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El retroceso de Copenhague

7 gener, 2010 - Organismes internacionals

Sami Naïr El País
Mientras que la Conferencia de Kioto, después de la de Río de Janeiro, fue percibida como un avance en la toma de conciencia de la degradación del medio ambiente y de los medios para remediarla, la reunión de Copenhague quedará, en cambio, como testimonio de un retroceso tanto en relación con las decisiones de Kioto como, por supuesto, con las expectativas que habían suscitado los 192 Estados reunidos en esta ocasión. Además, es probable que incluso las obligaciones fijadas en Kioto tampoco sean prorrogadas, ya que vencen en 2012. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué este retroceso? Hay, por supuesto, mil explicaciones, aunque la menos convincente sigue siendo la que ofrecen las potencias petrolíferas, al poner en duda, como lo hace Arabia Saudí, la veracidad de las amenazas que pesan sobre el medio ambiente. Es probable que, tanto estos países petrolíferos como China, India, Brasil, y EE UU, los principales artífices del fracaso de la reunión, también sean conscientes de los peligros que pesan, a medio y largo plazo, sobre el planeta. Y, sin embargo, estas potencias se han unido para atacar las propuestas, por lo demás en absoluto maximalistas, presentadas por los europeos. No insistiremos aquí en la marginación de Europa a la hora de tomar decisiones, prueba de que no es considerada, a pesar de sus propuestas acertadas, como un actor político independiente. La principal lección que hay que sacar de Copenhague es evidente: si todos estaban de acuerdo en actuar, esta actuación no podía hacerse en detrimento de los intereses de las naciones y de las relaciones de fuerza entre las mismas. Demostración, una vez más, de que el tema del medio ambiente no es sólo cuestión de valores o moral, sino sobre todo de política global. Más concretamente, de política reducida a su única función contemporánea, es decir, el sometimiento a la economía mundial. Han sido los intereses económicos los que han hablado en Copenhague, y lo han hecho de dos maneras muy claras y significativas.
Tenemos, en primer lugar, la alianza entre las potencias emergentes (China, India, Brasil) con vocación comercial imperialista y el imperio americano en declive: unas y otro comparten las mismas angustias. No quieren ver limitado su crecimiento, que condiciona su preeminencia en la globalización mercantil. Comprometerse con mecanismos de reducción de la actividad industrial causante del efecto invernadero viene a ser lo mismo en realidad que introducir normas mundiales de regulación de la producción de mercancías. Ahora bien, es precisamente lo que quieren evitar cada una por su cuenta, sobre todo, después de que se haya demostrado que, al contrario de lo que ha hecho creer la cumbre del G-20, la terrible crisis actual del capitalismo financiero no ha sido combatida con una acción internacional común, sino con meras decisiones nacionales más o menos cooperativas. La crisis financiera ha devuelto así al primer plano a las naciones y la dura competición que libran entre ellas. Cada una tenía como objetivo salir de esa conferencia con el menor número de compromisos vinculantes. Y las únicas que han sacado algún provecho de esta reunión son los países más pobres, que han obtenido un óbolo de 30.000 millones de dólares para remediar el desastre ecológico que les amenaza. Pero ha sido la globalización comercial sin reglas la que ha triunfado en Copenhague.
En segundo lugar, está el tema del modelo de desarrollo social. La destrucción ecológica no es el resultado accidental de un sistema económico, por lo demás protector de la naturaleza; es la consecuencia inevitable de una mercantilización planetaria basada en una competición ilimitada y permanente, en el seno de la cual los modelos sociales menos costosos son los que mayores posibilidades tienen de ganar la batalla de las mercancías. No es casualidad que los países cuyo modelo social es más débil (China, India, Brasil, EE UU) sean los que se han opuesto a un acuerdo que podía haberlos situado, si las propuestas europeas hubieran triunfado, en una dinámica de protección del medio ambiente relativamente equiparable a la de los países más evolucionados socialmente. Amarga ironía de la historia: los países ayer del tercer mundo, convertidos en encarnizados partidarios de la globalización mercantil, apoyan hoy al centro imperial, a EE UU, en nombre del derecho al desarrollo y en detrimento de los intereses de la humanidad.
Traducción de M. Sampons.

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