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Educación pública

15 maig, 2011 - Educació

Jorge ParrondoEl sueldo de Diógenes
El presidente de la Royal Society de Londres, Sir Joseph Banks, se mostró en 1807 opuesto a la implantación de la educación pública porque los ciudadanos “aprenderían a leer panfletos sediciosos, libros peligrosos y publicaciones contra la cristiandad, lo cual les haría insolentes ante sus superiores”. A los economistas de las escuelas liberales tampoco les ha gustado nunca mucho la educación pública pues cuando los gobiernos administran colegios financiados con dinero del Tesoro están haciendo políticas socialistas. La educación pública implica que los ciudadanos con más rentas paguen más impuestos con objeto de subvencionar la educación de los ciudadanos de las clases menos pudientes. Es parte de la filosofía política de redistribuir la riqueza, algo que la mayoría de los economistas liberales considera dentro del mínimo aceptable de redistribución económica necesario para que la sociedad capitalista no incurra en injusticias evidentes e incluso Adam Smith reconoció que el Estado debe establecer un sistema educativo capaz de garantizar la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos. De otra forma, los hijos de los obreros estarían en injusta desventaja frente a los hijos de los capitalistas.
Los fachas libertarios y cristianos se preguntan: ¿Quién es el Estado para decirme cómo debo educar a mis hijos? Y tienen razón. El problema de la educación pública es que se puede socializar su financiación pero no su ideario puesto que cada ciudadano tiene una opinión diferente acerca de cómo ha de ser el plan de estudio apropiado para las escuelas financiadas con dinero público. La educación pública no puede contentar a todo el mundo porque la neutralidad educativa es una utopía al igual que definir el interés ideológico de la mayoría. La educación pública tendría en todo caso que permitir a cada ciudadano elegir la clase de colegio en la que educar a sus hijos y por eso en Estados Unidos existe un fuerte movimiento financiado por la derecha cristiana para conseguir que el Estado ofrezca a la gente con menos recursos subvenciones o becas con las cuales los padres puedan elegir libremente el colegio de sus hijos. Se trata del mismo modelo que pretende implantar en la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre. El objetivo de los fundamentalistas de libre mercado y los conservadores religiosos tanto en Estados Unidos como en Europa es, a fin de cuentas, el mismo: acabar a la larga con los colegios públicos o relegarlos a un papel marginal, desviando los fondos del presupuesto de la educación pública a la educación privada.
Cynthia Dunbar es miembro de la Junta de Educación del Estado de Texas y autora de “One Nation Under God”, donde afirma que para un padre cristiano mandar a sus hijos a un colegio público equivale a “arrojarlos a las llamas del enemigo”. No sé si Juan Manuel de Prada conoce a Cynthia Dunbar pero hace unos días le escuché decir en un programa de “Intereconomía” exactamente lo mismo. De cualquier modo, no solo la derecha cristiana y libertaria sospecha de la educación pública. También la izquierda más familiarizada con la interesante obra contracultural de Wilhelm Reich o Michael Foucault tiene motivos para recelar de un sistema educativo que está al servicio de las necesidades de la industrialización y lo que pretende principalmente es formar mano de obra disciplinada. Según el antropólogo Marvin Harris, el sistema educativo público de los Estados Unidos encierra un aparato disimulado de propaganda y sermoneo mercantilista, de tal modo que asuntos como la concentración de la riqueza o la participación de los bancos y las inmobiliarias en la especulación del suelo urbano o el control de los medios de comunicación de masas jamás se estudian en los colegios. Marvin Harris mantiene que la educación capitalista enseña sobre todo a la gente a cargar con la culpa de su pobreza y a dirigir su resentimiento contra uno mismo “o contra aquellos con quienes debemos competir y que se encuentran en nuestro mismo peldaño de la escala de movilidad ascendente”.
Otro ilustre antropólogo, Jules Henry, se dedicó a estudiar a fondo el sistema educativo en Missouri y observó que incluso en las lecciones de ortografía y canto se instruye a los estudiantes en el aplauso ciego de las virtudes del sistema competitivo de la libre empresa. J. Henry tiene una interesante teoría sobre el objetivo primordial de las escuelas públicas, no solo en Estados Unidos sino en todas las culturas capitalistas. Lo que principalmente aprenden los niños en los colegios de las sociedades industriales es el miedo a fracasar. J. Henry ilustra su teoría con un buen ejemplo: cuando el profesor saca a un alumno a la pizarra y no se sabe la lección, pregunta al resto de la clase: ¿Alguien lo sabe? Entonces aparece otro alumno que sí lo sabe, de tal modo que el que no lo sabe queda en evidencia y regresa al pupitre humillado. En definitiva lo importante, según J. Henry, no es tanto que los niños aprendan aritmética o geografía como que aprendan subliminalmente “la pesadilla esencial” del capitalismo, o sea el miedo al fracaso. El miedo al fracaso es el miedo al infierno terrenal de la sociedad industrial, heredero del infierno ultraterrenal de la sociedad judeocristiana. Es el miedo al la marginación y la pobreza que antes fue el miedo al placer y al vacío. Es la pesadilla esencial que efectivamente nos inculcan en las escuelas, públicas o privadas, para implantarnos el chip del empleado obediente.
Viene a ser realmente cuestionable hablar de elección libre del modelo de educación en el caso de la civilización cristiana después de haber sometido durante siglos a sus fieles al mayor lavado de cerebros de toda la historia de la humanidad. ¿Elegirán la escuela de sus hijos los ciudadanos libremente o más bien lo harán sus prejuicios? No existe un modelo de educación pública neutral que contente a toda la sociedad, y todo plan de estudios, dicho está, suele responder a una ideología determinada, así que de modo absolutamente subjetivo mantengo que la mejor educación pública sería aquella capaz de producir ciudadanos liberados de prejuicios. Para aprender tal cosa habría que enseñar a las nuevas generaciones a deconstruir la religión, la historia, la psicología, la política, la ciencia o la economía, y a dudar de cualquier autoridad intelectual. Yo enseñaría en las escuelas el arte de la deconstrucción, que no es nada moderno. Es lo que Georgias de Leontini, maestro de la retórica en la antigua Grecia, pretendió con sus alumnos: convertirlos en adultos capaces de defender en las ágoras una tesis sobre una cuestión cualquiera para, una vez convencidos sus interlocutores, pasar inmediatamente a defender, de forma coherente y convincente, la tesis contraria.
Convendría también enseñar que la obligación de obedecer al padre o a Dios o al patrón o al general sin cuestionar su autoridad ha tenido consecuencias a veces catastróficas para la civilización humana, como demuestra el caso Eichmann, quien como dijo uno de sus captores “no es un monstruo, sino un ser humano”.  El psicólogo Stanley Milgram demostró a través de un interesante experimento de campo cómo la mayoría de los ciudadanos normales pueden convertirse fácilmente en monstruos tan salvajes como Eichmann, sanguinario militar nazi que no dudó en gasear judíos al haber sido educado en el respeto ciego a la autoridad. Así que habría que enseñar en los colegios lo que dijo Hannah Arendt, que “la ausencia de pensamiento crítico y filosófico es la causa de la maldad”, y si la desconstrucción, como explicó Jean-François Lyotard, es la reducción a la nada de nuestro pasado y la superación de los grandes relatos que intentan dar sentido a la marcha de la historia, sería necesario que los estudiantes aprendieran a deconstruir el plan de estudios de sus educadores, así como a poner en evidencia todo aquello que pueda llegar a ser creído o imitado. Lo explica Gianni Vattimo:
El problema no es que nos estemos haciendo nihilistas. El problema es que aún somos muy poco nihilistas porque todavía no hemos aprendido a vivir realmente la experiencia de la disolución del ser.
La enseñanza de la diversidad de ángulos y opiniones y dioses y antidioses y la tolerancia de las perspectivas infinitas del cosmos no significa legitimar el todo vale ni la disipación moral o la falta de respeto a la autoridad como tampoco supone la burla de la cultura del esfuerzo. Reducir el mundo a la nada no es el caos sino evitar que nadie nunca más se atreva a pisotear la autonomía intelectual del individuo mediante el engaño y la trampa de los mitos y las fabulaciones. Así pues, no es necesario matar al padre ni al sacerdote ni a Dios ni al economista ni al presidente de gobierno ni a quien te obliga a ir a una oficina de lunes a viernes. Tampoco hace falta hacer la revolución. Basta con mirar de frente a cualquier autoridad y explicarle educadamente que no piensas acatar sin rechistar una sola de sus órdenes pues la historia demuestra que hasta los más admirables maestros, jefes o gurus corren el riesgo de estar equivocados.

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