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G 20: ¿vamos o venimos?

23 juny, 2010 - Organismes internacionals

Joaquín EstefaníaEl País
Durante la segunda parte de semana se celebrará en Toronto (Canadá) la cuarta cumbre del G-20 desde que se inició la crisis económica (las anteriores fueron en Washington, Londres y Pittsburgh). Las condiciones son distintas pues desde la última, el mundo, como media, ha pasado de la recesión al estancamiento o a una coyuntura de leve crecimiento, y las principales tensiones se han desplazado al corazón de la vieja Europa, con dificultades en los mercados de deuda soberana y de su sistema financiero.
La de Toronto quizá sea la ocasión definitiva para que los líderes de las principales potencias demuestren a los ciudadanos que el G-20 es esa organización efectiva que puede poner de acuerdo a los países para que combatan los sufrimientos que la crisis está generando en materias como el desempleo, el empobrecimiento y la disminución de la renta disponible de tanta gente. Si de ella se sale de nuevo con formulaciones retóricas, sin medidas concretas de regulación y sin calendarios firmes, la desafección ciudadana no concederá otra oportunidad.
A Toronto se entra con visiones diferentes entre EE UU y Europa acerca de cuál es la prioridad en la política económica y con distintos ritmos en las reformas financieras de ambas partes del océano. Mientras la Unión Europea (UE) ha entrado en una fase de ajuste duro de sus cuentas públicas, volteadas por el esfuerzo hecho para salvar a sus entidades financieras y por poner en marcha medidas de estímulo a la demanda anémica, Obama (que también padece esos desequilibrios) entiende que todavía no es el momento de los sacrificios y que hay que seguir estimulando artificialmente la inversión. En una carta dirigida al G-20, el presidente americano dice exactamente eso: evitemos los errores del pasado, “nuestra mayor prioridad en Toronto tiene que ser la de salvaguardar y fortalecer la recuperación (…) Trabajamos muy duramente para restaurar el crecimiento; no podemos perder vitalidad ahora”.
Obama quizá recuerde lo que le ocurrió al presidente Roosevelt durante la Gran Depresión. Entre los años 1933 y 1935 puso en marcha lo que se ha denominado primer New Deal. Cuando las medidas de estímulo fiscal comenzaban a tener sus primeros efectos, las retiró y volvió coyunturalmente al equilibrio presupuestario y a las subidas de los tipos de interés. El resultado fue que la economía, demasiado frágil aún, se cayó y a partir del mes de agosto de 1937 sufrió otra fortísima recesión, con lo que el presidente demócrata tuvo que aplicar un segundo New Deal, que solo acabó con el esfuerzo bélico de la Segunda Guerra Mundial. Hace escasas fechas, Paul Krugman criticaba el “masoquismo” europeo: la “manía” de Europa de aprobar planes de austeridad conjuntos, cada cual más fuerte que el anterior, cuando la zona todavía está en situación de estancamiento.
A Canadá llegará Obama con una reforma financiera parlamentariamente muy avanzada, mientras que Europa se presenta apenas con el anuncio de aplicar un impuesto sobre los bancos. Tan sólo hace unas semanas que el Banco Central Europeo (BCE) ha comenzado a practicar la compra de deuda soberana de los países que no consiguen colocar sus bonos en los mercados a unos precios razonables, mientras que la Reserva Federal (Fed) o el Banco de Inglaterra lo han hecho en el pasado con toda la profusión que les ha parecido. Y ello, con el escándalo de una Alemania más ortodoxa que los ortodoxos, a la que parece no importarle las consecuencias que su política económica tendrá para el crecimiento mundial y la estabilidad europea. El presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, poco sospechoso de herejía financiera, acaba de hacer unas declaraciones en las que defiende explícitamente la adquisición, a partir del pasado 9 de mayo, de deuda pública de países en dificultades. Trichet recuerda que los Gobiernos alemán y francés tienen una apreciable responsabilidad en la crisis financiera de los Estados, que se inició hace seis años cuando sus países violaron el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, porque así les interesaba a sus coyunturas. Ya era hora que alguien con cargo oficial subrayase la distinta vara de medir.
Atentos pues a Toronto, sus prioridades y la concreción de los acuerdos a que se llegue, so pena de un mayor desapego ciudadano ante las instituciones de la globalización.

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