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El espejo de Irlanda

11 març, 2010 - Crisi sistémica

Paul Krugman El Diario de El Paso
Todo mundo tiene una teoría sobre la crisis financiera. Las hay desde las absurdas hasta las plausibles. Desde aseveraciones en relación con que los demócratas liberales de alguna manera obligaron a los bancos a hacer préstamos a los pobres (a pesar de que los republicanos controlaban el Congreso), hasta la creencia de que los instrumentos financieros exóticos fomentaron la confusión y el fraude. Pero ¿qué sabemos realmente?
En cierta medida, la enorme escala de la crisis –la manera en que afectó a buena parte, si no es que a todo el mundo– es útil, aunque sea únicamente para fines de investigación. Podemos ver el ejemplo de países que evitaron lo peor, como Canadá, y preguntarnos qué fue lo que hicieron bien –como la limitación del apalancamiento, la protección a consumidores y, por encima de todo, evitar el tipo de ideología que niega cualquier necesidad de regulación. También podemos considerar países cuyas instituciones y políticas financieras parecían muy distintas a las de Estados Unidos pero terminaron de igual manera, e intentar encontrar causas comunes.
Hablemos pues sobre Irlanda
Como señala un nuevo ensayo de investigación a cargo de los economistas irlandeses Gregory Connor, Thomas Flavin y Brian O’Kelley, “casi todos los factores causales aparentes de la crisis de Estados Unidos no se encuentran en el caso de Irlanda”, y viceversa. Sin embargo la forma de la crisis irlandesa fue muy similar: una enorme burbuja de bienes raíces –los precios aumentaron más en Dublín que en Los Ángeles o Miami– seguida por una fuerte crisis bancaria que sólo pudo ser contenida mediante un costoso rescate.
Irlanda no contó con ninguno de los villanos favoritos de la derecha de Norteamérica: no hubo una Ley de Reinversión en la Comunidad, ni un Fannie Mae o un Freddie Mac. Quizá lo más sorprendente fue la poca importancia que se dio a las finanzas exóticas: la crisis de Irlanda no fue una historia de obligaciones de deuda garantizadas e intercambios de deuda; se trató de un clásico caso de exceso, en el que los bancos hicieron considerables préstamos a prestatarios dudosos, y los contribuyentes terminaron pagando los platos rotos.
¿Qué tenemos entonces en común? Los autores del nuevo estudio sugieren que “cuatro factores casuales pero ‘profundos’.
En primer lugar, la exhuberancia irracional: en ambos países, compradores y prestamistas se convencieron a sí mismos de que los precios de los bienes raíces, aunque se encontraban por las nubes de acuerdo con estándares históricos, seguirían a la alza.
En segundo, hubo una gran entrada de dinero barato. En el caso de Estados Unidos, gran parte de tal dinero procedió de China; en el caso de Irlanda, surgió ante todo del resto de Europa, donde Alemania se convirtió en un gigante exportador de capital.
Tercero, los protagonistas del sector recibieron un incentivo para asumir grandes riesgos, porque si todo salía bien ellos ganaban, y de lo contrario alguien más perdería. En Irlanda este peligro moral fue en su mayor parte personal: “Estos directivos terminaron con sus grandes fortunas intactas”. En Estados Unidos también hubo mucho de esto: como han señalado Lucian Bebchuk de Harvard y otros, los principales ejecutivos de las compañías financieras estadounidenses en crisis recibieron billones de dólares en pagos “relativos a su desempeño” antes de que sus empresas se fueran a pique.
Pero la semejanza más impactante entre Irlanda y Norteamérica fue la “imprudencia en las regulaciones”: las personas encargadas de mantener la seguridad en los bancos no hicieron su trabajo. En Irlanda, los reguladores hicieron como que nada pasaba debido en parte a que el país intentaba atraer a empresas extranjeras y también al favoritismo: banqueros y promotores inmobiliarios tenían fuertes vínculos con el partido en el poder.
En Estados Unidos no faltó lo anterior, pero el mayor problema fue la ideología. De hecho, los autores del ensayo irlandés no lo comprendieron bien, haciendo hincapié en la manera en que políticos estadounidenses celebraron el ideal de la propiedad de hogares; sí, hicieron algunos discursos en ese sentido, pero no tuvieron un efecto considerable en los incentivos de los prestamistas.
Lo que realmente importaba era el fundamentalismo del mercado libre. Eso fue lo que condujo a Ronald Reagan a declarar que la desregulación resolvería los problemas de las instituciones económicas –y el verdadero resultado fueron enormes pérdidas, seguidas por un gigantesco rescate a cargo de los contribuyentes– y a Alan Greenspan a insistir en que la proliferación de derivativos había fortalecido el sistema financiero. Fue en su mayor parte gracias a esta ideología que los reguladores ignoraron los riesgos en aumento.
¿Qué podemos entonces aprender de la manera en que Irlanda sufrió una crisis semejante a la de Estados Unidos contando con instituciones tan distintas? Principalmente, que debemos enfocarnos tanto en los reguladores como en las regulaciones. Por cualquier medio, limitemos el apalancamiento y el empleo de la bursatilización, que fue parte de lo que Canadá hizo bien. No obstante, de nada servirán tales medidas a menos de que sean aplicadas por personas que consideran que su deber es decir ‘no’ a poderosos banqueros.
Es por eso que necesitamos una agencia independiente que proteja a los consumidores financieros –lo cual Canadá también hizo bien– en lugar de dejar el trabajo a dependencias que tienen otras prioridades. Y más allá de eso, necesitamos un enorme cambio de actitud, reconocer que permitir que los banqueros hagan su voluntad equivale a un desastre. Si lo anterior no ocurre, nada habremos aprendido de la historia reciente, y estaremos condenados a repetirla.

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