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Democracia política, dictadura financiera

13 maig, 2010 - Opinió

José Antonio VegaCinco Días
Los anglosajones suelen decir que “If the market thinks you have a problem, you have a problem”. Y, lo que es peor, en absoluto se soluciona por mucho que tú lo niegues, como han estado haciendo los gobernantes de la Unión Europea los tres últimos meses. Desde que en otoño los mercados financieros empezaron a disparar contra Grecia, primero con fogueo y después con postas, los dirigentes europeos sabían que tenían un problema, aunque han tratado de relativizarlo. Sólo cuando en las primeras semanas de febrero la mancha de aceite se extendía por las costas del Mediterráneo comenzaron a darse por aludidos, y verdaderamente alarmados cuando la semana pasada el agua les llegaba a la altura del cuello.
Aún entonces los líderes de una Europa sin liderazgo imputaban a la especulación aviesa los golpes bajos de los inversores, los bajonazos de las bolsas, la masiva oleada de ventas de bonos de los países periféricos y la escasez de liquidez que volvía a secar los mercados interbancarios Si se trataba de especulación pura, y por tanto carecía de toda justificación y fundamento, por qué ustedes, líderes sin liderazgo, han hecho aprisa y corriendo, el sábado y el domingo, lo que negaban el miércoles, el jueves o el viernes. Por qué han creado en 48 horas el primer pilar fiscal federal que han negado durante diez años a la moneda común; por qué el brazo financiero y monetario ha decidido comprar deuda pública repudiada hasta ahora a regañadientes, inyectar liquidez a espuertas y relajar hasta el sonrojo los colaterales para conceder cheques en blanco a los bancos europeos.
Por que en la ofensiva anunciada de los mercados hay mucho de especulación, pero mucho más de un razonamiento financiero que descuenta cada vez con más antelación escenarios económicos y fiscales poco saludables en un buen paquete de países, todos ellos de mucha mayor trascendencia económica que la víctima helénica, todos ellos, unos más que otros, demasiado grandes para caer, como eran demasiado voluminosas Lehman, Citi o AIG hace poco más de un año.
¿Quién salvará a los Estados?
En las últimas jornadas, con este proceder, los mercados han puesto de rodillas a los Gobiernos, que han comenzado a buscar culpables entre ellos para exigir correcciones en el funcionamiento de sus políticas económicas. Esta especie de dictadura financiera del dinero, que limita en buena parte la voluntad democrática de los Gobiernos, debe ser también cercenada, porque llevada a sus últimas consecuencias puede tener efectos dramáticos.
Los Gobiernos, con alguna honorable excepción como el español, han gastado ingentes cantidades de dinero en salvar a los bancos de la bancarrota, y ahora comprueban que nadie va a venir a salvarles a ellos, a los estados. Por tanto, además de ejecutar algunos de sus ‘perversos’ designios (reformas, recortes de gasto público, etc.), deberían protegerse con limitaciones a la operativa financiera, al menos siempre que se trate de tendencias especulativas, y que carezcan de fundamentos económicos. Ese es el poder que proporciona la democracia, y del que cada semana que pasa parece que se alejan más por la presión de los lobbies financieros sobre las plazas más influyentes. Barack Obama ha perdido iniciativa en la materia, y en Europa las manos fuertes del dinero torcieron la voluntad de Brown, Zapatero, Sarkozy y Merkel hace menos de un mes. Treinta meses después de iniciarse la crisis financiera por los excesos de la banca, no hay ninguna garantía política de que se pondrán los medios para que esto no vuelva a ocurrir.
Pero en este juego de intereses, las reglas otorgan un margen de maniobra más generoso a los mercados que a los gobernantes. Los primeros cumplen una función de reasignación de los recursos financieros mundiales, transformando ahorro en inversión, y son tan políticamente asépticos como implacables y rápidos en su trabajo. Los Gobiernos que ahora piden prestado, con reiteradas emisiones de bonos, han aceptado estas reglas de juego, y tienen que admitir que el dinero haga preguntas y discrimine buscando la calidad y castigando los activos que no la tienen, sobre todo cuando hay tanta demanda de recursos como la generada por los déficits estatales.
Por ello ahora la aséptica ley marcial del mercado exige a la flexible democracia de los Gobiernos unas políticas económicas y no otras. La democracia española está ahora en el foco internacional y parece que, por la imposición colaboracionista de sus propios socios de la Unión Europea, no podrá evitar más recortes del gasto público, quizás más subidas de los impuestos y seguramente verdaderas reformas de sus rígidas leyes laborales.
Si el mercado piensa que tenemos un problema, tenemos un problema.

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