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Crisis financiera y globalización

10 març, 2010 - Crisi sistémica

María José Fariñas Dulce – Consejo Científico de ATTAC España
Desde la explosión de la crisis financiera en 2008, apenas se habla de la globalización, como si aquélla no fuera en realidad efecto de ésta. Incluso, pareciera que se ha producido un freno en su proceso de desarrollo, especialmente por una cierta tendencia hacia políticas económicas proteccionistas, un descenso importante de los intercambios globales y una reducción de las exportaciones.
Sin embargo, cuando hemos asistido en las últimas semanas a los ataques financieros contra el euro y contra las Bolsas de algunos países europeos, a una le viene a la cabeza uno de los elementos más significativos de la globalización, al menos de la doctrina política de la globalización neoliberal de los mercados que se ha desarrollado durante las últimas décadas, y que va mucho más allá de la apertura o ruptura simbólica de fronteras en los ámbitos del comercio y la comunicaciones mundiales. Me refiero a lo que se denomina el capitalismo de casino, un tipo de práctica capitalista cuyo principio y fin es la especulación financiera sin límite ni control, que conduce a acumular dinero únicamente a partir del dinero. Una práctica del capitalismo que ni produce, ni distribuye bienes o servicios, ni contribuye a la generación de nuevos puestos de trabajo en condiciones dignas, ni tributa fiscalmente a las economías locales de los Estados. Estas prácticas han permitido que en la globalización se haya producido un rápido avance de redes mundiales enormemente complejas de dinero, recursos, producción y necesidades de consumo. El alto rendimiento del capital y su especulación sin límite durante las últimas décadas ha hecho que los ricos sean mucho más ricos, profundizando la brecha de la desigualdad de renta en el mundo.
Por otra parte -como señala R. Shapiro (‘2020 un nuevo paradigma’, 2009)-, uno de los hechos más irreductibles de esta globalización, la externalización laboral, es ya un proceso irreversible. Una parte importante de la producción industrial, la llevada a cabo en una primera fase de la externalización, y de la prestación de servicios, que se está poniendo en práctica en una segunda fase de externalización laboral, se ha trasladado, y lo seguirá haciendo, a los países en vías de desarrollo que proporcionan mano de obra muy barata y abundante, cualificada o no, aportando una reserva de mano de obra global inexistente hace unas décadas. Esto ha supuesto ya, y lo seguirá haciendo, grandes destrucciones de puestos de trabajo en los países centrales, que será difícil, cuando no imposible, de recuperar, a la vez que reducciones salariales en los empleos que se mantienen.
La globalización y su poder económico son imparables, especialmente desde que Estados como China o India se están convirtiendo en grandes motores de la misma. En cualquier caso, la mayor parte de la actual globalización sigue centrada en el dinero y las finanzas, generando un dominio financiero de la economía real. Los ciegos mecanismo financieros siguen marcando sus criterios y condicionando las decisiones políticas, por ejemplo obligando ahora a los países que tienen un déficit elevado a reducir su gasto público. El capital intelectual, político, social y humano sigue siendo una asignatura pendiente de la globalización. Lo difícil es saber cómo se podrá mantener el apoyo ciudadano a un modelo de economía abierta y global, cuando en muchos países desarrollados se destruye empleo constantemente y se rebajan los salarios. Cómo conseguir el apoyo de amplios sectores de la población, tanto las clases populares y obreras, las grandes perdedoras de la globalización, como las amplias clases medias, cuando ven reducido su nivel de vida, empobrecida su situación laboral, educativa y sanitaria, y frenadas sus expectativas de ascenso social y las de sus hijos.
Mientras tanto, los gobiernos de uno u otro signo siguen haciendo oídos sordos a las demandas que la sociedad civil global lleva planteando desde hace décadas. Y me refiero concretamente a la puesta en práctica de un impuesto sobre las transacciones económicas, la denominada Tasa Tobin. Un control impositivo sobre los movimientos especulativos de capitales y divisas a corto plazo en los mercados financieros, que tendría un doble objetivo: en primer lugar, disuadir y frenar la tremenda especulación que sigue existiendo en los mercados financieros y la utilización fraudulenta de las riquezas; en segundo lugar, obtener recursos económicos para paliar la desigualdad que la propia globalización económica ha generado y sigue generando. O, también, la demanda de elaboración o endurecimiento de leyes internas de los Estados contra la evasión fiscal y el fraude, que contribuirían a desincentivar la presencia de los paraísos fiscales.
No es suficiente con denunciar a los mercados. Es necesario también actuar política y legislativamente contra sus abusos y fraudes, tanto en el ámbito nacional como en los regionales o globales. Pero dicha actuación, al menos desde una perspectiva política progresista, no ha de ser una cuestión de cantidad, sino de calidad en la defensa de intereses comunes, de compromisos de solidaridad frente al individualismo de los intereses privados y de redistribución frente a los estragos de las políticas liberales.
Artículo publicado en El Correo.

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