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Elecciones 2011: la parada de los monstruos

13 maig, 2011 - Estatal

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid
La degradación de la vida política española tiene su correlato en una campaña electoral que recuerda cada vez más el desfile de monstruos retratado por el cineasta Browning. Si antaño se consideraba monstruosa alguna dimensión corporal exagerada por un desvío de la naturaleza, la exageración del tamaño de las administraciones autonómicas han dado lugar a una clase política hipertrofiada. Y monstruosa, sobre todo, en razón de la inmoralidad y el cinismo del que hacen gala ciertos candidatos a presidir Comunidades Autónomas, que a fuerza de desmesura deberían figurar en el elenco de Freaks.
Ayer mismo, Esperanza Aguirre, candidata a repetir como presidenta de la Comunidad de Madrid, anunciaba a bombo y platillo una medida estrella de su programa electoral: “Quien no pueda pagar la hipoteca de su casa entrega las llaves al banco, y saldará la deuda”. Es decir, lo que se conoce como hipotecas a la americana.
Es innegable que la dación en pago como forma de cancelar una deuda hipotecaria sería una medida de justicia para evitar la horrorosa extorsión legal que los bancos ejercen sobre las personas que, atrapadas en la crisis económica provocada por las propias entidades financieras, no pueden hacer frente al pago de la hipoteca. Pero el caso es que tanto la Ley Hipotecaria como su Reglamento son de competencia estatal. Una Comunidad Autónoma no puede reformar nada al respecto.
Al día siguiente de anunciar la medida a bombo y platillo, Aguirre admitió no tener competencias sobre las hipotecas. O sea que, si la condesa de Murillo, desconocía este dato es que es una pésima administradora de la cosa pública. Y si lo conocía, es que es una solemne impostora. Tanto o más que su correligionario Francisco Camps, que se presenta igualmente a la reelección como presidente de la Comunidad Valenciana, pese a estar imputado en un caso tan correoso como el de la Gürtel.
Según la investigación asumida por la Fiscalía Anticorrupción, la red dirigida por Francisco Correa y Álvaro Pérez, El Bigotes, hizo regalos a las cúpulas del PP y el Gobierno regional (lo que supone un delito de cohecho pasivo) al tiempo que saqueaba las arcas públicas valencianas con la connivencia de altos cargos de la Administración autonómica. Y que, al mismo tiempo, la trama corrupta colaboró electoralmente con el Ejecutivo popular al servir de vehículo a las aportaciones ilegales que ocho constructoras hicieron a las dos últimas campañas electorales.
Nada de esto parece importarle al líder máximo del Partido Popular, Mariano Rajoy. Preguntado sobre si cree que se ajusta a los usos de una democracia someter a los ciudadanos al dilema de tener que votar una lista plagada de imputados por corrupción, como en Valencia, Rajoy respondió: “En Valencia no sé qué personas están imputadas en este momento. Ni siquiera sé si está imputado Camps por el famoso caso de los trajes…”
Paco Camps es inseparable de Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia y candidata del PP a la reelección. Barberá ha presentado sus propuestas en política social, en las que recordó que garantizará las pensiones. Otra que se pasa de lista, o de cínica, pues las pensiones no son competencia municipal, sino del Estado. Por derecho propio, tanto Aguirre como Camps y Barberá se han ganado a pulso el mérito de figurar en un próximo remake de la película Freaks, de Tod Browning.
Personajes pintorescos los ha habido siempre en política. Por ejemplo, José de Acuña, promotor y único militante de Mesocracia Universal, partido político por el que se presentó a las elecciones generales de 1936 en Jaén. Si bien, comparado con Aguirre o Camps, Acuña era un ciudadano ejemplar. Al que, mientras no se demuestre lo contrario, le cabe el honor de haber sido el primer político español defensor de un ingreso universal. Aunque sus términos no coincidieran exactamente con la actual propuesta de una Renta Básica de Ciudadanía.
José de Acuña era un rico propietario que se aburría en el campo y necesitaba una coartada sólida para instalarse en Madrid y divertirse lejos de los predios de labranza. En un breve relato biográfico, dice de él Rafael Torres (1) que: “Rico por herencia, no lo era, en cambio, de esa manera rapaz, desalmada, insultante y pistoleril de los hacendados españoles de su época, y pasaba el tiempo leyendo novelas exóticas de Pierre Benoit e inventando tractores con patas articuladas”. No nos consta que este caballero hubiera leído a Thomas Paine o a Fourier, pero el caso es que, ya fuera por haber oído campanas sobre el particular o bien de caletre propio, este conspicuo y fabulador político propuso, en los años treinta del siglo XX, una renta básica “en especie” suministrada por el Estado. Esta canasta de productos elementales venía a ser el corolario de su pintoresca teoría de la Mesocracia Universal, que Acuña resumía así:
«El vocablo mesocracia figura en el diccionario de la lengua castellana y significa dominio de la clase media. De la clase media económica, entendámonos. Al utilizarlo, le he querido dar una nueva acepción; no me refiero a la clase media económica, sino a la clase media intelectual, pues para mí las sociedades civilizadas no pueden dividirse ni se dividirán en el porvenir en más clases que las siguientes:
1. Anormales positivos o aristócratas de la inteligencia, que son aquéllos que se distinguen de sus semejantes por una cualidad especialmente positiva. Son anormales positivos o aristócratas los genios de la Ciencia y del Arte, profesores ilustres, músicos, escritores e incluso toreros, cuando son muy buenos. Esta categoría social constituye una minoría reducidísima. Son indispensables a la Humanidad, puesto que sin ellos no podría progresar en ningún sentido, ni tampoco recrearse en lo superfluo, objetivo esencial de nuestra existencia. Y son peligrosos, si se les deja en completa libertad, por su egolatría.
2. Normales relativos o mesocracia. Son los relativamente equilibrados. Constituyen la mayoría del género humano, más del ochenta por ciento. Son las hormigas que trabajan, piensan, sufren por vivir lo mejor posible. Y sólo aspiran a esto: conseguir vivir bien gobernados.
3. Anormales negativos o eskatocracia, que son aquéllos que no tienen ninguna cualidad positiva, y todas negativas, y que constituyen lo que puede llamarse residuos o desperdicios de la sociedad.
«Pues bien, como teoría política, la mesocracia significa que los únicos que tienen el derecho y el deber de gobernar son los componentes de la mesocracia, pero no directamente, sino por medio de la aristocracia, teniéndola a su servicio, exigiéndole constantemente que cumpla con su deber. El día que los ministros se recluten como las cocineras, y se despidan con la misma facilidad cuando cometen algún desaguisado, será el día en que la Humanidad empezará a redimirse de las terribles angustias que le abruman ahora».
Con teorías de esta índole, Acuña se había ganado a pulso la antipatía de los círculos políticos de la época, en los que era objeto de despiadadas burlas. Nadie hubiera apostado un céntimo por su candidatura, y menos cuando el mesocrático ingeniero optó por utilizar un jeroglífico como reclamo de propaganda electoral. Pero Acuña, que podía ser todo lo fantasioso que se quiera pero no tenía un pelo de tonto, se venía gastando desde 1931 un buen dinero en pasquines, carteles y folletos. De forma que, cuando se convocaron los comicios de febrero de 1936, cualquier habitante de la provincia de Jaén sabía de sobra que el cuchillo, el tenedor y la cuchara flanqueados por las letras M y U del jeroglífico significaba Mesocracia Universal.
Y para la gente del común, la filosofía de Mesocracia Universal se traducía en un principio fácilmente entendible: «El hombre civilizado tiene el perfecto derecho de vivir sin trabajar», sentenciaba Acuña: «A simple vista, resulta sugestivo para los vagos y divertido para todos, si se piensa, como pensamos la mayoría, en la vida plena y completa del hombre moderno. Pero no es eso. El teorema habla de vivir, de subsistir, pero no de gozar. A vivir tenemos derecho todos los hombres por el mero hecho de haber nacido, pero a gozar sólo lo tienen y tendrán los que sepan conquistar los goces con su esfuerzo y con su trabajo personal». Por tanto, sostuvo Acuña que:
El derecho general a existir debería garantizarlo el Estado, proporcionando a todos un mínimo de alimento, vestido y cobijo. Para el goce se necesitaría el plus que habría de fabricar cada cual.
Es decir, mientras trabajar para vivir y luchar por lo necesario es un suplicio porque es forzoso, trabajar para gozar y pelear por lo superfluo es un placer porque es voluntario. Por cierto, las ascéticas prestaciones garantizadas por el Estado Mesocrático bastarían para tumbar el argumento de que nadie trabajaría con un ingreso básico. Pocos lujos cabían dentro de la elemental canasta diseñada por José de Acuña: «El alimento podría ser una papilla nutritiva, pero no apetitosa, puesta gratuitamente a la disposición de todos por medio de surtidores parecidos a los que ahora se usan para el suministro de gasolina a los automóviles, estratégicamente distribuidos por toda la superficie del Planeta. De tal modo que cualquier ser humano, andando por el mundo por sus propios medios, podría proveerse del alimento necesario con la frecuencia conveniente a su bienestar fisiológico. Los vestidos serán sencillos y feos, frescos en verano y de abrigo en el invierno, y no servirán, desde luego, para hacer conquistas, sino que, al contrario, estarán hechos de forma que desee uno quitárselos pronto. Las viviendas, con las habitaciones imprescindibles, serán modestas y reducidas».
Gracias a los 136.000 votos que su candidatura consiguió en la circunscripción jiennense, José de Acuña, promotor y único militante de Mesocracia Universal, obtuvo un escaño de diputado en las Cortes.
(1) Torres, Rafael: El asesino de Sintra y otros europeos olvidados, Calambur, Madrid, 1996.
Carnet de paro.

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