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Hoy la austeridad es una mala opción

14 setembre, 2010 - EE.UU.

Paul KrugmanE País (Montevideo)
Esta es la situación: una crisis financiera dañó la economía estadounidense. Las políticas del Presidente han limitado el daño, pero fueron demasiado cautelosas y el desempleo sigue siendo desastrosamente elevado. Es claro que se necesitan más acciones. No obstante, la población está desilusionada sobre el activismo gubernamental y parece posicionada para propinarles a los demócratas una derrota severa en las elecciones intermedias.
El Presidente en cuestión es Franklin Delano Roosevelt; el año es 1938. En unos cuantos años, claro, había terminado la Gran Depresión. Sin embargo, es tan instructivo como desalentador examinar la situación de Estados Unidos alrededor de 1938: instructivo porque la naturaleza de la recuperación que siguió refuta los argumentos que dominan el debate público actual, desalentador porque es difícil ver que vuelva a suceder alguna cosa parecida al milagro de los 1940.
Bueno, no se suponía que nos encontraríamos repitiendo los últimos años de la década de 1930. Los economistas del presidente Barack Obama prometieron no repetir los errores de 1937, cuando Roosevelt retiró demasiado pronto los estímulos fiscales. Sin embargo, al diseñar demasiado reducido su programa y de muy poca duración, Obama hizo justamente eso: el estímulo aumentó el crecimiento mientras duró, pero sólo hizo una pequeña mella en el desempleo; y ahora ya se está desvaneciendo.
Y justo como temíamos algunos de nosotros, la insuficiencia del plan económico inicial del gobierno lo ha metido -y al país- en una trampa política. Se necesitan urgentemente más estímulos, pero a los ojos de la población el fracaso del programa inicial para producir una recuperación convincente ha desacreditado la acción gubernamental para la creación de empleos.
En resumen, bienvenido 1938.
La historia de 1937, la desastrosa decisión de Roosevelt de hacer caso a quienes dijeron que era momento de recortar el déficit, es bien conocida. Lo que se conoce menos bien es la magnitud en la que la población sacó las conclusiones equivocadas de la recesión que siguió: lejos de hacer un llamado a reanudar los programas del New Deal, los electores perdieron la fe en la expansión fiscal.
Hay que considerar la encuesta de Gallup de marzo de 1938. Al preguntar si se debería incrementar el gasto gubernamental para combatir la depresión, 63% de los encuestados dijo que no. A la pregunta de si habría sido mejor incrementar el gasto o reducir los impuestos a las empresas, sólo 15% respondió a favor del gasto; 63% por los recortes fiscales. Y la elección de 1938 fue un desastre para los demócratas, que perdieron setenta escaños en la Cámara de Representantes y siete en el Senado.
Después vino la guerra.
Desde el punto de vista económico, la Segunda Guerra Mundial fue, sobre todo, un arrebato de gasto gubernamental financiado con déficit, a una escala que en otras circunstancias jamás se habría aprobado. En el transcurso de la guerra, el Gobierno federal pidió prestada una cantidad equivalente a aproximadamente el doble del valor del PIB en 1940; cerca de treinta billones de dólares hoy.
Si alguien hubiese propuesto gastar siquiera una fracción de esa cantidad antes de la guerra, la gente habría dicho las mismas cosas que dice actualmente. Se habría advertido sobre una deuda apabullante e inflación galopante. También habría dicho, correctamente, que en gran medida la causa de la Depresión fue el exceso de deuda; y, luego, habría declarado que era imposible arreglar este problema emitiendo aún más deuda.
Sin embargo, ¿adivinen qué? El gasto deficitario creó un auge económico, y el auge puso los cimientos para la prosperidad a largo plazo. La deuda total en la economía -pública más privada- en realidad cayó como un porcentaje del PIB gracias al crecimiento económico, y, sí, algo de inflación, que redujo el valor real de las deudas pendientes. Y después de la guerra, gracias a una mejor posición financiera del sector privado, la economía pudo prosperar sin que continuaran los déficits.
La moraleja económica es clara: cuando la economía está profundamente deprimida, no se aplican las reglas usuales. La austeridad es contraproducente: cuando todos tratan de liquidar la deuda al mismo tiempo, el resultado es la depresión y la deflación, y los problemas de deuda empeoran aún más. Y a la inversa, es posible – en efecto, necesario – que el país en su conjunto gaste para salir de la deuda: un aumento temporal en el gasto deficitario, a una escala suficiente, puede curar problemas provocados por excesos pasados.
Sin embargo, la historia de 1938 también muestra cuán duro es aplicar estas reflexiones. Incluso bajo el gobierno de Roosevelt, nunca hubo voluntad política para hacer lo que era necesario para terminar con la Gran Depresión; su solución final se produjo esencialmente por accidente.
Esperaba que lo hiciéramos mejor esta vez. Sin embargo, resulta que los políticos y economistas por igual han pasado décadas sin aprender las lecciones de los 1930, y están determinados a repetir todos los viejos errores. Y es algo escalofriante darse cuenta que los grandes ganadores en las elecciones intermedias probablemente serán las mismísimas personas que, para empezar, nos metieron en este lío y después hicieron todo lo que estaba en su poder para bloquear la acción que nos sacara de él.
Hay que recordar siempre que se puede curar esta depresión. Todo lo que se requerirá es un poquito de claridad intelectual y mucha voluntad política. Esperemos encontrar esas virtudes en un futuro no tan distante.
Fuente: The New York Times

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