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Euro, la picota de los tratados

17 març, 2010 - Unió Europea

Bernard Cassen – Presidente de Honor de ATTAC Francia
Los actuales planes de “salvataje” financiero de Grecia – de España y Portugal, seguramente mañana y de otros estados pasado mañana – no tienen en modo alguno el objeto de “salvar” a un país. Sólo se trata de evitar a cualquier precio el hundimiento de una construcción monetaria, el euro y en consecuencia de los fundamentos ideológicos de la construcción europea.
La decisión de crear una única moneda europea, principal disposición del tratado de Maastrich de 1992 constituía un desafío a la lógica. Imponía en efecto, una misma política monetaria a economías tan diferentes como, por ejemplo, las de Alemania y Grecia. Esta política, como fuere, podía ser por definición solamente útil a un determinado interés nacional –estructural o coyuntural – e inservible para otros intereses nacionales. En la oportunidad fueron los intereses alemanes y solamente ellos (un euro “fuerte” en reemplazo de un marco”fuerte”) los que impulsaron su definición.
El euro hubiera tenido sentido en una zona económica relativamente homogénea, como en EEUU el dólar, que dispusiera por otra parte de instrumentos de transferencias financieras internas masivas (como sucede en el presupuesto federal usamericano), decididos por una única autoridad política (la presidencia y el Congreso) actuando además en estrecha coordinación con un banco central: la Reserva federal. Sin hablar de un idioma único, el inglés y una cultura de movilidad de la mano de obra.
La Unión europea (UE) no cumple ninguna de esas condiciones. Su presupuesto equivale solamente a alrededor del 1% del producto interior bruto del conjunto de los estados miembros. La movilidad en su seno sólo puede ser muy limitada aunque sólo fuere por motivos idiomáticos.
Las políticas europeas no están dirigidas a resolver las desigualdades de desarrollo económico y social acrecentadas por la entrada de diez nuevos miembros en 2004 y dos más en 2006, sino más bien contrariamente a utilizarlas, para favorecer las deslocalizaciones internas y el dumping social. Si alguna armonización se produce es hacia abajo. Además las capacidades de intervención económica y financiera de los Estados han sido transferidas, a través de tratados sucesivos (como el de Lisboa) no a autoridades democráticas supraestatales sino a lo sustancial del mercado y a otras instancias llamadas “independientes” o lo que es lo mismo a los guardianes de los dogmas ultra liberales: la Comisión y el Banco Central europeo (BCE).
Verdadera picota las reglas de la UE le impiden intervenir. Mientras tanto el BCE ha “salvado” a los bancos que inmediatamente han especulado indirectamente contra el euro, pero sin embargo ¡no puede acordar préstamos a uno de los 16 miembros de la eurozona! Prisionero de una moneda única cuya sobrevaluación sólo beneficia a Alemania, Grecia (y bien pronto será el caso de los demás países en dificultades) puede contar solamente, es un decir, con un vago apoyo “político” de la UE (que frente a lo mercados financieros juega el papel de gendarme de los compromisos asumidos por su gobierno), sobre préstamos que les concedieran otros Estados y sobre…el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Frente a este lamentable balance, lo absurdo de los tratados europeos se pone claramente en evidencia. Los gobiernos de los Veintisiete, a los que se les hizo adoptar en nombre de los principios liberales están actualmente obligados a violarlos, más o menos discretamente, para salvar a la UE ¡contra sí misma! Es dudoso que este gran distanciamiento entre los dogmas y la realidad pueda mantenerse mucho tiempo.
Traducido por Susana Merino
Publicado en Mémoire des luttes

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