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El final de la reforma financiera

6 març, 2010 - EE.UU.

Paul KrugmanEl Diario de Juárez
Así está la situación. Acabamos de pasar por la segunda peor crisis financiera en la historia del mundo y apenas hemos empezado a recuperarnos: 29 millones de estadounidenses no pueden encontrar empleo o no pueden encontrar uno de tiempo completo. Y todas las oportunidades para realizar una reforma bancaria seria se han perdido.
Ahora, la pregunta parece ser si tendremos un proyecto de ley blando o ninguno.
Odio decir esto, pero la segunda opción parece ser la mejor.
El problema, que no es sorprendente, reside en el Senado y principalmente aunque no totalmente, en los republicanos.
La Cámara ya aprobó un proyecto de ley lo suficientemente sólida, más o menos acorde a la propuesta del gobierno de Obama, y el Senado podría hacer probablemente lo mismo si opera bajo el principio de la regla de la mayoría.
Sin embargo, no es así, y cuando uno combina la casi universal oposición republicana hacia una reforma seria con el titubeo de algunos demócratas, el resultado luce deprimente.
¿Cómo es que llegamos a este punto? ¿Deberían los defensores de la reforma aceptar los compromisos que pudieran producir algún tipo de proyecto de ley?
Muchos opositores a la versión de la Cámara en cuanto a la reforma bancaria presentaron su postura como si fuera un principio.
Los republicanos de la Cámara, que están ofreciendo su propuesta alternativa, afirmaron que ellos podrían terminar con los excesos de los banqueros al introducir una “disciplina de mercado”, básicamente, prometiéndoles no rescatar los bancos en el futuro.
Sin embargo, eso es una fantasía. Por una razón, cuando las cosas empeoran, los gobiernos siempre terminan rescatando a las instituciones financieras clave durante una crisis.
Y de manera más general, el depender de la magia del mercado para mantener a los bancos a salvo siempre ha sido el camino hacia el desastre.
Hasta Adam Smith lo sabía: él puede haber sido el padre de la economía del libre mercado pero argumentó que la regulación bancaria era tan necesaria como los códigos de fuego en los edificios urbanos, y solicitó una prohibición del riesgo alto, los préstamos con altos intereses y la versión de las sub-prime del siglo 18.
Y la lección ha sido confirmada una y otra vez, desde el Pánico de 1873 hasta Islandia en la actualidad.
Sospecho que hasta los republicanos, en el fondo de su corazón, entienden la necesidad de tener una reforma verdadera.
Sin embargo, su estrategia de oponerse a cualquier cosa que proponga el gobierno de Obama, junto con el atractivo de los dólares de la industria financiera –allá por diciembre, los principales líderes republicanos se unieron a los grupos de presión bancaria para coordinar sus campañas en contra de la reforma– han echado abajo todas las demás consideraciones.
Dicho esto, algunos republicanos podrían, probablemente, ser persuadidos para que firmen una versión más debilitada de la reforma, en particular, una que elimine un grupo clave de propuestas del gobierno de Obama, la creación de una agencia sólida e independiente que proteja a los consumidores.
¿Deberían los demócratas de aceptar esa reforma debilitada? Yo digo que no.
Hay momentos en que una reforma altamente imperfecta es mucho mejor que nada; esto es mayormente el caso de la atención médica.
Sin embargo, una reforma financiera es diferente.
Un proyecto de ley imperfecto sobre la atención médica puede ser revisado a la luz de la experiencia, y si los demócratas aprueban el plan actual habrá una constante presión para lograr que se pueda mejorar.
Por el contrario, una reforma financiera débil, no sería puesta a prueba hasta la siguiente gran crisis.
Y todo lo que esto podría crear es una sensación de falsa de seguridad.
Lo mejor, entonces, es tomar una postura y dejar al descubierto a los enemigos de la reforma.
Y por todos los medios, enfaticemos la disputa sobre la propuesta Agencia de Protección Financiera para el Consumidor.
No hay duda de que los consumidores necesitan una mejor protección.
El desaparecido Edward Gramlich –funcionario de la Reserva Federal, quien trató en vano de hacer que Alan Greenspan actuara en contra de los préstamos depredadores– resumió el caso perfectamente allá en el 2007: “¿Por qué son vendidos los productos crediticios más riesgosos a los deudores menos sofisticados?”.
La pregunta se contesta por sí misma, los deudores menos sofisticados son probablemente engañados para que opten por esos productos”.
¿Será importante que esta protección sea proporcionada por una agencia independiente?
Debe serlo, o los del cabildeo no estarían haciendo campaña con tanto ahínco para impedir la creación de esta agencia.
Y no es difícil ver cuál es la razón.
Algunas personas han argumentado que la tarea de proteger a los consumidores puede y debería ser realizada ya sea por la Reserva Federal o –en una posibilidad que parece improbable– por una unidad dentro del Departamento del Tesoro.
Sin embargo, recuerden que no hace mucho tiempo Greenspan era el presidente de la Reserva Federal y John Snow era el secretario del Tesoro. Caso cerrado.
La única manera en que los consumidores podrán estar protegidos por los futuros gobiernos que estén en contra de la regulación –y créanme, dado el poder del cabildeo financiero, habrá tales gobiernos– es si existe una agencia cuya razón de ser sea la de vigilar los abusos de los bancos.
En resumen, entonces, llegó el momento de dibujar una línea en la arena.
Ninguna reforma, acompañada de una campaña para nombrar y avergonzar a la gente responsable será mejor que una reforma de maquillaje que sólo cubra la falta de acción.

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