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El capitalismo sigue su camino

21 octubre, 2009 - Crisi sistémica

James NeilsonRío Negro Online
Parecería que la gran crisis económica ya es historia. Por lo menos, esto es lo que piensa el mercado, aquella especie de supercomputadora que está conformada por miles de millones de personas que compran, venden y, a veces, ahorran, cuyos caprichos pueden hundir a países enteros y llevar a otros a la cima. Anteayer no más, el índice rey de Wall Street rompió nuevamente “la barrera” de los diez mil puntos, colocándose donde había estado justo cuando el pánico se apoderaba de gurúes, banqueros y, desde luego, políticos que temían que el mundo cayera en una depresión tan profunda como la de los años treinta del siglo pasado. Entre los más felices por lo que está sucediendo están los muchachos de empresas financieras como Goldman Sachs, que acaban de conseguir un aumento salarial del 46%, pero distarán de ser los únicos. A poco más de un año de la debacle, los “amos del universo” están de regreso.
Para los convencidos de que el 15 de septiembre de 2007, el día en que la implosión de Lehman Brothers provocó un agujero gigantesco en el sistema financiero planetario, marcó la muerte de un modelo de capitalismo globalizado, la recuperación rápida de muchos bancos y entidades afines es una sorpresa poco grata. Aunque en vista de la alternativa no pueden sino festejar la proliferación de lo que llaman brotes verdes, no les gusta para nada que financistas avezados hayan vuelto a otorgarse premios envidiables. El malestar que sienten es lógico. Hace un año, mandatarios como Nicolas Sarkozy, Angela Merkel y Cristina de Kirchner coincidían en que el infarto financiero mundial se debía a la irresponsabilidad de banqueros y que por lo tanto era necesario obligarlos a respetar reglamentos draconianos. Aunque por un rato los financistas procuraron mantener un perfil bajo, los más osados ya entienden que sólo se trataba de palabras vacías.
En los meses que siguieron al estallido de la crisis, cuando muchos bancos colosales tambaleaban al borde del abismo, era frecuente oír decir que el capitalismo globalizado no tardaría en yacer en el mismo cementerio que el comunismo, que, para citar a Joseph Stiglitz, se había derrumbado el equivalente liberal del Muro de Berlín y que en el próximo futuro todo sería radicalmente distinto. ¿De verdad? Aunque nadie cree que todo siga igual, es evidente que eran prematuros los obituarios que se pronunciaban sobre la supuesta tumba del “capitalismo salvaje”. Mal que les pese a los deseosos de ver muerta a la bestia, de por sí las convulsiones financieras, aun cuando sean tan sísmicas como la de fines del año pasado, no podrán matarla. Por el contrario, en cuanto los gobiernos se den cuenta de que a sus países les sería suicida perder de vista la necesidad de ser cada vez más competitivos, propenderán a adoptar medidas todavía más “neoliberales” que antes.
Desgraciadamente para quienes quisieran despedirse de una vez de la incertidumbre que es inherente a una modalidad económica que es proteica por antonomasia porque se reinventa nuevamente cada día, el Estado, por hábiles que sean los encargados de manejarlo y por bienintencionado que sea el gobierno que les da órdenes, no puede eliminar riesgos sin sacrificar dinamismo. Por lo tanto, es de prever que, no obstante su retórica solidaria, los gobiernos de las potencias principales terminen esforzándose por liberalizar más sus respectivas economías por miedo a perder terreno ante rivales menos cautelosos.
Pues bien: ¿se ha quedado atrás lo peor de la crisis o se trata meramente de una pausa engañosa después de la cual volverá con aún más furia que antes? Los optimistas supondrían que, por deberse la crisis al colapso de confianza que siguió al traspié de Lehman Brothers, la voluntad de los gobiernos más adinerados, o más capaces de endeudarse, de inyectar cantidades fenomenales de dinero en el sistema financiero ha sido suficiente como para restaurar la normalidad. Por su parte, los pesimistas pueden señalar que los desequilibrios estructurales que según muchos economistas estaban en la raíz de lo que ocurrió no se han corregido. Antes bien, se han agravado. Así las cosas, hay que prepararse para una etapa sumamente tumultuosa que podría prolongarse por varias décadas, tal vez para siempre.
En opinión de la mayoría de los economistas, el embrollo financiero fue la consecuencia inevitable de un período largo de tasas de interés demasiado bajas, déficits colosales y, sobre todo, el consumismo frenético de los norteamericanos que, merced a créditos blandos, pudieron gastar muy por encima de sus ingresos. Es por lo tanto desconcertante que la reacción frente a la crisis de los gobiernos de Estados Unidos y otros países ricos haya consistido en tasas de interés tan bajas que se acercan a cero, en permitir déficits todavía mayores que los que presuntamente sirvieron para inflar la burbuja y, por supuesto, en hacer cuanto puedan por estimular el consumismo. De estar en lo cierto los economistas que un tanto tardíamente están culpando a quien fuera el jefe de la Reserva Federal, Alan Greenspan, por crear condiciones propicias para una crisis sistémica con su política de dinero barato, los gobiernos occidentales, comenzando con el encabezado por Barack Obama, están preparando una conflagración de magnitud todavía mayor.
Aunque la parte de la economía conformada por el sector financiero ya quisiera salir del nosocomio en que fue internada después de sufrir un paro cardíaco, a las demás partes les aguarda una serie de operaciones dolorosas. Como siempre ocurre en tiempos difíciles, las empresas manufactureras seguirán despidiendo a empleados que a su juicio son innecesarios; es la forma más sencilla de hacerse más eficaces. Asimismo, en muchos países se ha difundido con rapidez la convicción de que una proporción significante de los empleados públicos no aporta nada salvo trámites burocráticos inútiles y que de todos modos sería injusto continuar protegiéndolos contra el viento frío que está destruyendo puestos de trabajo en el sector privado. ¿Volverán todos los empleos que se han eliminado? Es poco probable, pero a menos que se restaure pronto la “normalidad” de hace trece meses, millones tendrán que resignarse ya a la desocupación permanente, ya a cumplir tareas mal remuneradas que supondrán indignas puesto que se habían preparado para una vida laboral muy diferente de la que les espera. Los más golpeados serán los jóvenes, cuyos diplomas universitarios valdrán muy poco en el duro mercado que está configurándose pero que, por razones demográficas, tendrán menos poder en sociedades electoralmente dominadas por sus mayores.

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