quejas, ni los medios de comunicación se recrean en ello, dando la impresión de que solo pagan ellos.
Con la que fue la intervención estelar de parte alemana –en el país de los ciegos, el tuerto es rey- el ex ministro de finanzas socialdemócrata Peer Steinbruck, se refirió a esa realidad. Calificó de “engaño a la opinión pública” la queja en ese tema y apuntó lo mucho que Alemania se beneficia del euro. No llegó a decir que la fijación mediática alemana por el rescate europeo sirve de cortina de humo para desviar el enfado del contribuyente alemán por el desembolso, mucho mayor, que este aportó a la salvación de los bancos alemanes entusiastas inversores en fantasías inmobiliarias americanas, irlandesas, españolas, griegas, etc.
“Soy partidario de la solidaridad de Alemania, con la condición de que los receptores hagan todo lo posible para no necesitarla”, dijo Steinbrück, comparando esa solidaridad con los subsidios sociales: si el receptor no cumple esa condición y parasita con la ayuda, se le debe retirar, sugirió.
Steinbrück, el hombre que en 2003 abrió Alemania al casino y que ahora pasa por realista y razonable en medios conservadores, cree que hay “mucha concentración en la deuda y poca en la reestructuración de los bancos. “No tenemos en Europa ninguna institución dedicada a la reestructuración del sistema bancario”, dijo. Apoyó, “la actual presión de la Comisión Europea a Alemania para una reestructuración de los Landesbanken”, porque los gobiernos de los Ländern, sus propietarios, “no están en condiciones de hacerla por sí mismos”.
El ex ministro se mostró también partidario del impuesto sobre transacciones financieras, aunque el escenario que mencionó fuera bien discreto. En el G-20 se habló de un impuesto del 0,05% y no prosperó. “Merkel dijo entonces que a nivel nacional era inviable”, explicó. “Habría que empezar con un grupo de cinco o seis países” dijo Steinbrück, “con tal comienzo moderado, creo que se podría llegar a una decisión continental”. Si ese 0,05% se aplicara en Alemania el país ingresaría anualmente 11.000 millones de euros, pero sobre todo solucionaría un problema de “legitimidad”: por lo menos se podría mirar a los ojos al ciudadano que dice; “tenéis dinero para rescates, pero no para el parvulario de mi hijo”, explicó el ex ministro.
Jürgen Fitschen, miembro de la presidencia del Deutsche Bank, respondió enseguida; “si se aplica, el impuesto lo pagarían los clientes”. Respecto al impuesto a los bancos (Bankangabe), una medida aun más insignificante y simbólica, “favorecería a los competidores como China”, opinó Fitschen. Respecto a los desequilibrios europeos, otro de los grandes temas, Steinbrück, a diferencia de otros oradores, reconoció la existencia del problema y dijo que “el gobierno alemán debería ocuparse de él”. Eso fue todo.
Nuestro hombre en el Bundesbank
El moderador de la tercera sesión, Jüergen Donges, ex director del Instituto Otto Wolff de Colonia, protagonizó un significativo comentario. Criticó que a veces se presente en España a José Manuel González Páramo, el único español en el directorio del Banco Central Europeo (BCE), como “representante español en el BCE”. El comentario intentaba enfatizar la función supranacional del BCE y la ausencia en el de “cuotas nacionales”, pero ignoró olímpicamente algo mucho más importante: la realidad de que dicho banco actúa como una especie de segundo Bundesbank de ámbito europeo, una agencia que defiende intereses alemanes o de las economías bollantes de la eurozona. La ortodoxa tesis defendida a continuación por González Páramo, “Alemania entendió que su mercado de trabajo no se llevaba bien con el euro y lo reformó, su índice de paro es ahora más bajo que antes de la crisis, mientras en España es el doble, esa es la diferencia entre los países que hicieron sus deberes a tiempo y los que no”, dejó las cosas claras.
Donges tampoco estuvo acertado en su comentario sobre la irrelevancia de los desequilibrios entre países de la eurozona, que equiparó a regiones de un estado nacional. “Nadie contabiliza las exportaciones de Andalucía a Cataluña o viceversa”, dijo. La afirmación dividió a los españoles entre quienes pensaron para sus adentros “todavía no”, y quienes sonrieron, pensando que cuentas muy parecidas a esas se hacen hace tiempo en España.
Curiosamente fue Francisco González, el Presidente del BBVA quien protagonizó la confesión retrospectiva más crítica hacia los bancos: “la banca no actuó bien”, dijo. “Había una supervisión de una laxitud increíble, y nadie tuvo el coraje político de tomar al toro por los cuernos”. González tuvo otra frase notable: “es importante que los bancos vean más allá de la jubilación de sus ejecutivos”. A continuación se sumó a la ortodoxia general: “Alemania, un país que ha hecho bien las cosas, debe tener más liderazgo”. Respecto a España, el presidente del BBVA reconoció que “si lo de Portugal hubiera pasado hace seis meses, ahora estaríamos en el caos”. González, como el BCE, reclama a España una “buena reforma laboral”, y pide que se “aclare la reforma de las cajas de ahorro”. “El capital público no puede estar en las cajas por cinco años, sino por meses”, dijo. Sobre el gobierno de Zapatero, lo criticó por haber “actuado tarde contra la crisis”. “Luego”, dijo, “el Presidente del gobierno se ha dado cuenta -o se lo han explicado”, matizó. Esa guinda provocó risas. Risas de fin de legislatura.

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