Menu

Economía canalla

23 març, 2011 - Internacional

Jorge Parrondo El sueldo de Diógenes
Los gobiernos occidentales que escriben con mayúsculas los Derechos Humanos estuvieron realizando transacciones económicas de dudosa ética con los dictadores de Libia, Egipto o Túnez, hasta que los pueblos de estos países han destapado, echándose a la calle, la falta de ética y vergüenza de sus gobernantes. La política económica del régimen tunecino era elogiada por el Fondo Monetario Internacional mientras España, Francia, Italia o Estados Unidos vendían armas a Gadafi y al tiempo la prensa miraba hacia otro lado. A todo esto, el director de la London School of Economics, Howard Davies, se ha visto obligado a dimitir de su cargo porque no solo había aceptado donaciones procedentes del clan Gadafi sino que también había accedido a asesorar al gobierno de Trípoli en el manejo de sus fondos soberanos. La ministra de Exteriores de Francia, Michèle Alliot-Marie, ha sido por su parte despedida por Nicolas Sarkozy pues parece que tenía negocios inmobiliarios con la oligarquía tunecina, de la que aceptaba viajes gratis en avioneta privada.
¿Por qué tanto énfasis en boicotear a algunos dictadores que no son favorables al libre mercado y tan poco por poner en su sitio a Ben Ali, Mubarak o Gadafi? ¿Y por qué Arabia Saudí, Catar o Bahrein, otros regímenes dictatoriales con escasas libertades sexuales o de reunión, prensa o expresión, donde los trabajadores carecen de derechos laborales y viven en condiciones infrahumanas siguen contando con la anuencia de Occidente? Pues porque por muy canalla que un dictador sea si ofrece oportunidades de lucro a las multinacionales es inmediatamente bendecido por los organismos económicos internacionales y porque a excepción de unas pocas ONGs durante demasiados años casi nadie ha hecho casi nada para denunciar los corruptos e impunes tejemanejes que cometen las empresas y los organismos occidentales que a pesar de estar aliados con dictadores de la peor calaña cuentan sin embargo con la bendición del libre mercado.
En 2007 y gracias a las presiones de Amnistía Internacional, el Congreso Nacional del Partido Comunista chino aprobó una ley que otorgó algunos ridículos derechos laborales a los trabajadores pero las cámaras de comercio de los Estados Unidos y de la Unión Europea en China ejercieron presión para evitar la entrada en vigor de la nueva legislación. La descomposición moral del fundamentalismo comercial de Occidente se ha extendido por todo el mundo y por todos los sectores productivos y creativos en la era neoliberal. El lucro sucio tiene premio y no castigo y de ahí el alarmante incremento exponencial de las tasas de prostitución intelectual de economistas, periodistas, científicos, políticos, y tantos otros profesionales. En la era de la sobrevaloración del criterio económico y la mercantilización del propio ser humano hemos sido reducidos a vulgares mercancías y en ese contexto es normal que la gente tienda a hacer negocios con empresas o países que desprecian los Derechos Humanos.
Mandatarios de países como China, donde el obrero gana salarios de mera supervivencia, donde no hay elecciones democráticas ni libertad de expresión ni mucho menos leyes de protección ecológica, donde se acosa, encarcela y tortura a todo aquel que se atreve a pedir la democratización del régimen, son recibidos con honores lo mismo en España que en Estados Unidos y muchos otros países occidentales. Habría que poner freno a la economía de las mercancías baratas, que es la economía de la explotación humana, y crear un nuevo código de comercio que ponga ante un Tribunal Internacional de Derechos Humanos a todo aquel que se lucre negociando con países no democráticos pero de momento nuestros políticos están ocupados adulando a los gobernantes chinos para que inviertan en bonos.
“Hacerse rico es fantástico”, afirmó Den Xiao Ping a finales de los 80, cuando el régimen chino se convirtió al credo capitalista. Bajo su liderazgo comenzó un proceso de liberalización económica que ha permitido a China crecer a un ritmo envidiable y convertirse en la gran potencia económica emergente del siglo XXI. Pero cuando en la década de 1990 numerosas empresas estatales fueron privatizadas, los grandes agraciados no fueron los trabajadores sino los miembros de las cúpulas directivas del Partido Comunista Chino. Ellos se apropiaron de las enormes plusvalías que arroja el plustrabajo de la clase obrera y las multinacionales surgidas de ese proceso de liberalización ahora “funcionan según los procedimientos y el código de conducta criminal y sin escrúpulos de sus homólogos occidentales”, como cuenta el recomendable blog Cáncer Capitalista en este post el sobre el modelo de desarrollo chino realizado bajo condiciones laborales esclavistas y un desprecio absoluto por el medio ambiente así como a través de la manipulación de divisas y todo tipo de fraudes, sobornos y prevaricaciones. El establishment económico de la República Popular China está levantando sin pudor ni libertad ni democracia un monumento a la economía canalla que cuenta con el aplauso de empresas, gobiernos y organismos occidentales.
En la civilización del siglo XXI lo que cuentan son los actos simbólicos y la gente va a seguir sin darse cuenta de cuál es el verdadero problema entre otras cosas porque “la política ha dejado de ser una discusión de ideas sociales al haber perdido los políticos el control de la economía”, como explica Loretta Napoleoni, periodista y economista autora de “Economía canalla”, libro-recuento de algunas de las barbaridades que la sociedad industrial es capaz de cometer en virtud a la siniestra lógica del lucro como sea. Los que menos se salvan de la quema de la podredumbre economicista son probablemente quienes dirigen las grandes multinacionales y los gobiernos de Europa y de Estados Unidos, así como la ONU, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, pero en el Occidente democrático y liberal todos los consumidores disfrutamos del sistema lo mismo cuando utilizamos móviles u ordenadores con coltán que cuando echamos gasolina al coche o cuando nos vestimos con moda barata y también cuando comemos alimentos cultivados en granjas faenadas por trabajadores agrícolas sin representantes sindicales que valgan ni salario mínimo ni derecho a la huelga.
El capitalismo neoliberal nos ha convertido en agentes económicos a jornada completa y en Occidente cuando no estamos hablando de banalidades de lo que hablamos es del precio de todo. Precio del pan, del petróleo, del recibo del gas y de la luz, precio del tabaco, de la ley anti-tabaco, precio del dinero y de las hipotecas, precio de las pensiones, del subsidio del paro, precio del trabajo y del despido del trabajo, precio de los productos financieros derivados del crédito y precio de las calificaciones de riesgo de los bonos del Tesoro público. Entregados los medios serios de comunicación en Occidente a profundizar en el precio de todo, cuenta Leonardo Boff una anécdota que bien podría ser el microrrelato más ilustrativo de la actual sociedad capitalista. Un empresario estadounidense, estando en Roma, le muestra a su hijo una puesta de sol en las colinas de Castelgandolfo. Antes de situarse en un buen ángulo para disfrutar de la belleza del paisaje, el hijo le pregunta al padre: “papá, ¿dónde se paga?”.
El capitalismo venera el lucro económico hasta el punto de convertir a la gente en prostitutos físicos e intelectuales y a mí mismo mañana me llaman ofreciéndome viajes gratis en avioneta privada y a lo mejor me pongo a escribir loas a Ludwig Von Mises. Dice Von Mises que la acción puramente humana es la acción puramente económica pero lo que no se puede medir por la economía es lo que no tiene precio y lo que no tiene precio es un asunto muy serio aunque no salga en los diarios financieros. Las madres hacen un trabajo impagable criando a sus hijos y si las familias establecieran políticas de tipos de interés y precios usureros seguramente la civilización humana estaría definitivamente abocada al desastre. Los economistas que comparan el Estado con la familia con objeto de denunciar los riesgos de la deuda pública deberían dejar de hacerlo. La familia no puede subir impuestos o crear dinero y además funciona según los parámetros de la economía del amor y la solidaridad. El problema es que los padres apenas tienen recursos éticos para evitar que sus hijos caigan en la doctrina del beneficio a toda costa que tanto nos aleccionan a todos los ciudadanos de la sociedad industrial y que al fin y al cabo parte de un erróneo axioma: Hay que ganarse la vida como sea. En consecuencia somos capaces de emplearnos en ocupaciones repugnantes y aceptar abusos y corrompernos y perder la dignidad y hasta las más acreditadas instituciones de Occidente no escapan de este raciocinio.
De la prostitución intelectual de los economistas del Fondo Monetario Internacional y otros organismos internacionales da cuenta Sam Perkins en “Memorias de un gángster económico”. Cuenta Perkins cómo cuando las empresas estadounidenses para las que trabajaba identificaban recursos naturales que podían ser rentables mandaban una avanzadilla de economistas para convencer a los dirigentes de los países del Tercer Mundo a firmar créditos del Banco Mundial. Al cabo de pocos años, una vez que los intereses de los préstamos estaban a punto de colapsar la economía de esos países, los economistas volvían para decirles “parece que no podrán hacer frente al próximo pago de intereses pero quizás haya una solución, quizás sería buena idea que vendieran ustedes su recurso natural barato a nuestras empresas; que anularan las leyes laborales y medioambientales que nos plantean problemas; que aceptaran no imponer aranceles a las mercancías de Estados Unidos; que consintieran barreras arancelarias para sus productos; o que privatizaran sus servicios públicos, escuelas y otras instituciones públicas para venderlas a nuestras empresas”.
Keynes dejó escrito que la sociedad occidental solo conseguirá ser saludable cuando deje de estar obsesionada con la economía, o sea “cuando el amor al dinero como posesión sea reconocido por lo que es, una morbosidad repugnante”. De momento estamos lejos de conseguir tal cosa porque como explica J. Perkins, el capitalismo neoliberal promociona la prostitución intelectual y la libertad de pensamiento seguirá estando amenazada mientras el lucro valga más que la verdad. Tras estudiar Económicas, Perkins fue testigo de excepción de muchas de las canalladas que oculta el sagrado libre comercio, que sin embargo cuenta con todos los parabienes de la prensa además de ser irrefutable en los centros de estudio. ¿Por qué? Contesta John Perkins: “Porque si los profesores nos hubieran enseñado la verdad, sin duda les habría costado el empleo.”

ATTAC Mallorca no s'identifica necessàriament amb els continguts publicats, excepte quan estan signats per la pròpia organizació.