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El capitalismo produce riquezas, pero no las reparte

21 juliol, 2009 - Opinió

Ricardo Vicente López – Universidad Nacional del Sur
El sistema capitalista es un modo de producción de bienes para el mercado. Así ha mostrado, a lo largo de los últimos doscientos años, su enorme capacidad de producción. Lo ha hecho en cantidades tales como el hombre jamás había conocido, y que hoy podría lograr la satisfacción de las necesidades de toda la población del planeta. En este sentido puede afirmarse, sin lugar a dudas, que su superioridad ha quedado totalmente demostrada, siempre y cuando no analicemos el daño ecológico entre otros. Pero también ha evidenciado poseer serias dificultades en la distribución de las riquezas que produce. Debe subrayarse que la obtención de una ganancia es el objetivo fundamental y el motor de esa maquinaria. El logro de este objetivo se realiza en el mercado, es decir en el proceso de la compraventa de mercancías por intermedio del dinero. De aquí se desprende que el acceso a la posibilidad de consumo queda limitado y condicionado a la posesión del dinero necesario. La obtención de ese dinero, para una parte muy importante de la población, se logra por la inserción en el proceso del sistema capitalista, el trabajo asalariado. Sin embargo, a partir de 1980, como consecuencia de la Revolución Informática, comenzó a percibirse una pérdida de puestos de trabajo, por la sustitución de la mano de obra por tecnología. Se agrega a ello que el panorama, a partir de esa etapa, desnuda una tendencia perversa a la aceleración de la concentración de riqueza en pocas manos.
Al mismo tiempo, y como contracara, arroja a una miseria aterradora a sectores cada vez mayores de la población del planeta. Los índices de pobreza, de las tres cuartas partes de la población del mundo, contrapuestos al exhibicionismo de un gasto ostentoso e intolerable, nos hablan de la perversión mencionada. Es esta incapacidad, de distribuir con equidad, la que está demandando correcciones urgentes y profundas. El argumento del fracaso del “socialismo real” no puede dejarnos, como única alternativa, ante este “capitalismo salvaje”, según queda demostrado por los informes del PNUD. Ello equivale a la condena a muerte por inanición de generaciones enteras de hombres y mujeres de todos los continentes, incluidos los sectores marginados del primer mundo, que muestran ya el avance del hambre hasta sus propias puertas; agravado por la enorme cantidad de secuelas en las futuras generaciones. Todo ello se vio agravado por la crisis financiera.
El nivel de pobreza que muestran los informes del Banco Mundial, para la década de los noventa, estaba definido por una línea de 11.611 dólares anuales para una familia de cuatro miembros en los Estados Unidos, equivalen a casi 968 dólares mensuales. Es realmente sorprendente señalar que por debajo de esa línea había en ese país casi treinta y tres millones de personas, el 13,5% de la población total, de las cuales, a su vez, el 33% es población negra y el 28% hispánica. Debe agregarse a esto la imposibilidad de acceder a los sistemas de salud y educación. El comienzo del siglo XXI muestra un empeoramiento de este cuadro social. Este es el resultado que exhibe este modo de plantear la economía globalizada desde el centro de mayor producción de riquezas. Si comparamos con el promedio que oscila entre 50 y 100 dólares mensuales que reciben vastos sectores de la población del resto del mundo es imposible no asumir la dimensión del desastre que nos coloca al borde del escándalo.
Debemos reparar en un dato que va cobrando mayor importancia por las repercusiones políticas que tiene: el empobrecimiento de las clases medias que se va convirtiendo, en el mediano plazo, en un factor de inestabilidad social en los países centrales. Este sector social no puede evitar que se mantenga en su memoria un estándar de vida ya perdido. Durante los años que van de los cincuenta a los setenta la población de esos países vivió en una bonanza económica y en una distribución aceptable de los ingresos (Estado de Bienestar). A partir de allí las desigualdades comenzaron a acentuarse y a profundizarse. Un informe de la Reserva Federal nos dice que la riqueza del 1% de las familias más ricas de los Estados Unidos (834.000) es igual a la riqueza que se reparte el 90% del estrato inferior (84 millones de familias).
Llegados los años noventa las brechas ya mostraban situaciones extremas. El 1% de la población de los países desarrollados recibió el 90% del total de los incrementos de ingresos de los últimos veinte años. La remuneración de un director ejecutivo, de cualquiera de las empresas multinacionales líderes del mundo, pasó de ser de 35 veces mayor que el ingreso de un trabajador medio a 150 veces ese ingreso. Por otra parte, ese deterioro de los ingresos de una familia promedio se refleja en que la capacidad de compra está cayendo en forma alarmante. En Estados Unidos el ingreso del 32% de la franja de edad que va entre los veinticinco y treinta y cinco años está por debajo de las posibilidades de mantener una familia. Y comparando los ingresos de la década del sesenta, los años dorados, con los de la década inicial de este siglo, nos encontramos con que hoy hacen falta más de cuatro sueldos para lograr el nivel de vida que se conseguía con uno solo.
Este reparto inequitativo también se acentuó entre países. Se profundizaron las diferencias salariales entre trabajadores de una misma rama de la producción, que ocupan puestos similares. Esto también explica el fenómeno de las grandes masas de migraciones desde las zonas más pobres hacia los grandes centros. Las cifras muestran un movimiento migratorio que se desplaza de la periferia hacia el centro, hacia los países desarrollados. La migración comenzó, hace ya tiempo, a convertirse en un problema grave por los conflictos que crea y las desigualdades sociales que pone al descubierto. Por otra parte los Estados centrales se encuentran con las dificultades de tener que atender a sectores sociales de inmigrantes pobres, cada vez mayores, que generan la mayor parte de la demanda de salud, educación y protección social. En esta etapa caracterizada por el retiro del Estado de esas funciones la demanda se torna crítica y conflictiva. El rebrote del racismo en Europa y los EEUU responde, evidentemente, a estas mismas causas. Toda la legislación que intenta impedir el ingreso de inmigrantes torna a Europa y a EEUU en países con políticas migratorias cercanas al fascismo. Para comprender la magnitud del problema podemos leer a un prestigioso economista norteamericano, Lester Thurow, quien hace una década anticipaba el cuadro social actual:
Si bien existe una gran incertidumbre acerca del futuro crecimiento demográfico del mundo, hay una total seguridad acerca de los desplazamientos masivos de población que ahora están teniendo lugar desde el Tercer Mundo hacia las naciones del mundo desarrollado. En los años ochenta, ingresaron legalmente a los Estados unidos 7.900.000 personas y otras 7.300.000 en el resto del primer Mundo. En 1992 se calcularon 3.400.000 extranjeros ilegales… viviendo en los Estados Unidos. En la década presente la inmigración se aceleró y, hacia 1995, el 9% de todos los norteamericanos había nacido en el extranjero… Dentro del Tercer Mundo, millones de personas se están desplazando de países algo más pobres a naciones algo más ricas. (1)
Leamos ahora cómo percibe el fenómeno y señala sus causas. Dice en la página siguiente:
Pero lo más importante es que por primera vez en la historia de la humanidad los medios electrónicos han creado un mundo donde, incluso aquellos que viven en aldeas más primitivas, ven regularmente en la televisión los niveles de vida de los que habitan en las regiones más ricas del globo. El estilo y los niveles de vida de las familias reflejadas en la televisión están muy por encima de los de la familia norteamericana promedio, pero la gente que las observa en la televisión cree que lo que ve existe para el término medio de los norteamericanos.
Lo que viene a señalar es una consecuencia no buscada de la publicidad mundial que los EEUU exportan del estilo de vida americano, que realizan todos los medios de comunicación del país del norte. La lucha de pobres contra ricos se ha desplazado sorprendentemente a una lucha entre pobres, por la obtención de las sobras del gran banquete social, del cual muy pocos participan. Volvamos a Thurow:
Nadie puede saber exactamente qué sucederá en nuestra sociedad si la desigualdad continúa en aumento y una gran mayoría de nuestras familias experimentan una caída de los salarios reales. Pero justo es suponer que si el capitalismo no ofrece salarios reales crecientes para una mayoría de sus participantes, en un período en que la economía se está expandiendo, no mantendrá durante largo tiempo la adhesión de la mayor parte de la población. Del mismo modo, si el proceso político democrático no puede remediar lo que está generando esta realidad capitalista, con el tiempo también se habrá desacreditado. Un gran grupo de votantes con una hostilidad cambiante, que no obtiene beneficio del sistema económico y no cree que el gobierno se preocupe, no es una receta para el éxito político ni económico. (2)
He insistido en las citas de este autor por la relevancia de su posición social y política y por la claridad de sus conceptos. Para el lector sorprendido con estas palabras conviene decir quién es este intelectual. Fue Decano hasta hace muy poco del muy prestigioso Instituto Tecnológico de Massachussets.
Notas:
(1) Thurow, Lester, El futuro del capitalismo, Javier Vergara Editor, 1996, pág. 106.
(2) Thurow, Lester, El futuro… , op. cit., pág. 284.

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