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Economía impura

9 juny, 2011 - Opinió

Jorge ParrondoEl Sueldo de Diógenes
Según reconocen los expertos que elaboran los informes anuales del Banco Central Europeo, “la recuperación económica pasa por un aumento de la competitividad, lo cual exige un descenso del nivel salarial y la protección social”. Es exactamente lo mismo que defiende no solo la Confederación Española de Organizaciones Empresariales sino una gran mayoría de economistas, convencidos de que España tiene un grave problema de competitividad internacional. Para solucionarlo es necesario emprender una reforma laboral que si fuera posible conceda a los empresarios el derecho a hacer contratos de formación hasta los 35 años, permitiendo pagar así el sueldo mínimo interprofesional establecido en poco más de 600 euros mensuales ya no a jóvenes recién salidos de la universidad sino a tíos hechos y derechos con canas y barriga. Da igual que el salario mínimo en España sea “manifiestamente injusto e insuficiente”, como ha reconocido el último informe anual realizado por el Comité de Derechos Sociales del Consejo de Europa, informe que además denuncia a un sector de la clase empresarial española por el hecho de no respetar las normas relativas a la duración razonable de la jornada laboral ni a la remuneración correcta de las horas extras. Claro que la postura empresarial no debe extrañarnos. Todos queremos gastar menos y ganar más y por tanto es muy comprensible que un empresario pretenda ahorrarse costes laborales.
El problema es otro. El problema es que los economistas han bendecido técnicamente la lógica maximizadora de beneficios que aplican bancas y patronales, y cuando hablo de “economistas” me refiero a aquellos que dan por buenos los dogmas de la ortodoxia clásica y liberal. Pedro Solbes fue ministro de Economía durante la primera legislatura del gobierno de Zapatero y ahora va a empezar a trabajar como consejero de Barclays Bank Europa. Yo no caigo aquí en la indignación moral que podría producirnos la presencia de un brillante economista además de político supuestamente socialista en el consejo de administración de una institución financiera cuyo principal objetivo es el lucro usurero. El problema no es ése. El problema es que la mayor parte de los economistas han olvidado que existe un serio conflicto entre los intereses particulares del capital y los intereses generales de la sociedad.
La ciencia económica es un desastre de ciencia porque ni siquiera está capacitada para crear modelos matemáticos fiables a nivel micro como ha demostrado la reciente crisis. En evidencia están quedando las teorías de juegos y fórmulas de casino aplicadas al mundo financiero e incluso el Nobel de 1997 concedido a Merton y Scholes por sus métodos para determinar el valor de los productos derivados así como la cópula gaussiana de David X. Li, que tanto ha colaborado a crear burbujas internacionales de permutas del riesgo dolorosamente transformadas a largo plazo en peligrosos activos tóxicos para el conjunto del sistema. La confianza financiera es volátil por el simple hecho de depender de las expectativas sobre eventos futuros que no pueden predecirse de forma exacta, de modo que la economía pura acaba fracasando cuando las coordenadas de cualquiera de sus gráficos tropiezan con el devenir impredecible de la Historia, así como con la naturaleza no mecánica del ser humano, que no siempre pretende ni debe maximizar la rentabilidad o utilidad mercantil de todo lo que le rodea.
Comparar el Estado con la familia, como hacen algunos economistas para hacernos creer que el problema del capitalismo se reduce a solucionar el problema del déficit público, no tiene nada de científico porque la familia y el Estado son completamente diferentes a efectos de organización socio-económica. Para empezar el Estado está capacitado para emitir moneda y cobrar impuestos. La familia no. Pero que los economistas se dediquen al equilibrismo y la astrología haciendo metáforas, parábolas, figuras y ficciones es normal. Al fin y al cabo, los economistas son unos embaucadores natos como demuestra el hecho de que un Nobel de esta ciencia pueda defender una tesis completamente opuesta a la del Nobel del año anterior o del próximo.
El consenso de la escuela económica neoliberal ha dictado que la desregulación de los mercados financieros equivale a incentivar la actividad industrial y en consecuencia el bienestar general, pero olvida las lecciones históricas de otras crisis de euforias financieras y burbujas especulativas. Hasta el propio George Soros, tras convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo gracias a sus astutos ataques contra la libra esterlina, ha terminado reconociendo que el pensamiento económico convencional desvirtúa las democracias pues es mentira que los mercados, por sí mismos, tiendan al equilibrio. La verdad es que a estas alturas, la ciencia económica debería estar completamente desacreditada para regir nuestros destinos teniendo en cuenta su incapacidad manifiesta para comprender algo tan importante como que el ahorro, los excedentes, el crecimiento del PIB, la maximización de beneficios o los superávits no siempre son factores positivos para el progreso de la sociedad.
La ciencia económica contabiliza la utilidad de bienes y servicios partiendo del desprecio a la utilidad del vacío, cuya eficiencia es científicamente incuestionable. En consecuencia, los economistas solo aciertan a indagar en el valor de uso y cambio de los bienes y no en su valor metafísico. La ciencia económica se apoya en las matemáticas, pero las matemáticas solo son precisas hasta que se estrellan contra la inexactitud del infinito y la metafísica del cero, y en todo caso su aplicación rigurosa al campo de la economía no puede más que contribuir a reducir el mundo a una línea constantemente creciente de productividad. Partiendo de esta terrible carencia filosófica, los economistas han inculcado a la sociedad el principio de maximización, por el cual damos por hecho que solo en situación de crecimiento económico constante es posible llegar a crear empleo cuando no es verdad. La gente puede estar perfectamente empleada, ocupada y atareada sin necesidad de ser usada, malpagada y alienada por la dictadura de los mercados.
“Solo hay dos clases de economistas: los que no tenemos ni idea y los que ni siquiera saben eso”, decía Galbraith. Desgraciadamente estos últimos son los que tienen más influencia en la sociedad. Para revertir las injusticias, contradicciones y desequilibrios justificados, bendecidos y dogmatizados por los expertos en economía, algunos ciudadanos no han tenido más remedio que acampar en una plaza pública, palabra que siempre inquietará mucho al gremio. Normal. El campo de acción de la disciplina económica se centra en los intercambios comerciales que pueden medirse y no en las políticas públicas, que por definición trascienden el principio de maximización de beneficios.
Leonardo Boff cree que hay una economía superficial -aquella que se centra únicamente en ella misma, o sea en los capitales y los mercados y las inversiones y el lucro y el PIB-, y otra economía profunda -aquella que entiende la disciplina como una pequeña parte del todo cósmico configurado por el arte y la política y la ética y la espiritualidad y la filosofía y todos las demás saberes humanos-, pero es la primera de ellas la economía que gobierna el mundo. La gran batalla ideológica del siglo XXI será la batalla entre la economía superficial y la economía profunda, o lo que es lo mismo, entre la economía pura y la economía impura. De ganar el pulso la economía pura, la sociedad se condenará al capitalismo salvaje e inhumano, al fetichismo de la mercancía, a la cuantificación monetaria de todos los valores, a la concentración en pocas manos de bienes y capitales, a la explotación laboral, a la cultura de la obsesión por el lucro, al crecimiento tóxico y a la formación de precios injustos y desequilibrados. El espíritu de Mayo del 11 es una buena noticia porque es el espíritu de levantarnos justamente contra todo esto.
Todas las ciencias son inexactas incluidas las ciencias exactas pero cómo será ya no de inexacta sino de bribona la ciencia económica que incluso se permite el lujo de escribir y reescribir la Historia de forma ventajista en función de los intereses específicos de cada escuela o teoría. Por eso a día de hoy todavía no existe una versión oficial que explique las razones de la Gran Depresión, como seguramente no tendremos jamás una versión oficial que explique las verdaderas razones de la Gran Estafa. No me extraña nada. Al fin y al cabo, los economistas son los individuos menos cualificados para interpretar la historia de la humanidad así como para organizar nuestro presente y futuro teniendo en cuenta que sus curvas, gráficos, informes y planes de estudio no aprecian la solidaridad, el respeto, la ética, el esencialismo filosófico, la justicia, el arte o los Derechos Humanos.

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