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François Houtart: "Hay que hacer de la gente actores, no clientes"

19 maig, 2010 - Unió Europea

Horacio Bilbao Revista Ñ Clarín
En Buenos Aires, el sacerdote e intelectual europeo destacó el dinamismo de los movimientos sociales en América Latina y dijo que la Teología de la Liberación se está renovando.
Justo a François Houtart, un ícono de las causas latinoamericanas, le pidieron esta vez que hable de Europa. De las democracias en Europa. Dijo lo suyo el hombre en la Conferencia Internacional de Derechos Humanos y Democratización que organizó la Universidad Nacional de San Martín en el Hotel Bauen. Y empezó con su Lovaina la Nueva, esa pequeña ciudad belga que sufre los embates de una ola privatista creciente. “Nos cerraron el correo, en mi ciudad ya no hay correo”, dijo. Contó que la multinacional que lo compró, decidió que las 45 mil personas que habitan el pueblo no dan el suficiente rédito para mantener el servicio. La vieja historia de anteponer el valor de cambio al valor de uso, una idea más vieja que los 85 años de Houtart, este sociólogo y sacerdote marxista que acompañó al sandinismo, que dio los primeros seminarios “religiosos” en el Partido Comunista cubano y que ahora le sonríe a Chávez cada vez que el venezolano le pide la bendición. Europa. Claro que Houtart puede hablar de los vaivenes de la Unión Europea. Pero con esa hoja de ruta, hubiera sido un oprobio dejarlo mirando al norte estando él en plena Buenos Aires.
-La última crisis del capitalismo abre brechas y desigualdades sociales como hace mucho no sucedía en Europa. ¿Cuál es el verdadero poder de Bruselas para aquietar las aguas?
–Las políticas de los últimos años han hecho que nuestros estados disminuyan sus intervenciones en el campo social. Eso tiende a aumentar con la crisis. Pero son muchos los factores que golpean fuerte a este modelo de la posguerra, que era un modelo keynesiano de la distribución de la riqueza. El principal, es que las bases de la Unión Europea son económicas. No fue construida sobre un proyecto político o humanístico. Y en este sentido, la crisis la afecta de manera profunda. La UE sigue con sus políticas de privatización de servicios públicos e imponiendo medidas fiscales regresivas. Así, la única jugada fuerte en los últimos tiempos fue para salvar al sistema financiero. Y ahora que los bancos otra vez ganan dinero, todo sigue igual con la diferencia de que hay una gran crisis de desempleo. Pero la UE no tiene medios para enfrentar esto y en algunos casos no quiere hacerlo. Claro que frente a casos como el de Grecia o España, tiene que salir a ayudar, porque quedaría totalmente evidenciada su debilidad.
-Estas contradicciones han ido forjando fenómenos medulares, como el crecimiento de los movimientos de derecha y la crisis de la socialdemocracia, que también se ha movido a la derecha. ¿Hay tiempo y razones para volver sobre aquellas políticas keynesianas o neokeynesianas?
–Hay un discurso neokeynesiano articulado por la socialdemocracia o por la Democracia cristiana en los países en los que este último partido no es totalmente de derecha. Pero esas propuestas chocan con sus políticas. Hay una contradicción enorme entre ese discurso de volver al Estado y, por ejemplo, la ola privatista que continúa por todos lados. Todos estamos sumergidos en esa contradicción.
-¿Es el yugo de la Unión?
–Es muy difícil para un país tomar decisiones por sí solo. Ahora estamos en la Unión y están esas directivas que los gobiernos deben aplicar. Pero hay una excepción, por el momento, y es en relación al déficit fiscal. La regla de Maastricht dicta el 3 por ciento, pero ya tenemos varios países que están en el 6, 7, 8 por ciento, por no nombrar a Grecia que supera el 10 y que prácticamente vivía de los subsidios de la UE. Se dio esa libertad para agrandar el déficit, pero se hizo para salvar a los bancos. Entonces las posibilidades de volver a un estado regulador, son muy escasas. Al margen de que ya hay muchos planteos que piden un cambio de paradigma y no una vuelta al keynesianismo.
-Con la izquierda atomizada y los movimientos sociales casi ausentes, se ha vuelto más improbable que nunca…
–Exactamente. A corto plazo, no hay esperanzas. Pero se puede pensar que si estas contradicciones siguen agudizándose ya no va a poder continuar este modelo. Por el momento, hay una enorme abstención política, de más del 50 por ciento, lo que significa que la derecha tiene todo el espacio, o por lo menos más grande, tanto en el parlamento como en la Comisión Europea. Y existe ese desconcierto de la socialdemocracia, que no va más allá de lo cotidiano. Y la crisis de los movimientos sociales en Europa es grande, no tienen el dinamismo que muestran en América Latina.
-Es con esa Unión Europea con la que el Mercosur avanza en un tratado de libre comercio, ¿qué opinión le merece esa posibilidad? ¿Es muy distinto a lo que nos proponían con el ALCA?
–Los tratados que están en discusión con la UE no son tan diferentes de los TLC. La lógica fundamental es la misma. La liberalización del mercado significa darle más peso a los que más poder económico tienen. El Mercosur tiene más peso que los países individuales, pero la lógica todavía es la misma. En este último tratado hay un equilibrio más cercano, pero con el ALCA no había ninguna posibilidad.
 
-Mercosur, Unasur, Alba… nuestros países no encuentran la vía para aunar posiciones y esto parece más difícil ahora que la región se vuelve más heterogénea. ¿Por qué?
–La única posibilidad de ser un actor en la economía mundial es yendo juntos. Pero todavía el mundo es unipolar, con Estados Unidos, Europa y Japón como principales actores, y con los BRICS (Brasil, India, China y Sudáfrica) creciendo. Y para la unión latinoamericana, que tendría un peso específico en este escenario, todavía falta mucho. El primer problema es la fractura entre los regímenes de derecha y los que son más o menos de izquierda.
-¿Se agranda esa brecha?
–Esa es una fractura que los Estados Unidos y algunos poderes europeos tratan y tratarán de aumentar. Asistimos ya a un principio de reconquista de la derecha en América Latina. Y va a ser muy difícil ponerse de acuerdo en políticas comunes, como por ejemplo el Sucre (la moneda común del Alba). Por otra parte está la diferencia de peso entre los países de la región. Brasil es una potencia que tiende a ser subimperialista, tratando de imponer sus intereses. El capital brasileño compró la industria cervecera de Bélgica y se comporta peor que los capitalistas europeos.
 
-¿Cómo se contrarrestan estos intentos de fractura?
–La región depende mucho de las elecciones locales. Por ejemplo, si en México hubiese ganado el PRD en lugar de Calderón, se abría una posibilidad, al menos para un pequeño cambio. Y por eso también es lamentable lo sucedido con el Polo Democrático en Colombia, minado por las divisiones internas y por las peleas entre sus integrantes para llegar al poder. Si un día Colombia pasara a un régimen de centroizquierda cambiaría toda la coyuntura latinoamericana.
 
-Las fórmulas asistencialistas para redistribuir riqueza, ¿producen un cambio verdadero?
–Desde Bolivia a Brasil, creo yo, hay voluntad de redistribuir esta riqueza, pero chocan contra el problema de cómo hacerlo. Se puede hacer como en Brasil, que lleva una política puramente asistencialista, desvinculada de un cambio estructural, o se puede hacer a la manera en que lo intenta Bolivia, buscando un cambio en las estructuras sociales. Hay que vincular las dos cosas. No solamente se debe buscar asistir, como lo hace Brasil, cuya política está siendo eficaz porque millones de personas están saliendo de la miseria más absoluta, hay que tratar de combinar eso con una participación popular, para hacer de la gente actores y no clientes.
-En foros sociales y encuentros altermundistas, cada vez más jóvenes se vinculan con la política a través del ambientalismo, ¿qué tenor tiene tal compromiso?
–El de los movimientos ambientalistas es un punto de partida. Útil a condición de poder mostrar y entender que todo eso es el fruto de una lógica económica. La destrucción de la naturaleza así como la generación de energía a través de la agricultura no son problemas aislados y no pueden ser resueltos si no se plantea el problema del modelo económico. Puede ser el punto de partida para un proceso de concientización.
-¿Qué queda para el resto, para los jóvenes con preocupaciones tan básicas como las alimentarias?
–No hay milagros, la concientización siempre es el fruto de un análisis de la realidad y de un juicio sobre esta realidad, que servirá de base a la acción. Esos tres procesos son inevitables. No podemos pensar en una acción colectiva fuerte y eficaz si no hay una conciencia de lo real, y sin una reflexión ética de lo real. Hay que implicar todo el aparato educativo, los medios de comunicación de masa, los movimientos sociales, para empezar a provocar este tipo de proceso.
-¿Qué ejemplo daría aquí, en Latinoamérica?
–Sin duda el trabajo de los Sin Tierra en Brasil tiene mucho de esto. Ellos aplican esta metodología de ver, juzgar, actuar, para hacer de la gente actores del cambio social. Los movimientos indigenistas de Bolivia también recorren el mismo camino.
-¿Y qué camino recorren hoy los sacerdotes tercermundistas?
–Ahora son mucho menos que antes, parecen los veteranos, porque el nuevo clero también es bastante conservador. Pero no han desaparecido totalmente. Y hasta me animo a decir que hay una cierta renovación de la teología de la liberación y de las comunidades de base que en Ecuador por ejemplo, han comenzado a trabajar en un centro de formación. En Colombia hay también una reconstrucción del movimiento, y de un compromiso social, político y cristiano en función de la realidad actual. Es muy difícil por que la Iglesia como institución va en el sentido contrario. Tras las visita de los obispos brasileños al Papa, este volvió a condenar de manera muy dura la teología de la liberación. Están cerrados a este tipo de pensamiento, de compromiso y de espiritualidad, pero no han podido matarla. Está resurgiendo en algunos países, aunque sin la fuerza que tuvo en el pasado.
-Algunos movimientos políticos tampoco tienen la fuerza del pasado. Sandinismo y orteguismo, por dar un ejemplo, que usted conoce bien de cerca. ¿Es parte de lo mismo?
–Eso es simplificar demasiado. Hace dos años, antes de las elecciones, yo escribí un artículo en La Jornada. Allí preguntaba: ¿Existe todavía una izquierda en Nicaragua? Y la respuesta era no. Pero el partido que se acerca más a la izquierda es el Frente Sandinista, lo que me valió muchísimas críticas. El sandinismo tiene todavía una base social bastante grande, y la política desarrollada por Ortega en estos dos años ha tenido algunos efectos positivos, como el crédito a los campesinos, la campaña de alfabetización, la gratuidad de salud y educación. Obviamente se puede criticar a los dirigentes, y la crítica a Ortega es muy fuerte. Pero eso es más fuerte dentro de la burguesía sandinista y los intelectuales que dentro de la masa popular. Si nosotros los cristianos, esperamos a que las revoluciones las hagan los ángeles, vamos a esperar hasta el fin del mundo. Así es que somos críticos, pero nos comprometemos con las cosas que avanzan, manteniendo nuestro espíritu dialéctico. La realidad no cambia de manera lineal.
-A diferencia de un pasado revolucionario anticlerical ahora tiene a su lado a líderes cristianos, como Chávez y Correa…
–Sí, claro, cada vez que veo a Chávez el me dice: “Francois, bendición. Necesito tu bendición.” (risas). El tiene una fe un poco popular, pero inquebrantable. Y lo mismo Correa, a quien conozco muy bien porque pasó un año conmigo en mi casa de Lovaina. Incluso en Cuba ha desaparecido ese espíritu antirreligioso, que era más el fruto del influjo soviético. Ya en el 86, el Comité Central del partido me invitó a dar un curso sobre Sociología de la religión durante 15 días a responsables de la ideología del partido. Y el partido publicó mi curso.
-¿Cómo los convenció?
–Tomé una posición, y les dije: “Si ustedes son marxistas, no pueden ser dogmáticos. El marxismo es una herramienta de análisis de la realidad”. Y vimos la realidad, analizamos el factor religioso a través de la historia en varias sociedades y varias religiones para llegar a la conclusión de que sí, de que en muchos casos la religión funcionaba como el opio de los pueblos, pero también vimos que en muchos otros casos había sido una motivación para un compromiso social y también revolucionario.

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