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Goldman Sachs, una historia de amor y odio

26 octubre, 2009 - Entitats financeres

Holman W. Jenkins Jr.The Wall Street Journal
Para bien o para mal, de vez en cuando una empresa es elegida por el destino para representar “el rostro inaceptable del capitalismo”, un término acuñado por el fallecido primer ministro británico Edward Heath. Para mucha gente, Goldman Sachs es hoy ese rostro.
Los chistes más suaves se refieren a la legendaria firma de inversión como “Gobierno Sachs”, debido a sus conexiones con el ex secretario del Departamento del Tesoro de Estados Unidos Henry Paulson (que en su momento fue presidente ejecutivo de Goldman) y otros ex alumnos, quienes, al desempeñarse como funcionarios en Washington, participaron en el rescate financiero del año pasado. Algo menos amable, un periodista de la revista Rolling Stone comparó a Goldman con un “gran calamar vampiro que envuelve la cara de la humanidad y que dirige sus tentáculos de forma implacable hacia cualquier cosa que huela a dinero”.
De los cinco mayores bancos de inversión que existían hace poco más de un año, sólo sobreviven dos: Goldman y Morgan Stanley. Lehman está muerto; Bear Stearns y Merrill fueron absorbidos por bancos comerciales. Incluso al sobrevivir, el precio en reputación para Goldman fue sin dudas, y oscuramente, mayor que para el otro sobreviviente.
Sentado en su oficina en el piso 30 de la sede central de la empresa en Manhattan, el presidente ejecutivo de Goldman, Lloyd Blankfein, asegura estar más perplejo que lastimado por las críticas. Supongo que su serenidad se debe a que los hechos de los que hablamos -el coqueteo de Goldman con la muerte- parecen haber quedado en el pasado.
Defiende todo lo que considera ejemplar sobre su firma: su disciplina para correr riesgos; que el 90% de sus ingresos y ganancias proviene de servicios a los clientes; que no es sólo un fondo de cobertura gigante; que juega un rol social vital para enlazar a quienes tienen capital y quienes lo necesitan; que sus altos ejecutivos se suelen jubilar jóvenes y dedicarse a la filantropía o el servicio público.
Sí, admite, la presencia de tantos ex ejecutivos de Goldman en puestos altos del gobierno a algunos les da la impresión de que la firma está moviendo conexiones (algo que él desmiente). “Pero”, señala, “apuesto a que cuando las aguas se calmen, volverá a considerarse como algo positivo que la gente deje de lado su búsqueda de riqueza personal y se dedique al servicio público”.
Sin embargo, la pregunta de si él y sus colegas le deben sus fortunas -que se han vuelto a expandir- al rescate gubernamental, no es fácil, ni para él ni para nosotros. También es un interrogante que podría convertirse en menos académico en momentos en que Goldman, en parte gracias al pánico que estremeció los mercados, se prepara para entregar bonificaciones vergonzosamente grandes a sus más altos ejecutivos, a fin de año. Esto podría o no provocar otra ronda de ataques políticos a la firma.
En tanto, el propio salario del jovial Blankfein tras el año burbuja de 2006 -unos US$53 millones- ha regresado para perseguirlo en muchos informes periodísticos. Hijo de un empleado postal, creció en un edificio para personas de bajos recursos, pero supo surgir y estudió en la escuela de derecho de Harvard.
Recuerde esa semana frenética en septiembre de 2008 cuando Lehman quebró, AIG se tambaleó, los fondos de mercado de dinero estuvieron al borde del colapso e incluso grandes corporaciones como General Electric temieron ya no poder financiar sus deudas a corto plazo. Blankfein afirma que agradece las intervenciones del gobierno que estabilizaron la crisis, pero se resiste a llegar al corolario obvio, que se ha vuelto aún más evidente en medio de las recientes revelaciones sobre cuán vigorosos fueron los esfuerzos de Washington para mantener vivos a Goldman y Morgan Stanley.
El corolario: por ahora, Washington considera que Goldman es “demasiado grande para quebrar”, y puso una garantía efectiva con dinero de los contribuyentes tras la firma, bonificaciones opulentas incluidas.
Si el sistema financiero hubiera colapsado, Blankfein admite sin dudarlo, “nos hubiéramos desbarrancado con el resto. Sería ridículo decir lo contrario. Como miembros del sistema, todos corríamos peligro… Si usted hubiera sabido lo que yo sabía, habría estado tan asustado como yo”. Pero insiste que Goldman no estaba en un riesgo particular.
Dicho eso, lo que más lamenta hoy es que Goldman no pudo mantenerse a una mayor distancia de los esfuerzos de rescate del gobierno. Entonces no se le ocurrió, indica, que hubiera podido mantenerse al margen del famoso plan de Paulson, por el cual el ex secretario del Tesoro obligó a los nueve mayores bancos del país a aceptar infusiones de capital gubernamental. Blankfein hace hincapié en que su firma no necesitaba el dinero y que luego lo devolvió.
Lo que llama la atención hoy es la importancia acumulativa de esos esfuerzos. Al intentar salvar al sistema, el gobierno buscaba salvar a Goldman; al intentar salvar a Goldman, buscaba salvar al sistema. Goldman = sistema, es un buen resumen.
Blankfein prefiere enfatizar el rol de las iniciativas de auto-ayuda de Goldman, como acelerar las gestiones para que la firma actuara como un holding bancario y pasara de la órbita de regulación de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) a la de la Reserva Federal.
Dos días después de lograrlo, Blankfein captó US$5.000 millones de Warren Buffet, seguido de una venta de US$5.000 millones en acciones de Goldman en el mercado bursátil. El impacto en la confianza de los clientes e inversionistas, agrega Blankfein, fue “enorme” e instantáneo.
Luego está el tema de AIG, fuente de recriminaciones incluso entre los hermanos de Goldman en Wall Street. Si AIG, un jugador enorme en toda clase de mercados, hubiera quebrado, el impacto en la economía hubiera sido incalculable. Al día de hoy, se afirma que el rescate de AIG era un rescate encubierto de Goldman.
AIG había emitido gran cantidad de garantías respaldadas por hipotecas de alto riesgo; Goldman había comprado gran cantidad de esas garantías. AIG fue rescatada, aunque eso quiso decir que el dinero de los contribuyentes, en cierto sentido, fue a parar al bolsillo de Goldman para cumplir con las obligaciones de colateral de AIG.
Las teorías de la conspiración siempre surgen cuando ocurren eventos de grandes consecuencias. No cabe duda que Blankfein estaba cuidando su firma y que Paulson y compañía intentaban evitar un colapso económico. Lehman, Bear, AIG, y otras firmas estaban al mando de ejecutivos con fortunas significativas ligadas a sus acciones en las empresas. Y aun así explotaron. Mientras, los acreedores fueron rescatados, es decir los mismos que aportaron el apalancamiento que permitió que los bancos crecieran demasiado para caer, y quizá lo volverían a hacer. Goldman no tiene la culpa de eso. Sólo Washington puede hacer algo al respecto.
Entretanto, ¿qué pasa con las bonificaciones de Goldman? Con franqueza, Blankfein afirma que si tiene que decidir entre satisfacer las iras políticas y mantener contenta a su gente, optará por lo segundo. “La columna vertebral del desempeño, el éxito y la longevidad de Goldman durante este período, además de la suerte, es que nos empeñamos en tener más suerte, debido a nuestra gente. Y tengo la obligación de mantener la firma y la franquicia intactas”.

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