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Dilemas que se presentan en la economía mundial

5 agost, 2010 - Crisi sistémica

Carlos Berzosa – Consejo Científico de ATTAC España
La incertidumbre sigue reinando en la economía mundial y no existen proyecciones fiables sobre lo que puede suceder en el futuro más inmediato. La predicción en economía es un ejercicio técnico e intelectual que se encuentra bastante desacreditado desde el surgimiento de la crisis, de tal forma que no es posible disponer en estos momentos de pronósticos sobre su evolución futura. Pero en todo caso, se pueden inferir tendencias a partir de lo que está sucediendo en los momentos presentes. Como se puede observar, mientras se está produciendo un crecimiento económico en determinados países emergentes, los países desarrollados siguen con la economía encallada. Todo ello está cambiando el escenario de la economía mundial a pasos agigantados.
La aparición en escena de nuevos protagonistas económicos como son China, India y Brasil, tiene aspectos positivos en lo que concierne a la disminución de la pobreza, pero no corrige sustancialmente las grandes desigualdades existentes y las elevadas privaciones que se dan en el mundo, así como en el interior de estos países. Lo que está sucediendo resulta muy preocupante, incluso dando por buenos los relativos logros de los países emergentes, pues no se están abordando reformas a fondo a escala mundial, ni tampoco se están planteando cambios sustanciales en el injusto orden internacional. Tampoco se está buscando un nuevo modelo de desarrollo que acabe con el fundamentalismo de mercado que ha dominado en los últimos años. Simplemente, las fuerzas económicas dominantes y el pensamiento económico que las sustenta lo único que pretenden es volver a la situación anterior a la crisis, con el agravante de que quieren hacerlo aplicando recortes sociales a los trabajadores.
A su vez, en los países ricos los economistas debatimos, entre otras cosas, sobre qué es lo mejor que se puede hacer para salir de la crisis: si estimular el déficit público o, por el contrario, tratar de reducirlo lo más posible. En la Unión Europea (UE) se ha impuesto la ortodoxia de las políticas de ajuste y de estabilidad presupuestaria, mientras que en Estados Unidos se opta por el déficit. Es éste un debate importante debido a que la orientación que se tome en la política económica condicionará el futuro, pues seguir un camino u otro conducirá a la economía a una posible deflación, otra recesión o una lenta recuperación en el caso de seguir la vía de la reducción rápida del déficit, o bien se combate la baja actividad tratando de reanimar al enfermo con políticas activas desde el sector público. El estímulo a partir del déficit no asegura ningún éxito, entre otras razones, porque las causas de la crisis son profundas y requieren cambios sustanciales, pero es un recurso necesario ante el bajo pulso de la actividad privada y la falta de crédito.
Este es el primer dilema al que nos enfrentamos, si más déficit o puesta en marcha de duras políticas de ajuste. Seguir el camino por el que se ha optado en la UE es peligroso, ya he insistido en otros artículos en los costes sociales que pueden derivarse de las políticas de ajuste sin que se asegure por ello en ningún caso el éxito de estas medidas para lograr la reactivación económica y la recuperación del empleo. Esto supone el triunfo de la ortodoxia y de los mercados financieros ante las necesidades sociales. Estamos, por tanto, ante el triunfo una vez más del dinero y del poder económico frente a lo que se entiende que debe ser otra economía, otra sociedad.
Pero más allá de que se defienda el déficit público, lo fundamental es cómo orientar la economía para modificar sustancialmente el modelo de desarrollo, y esto requiere ir más lejos en los planteamientos debido a que de lo que se trata es de decidir en qué gastar, pues no es lo mismo financiar gastos militares que abordar políticas sociales, educativas o de investigación. Otro tanto sucede respecto a si la bajada del déficit debe hacerse a partir de recortes en el gasto, que es la línea predominante, o sería conveniente aumentar la recaudación combatiendo el fraude y modificando los impuestos, que deberán subirse, sobre todo en los países que tengan una menor presión fiscal, para hacer más progresivos y redistributivos los sistemas fiscales y no presionar tanto sobre el déficit.
No obstante, aunque parezca obvio que hay que llevar a cabo políticas capaces de profundizar en las reformas para conseguir modelos de desarrollo más equitativos, sostenibles y capaces de proporcionar empleo decente a todos los ciudadanos, se está imponiendo la vuelta a la ortodoxia que ha causado tantos males como se están padeciendo y que están provocando tantos damnificados. Se confunde, además, la salida de la crisis con situaciones que suponen a veces mejoría de la economía, pero que no significan ni mucho menos que la economía se encuentre saneada. Se traslada a la sociedad la idea de que las cosas están mejor si crecen los beneficios empresariales, o se dan alzas en las bolsas, sin considerar si esto afecta positivamente al empleo y a la calidad de éste. La idea que se nos hace llegar con frecuencia es que si mejora la actividad empresarial lo demás vendrá dado por añadidura.
Nada indica que se esté ante una verdadera recuperación, pero desde luego lo más grave es que la salida de la crisis, en el caso de darse, se produzca favoreciendo en exceso a los ricos y perjudicando al conjunto de asalariados. Los problemas que se amontonan en la economía son demasiados como para que se afronten con el reduccionismo al que se nos tiene acostumbrados desde la visión de los economistas. Y es que las voces de la disidencia son menos y tienen menos eco en los órganos decisorios internacionales y nacionales, incluso cuando proceden de voces académicamente reconocidas como en los casos de Stiglitz y Krugman.
En suma, las cosas no van nada bien, y no sólo por el transcurrir de los hechos, sino por la escasa capacidad que se está mostrando para modificar el curso de los acontecimientos y las decisiones. No hay, además, fuerzas políticas y sociales progresistas capaces de empujar en sentido contrario a lo que estamos viviendo día tras día. Espero que la situación cambie, pero no cabe duda de que la crisis está afectando a la izquierda y a los movimientos sociales de un modo también muy negativo. No hay que resignarse, hace falta actuar para cambiar, aunque en este aspecto pocos elementos se vislumbran para tratar de ser optimistas.
Artículo publicado en Sistema Digital.

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