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Keynesianismo metafísico

7 octubre, 2010 - Opinió

Jorge Parrondo El Sueldo De Diógenes
Los economistas siempre han dado por hecho que el mercado de trabajo debe ajustarse, como cualquier otro mercado, a las leyes de la oferta y la demanda. Por eso lo que tienen que hacer los parados para dejar de serlo es aceptar salarios más bajos o reconvertirse en sectores industriales al alza. Se supone que el mercado se autoregula y sale por sí solo de sus crisis cíclicas y tiende a producir precios que se adaptan a la demanda y eso vale lo mismo para el trigo que para el acero o para la mano de obra. Fue Keynes quien dijo no, colegas, de eso nada. Cuando los salarios caen se reduce la demanda agregada y eso acaba contrayendo la inversión y generando más desempleo. Keynes partió de algo tan evidente como que una economía sin salarios robustos termina por colapsarse. Los hechos, hoy más que nunca, le dan la razón. Países como Grecia o España, donde el trabajo está muy mal remunerado, pasan por crisis más agudas que las de Holanda o Dinamarca, cuyos ciudadanos disfrutan de mejores condiciones salariales.
Keynes convenció a Franklin D. Roosevelt durante la Gran Depresión de incurrir sin miedo en déficit público con objeto de reanimar la economía, teniendo en cuenta que el capitalismo estaba generando por entonces muchísimo desempleo no por la incapacidad de adaptación del trabajador al mercado laboral o porque los salarios fueran excesivamente altos sino por la falta de demanda efectiva de bienes y servicios. Con el sistema colapsado no había inversiones suficientes en economía productiva como para que todo el mundo encontrara trabajo y como el sistema no daba señales de poder salir por sí solo del bucle depresivo en el que se encontraba, vino Keynes a elaborar su influyente defensa de la mano visible del Estado como terapeuta de último recurso ante los manifiestos fallos de la mano invisible de los mercados. El déficit público keynesiano es el déficit benevolente que crea empleo y riqueza, el déficit bienhechor que inyecta dinero en el bolsillo de la gente, el déficit regenerador de crisis financieras, el déficit sanador de patologías capitalistas. A largo plazo, además, el déficit público keynesiano se transforma en superávit porque una vez creadas las condiciones adecuadas de crecimiento, el Estado termina incrementando ingresos y saneando cuentas.
Keynes creó escuela y uno de sus mejores alumnos, Alvin Hansen, elaboró una interesante tesis estancacionista de la Gran Depresión, crisis que definió como de “cerrojazo a la frontera americana”. Lo que quería decir Hansen es que las grandes oportunidades para el capital y el trabajo disponibles hasta entonces se habían agotado y ante la falta permanente de proyectos rentables, la sociedad no podía seguir dependiendo del sector privado para la creación de empleo y riqueza. El cambio de paradigma viene determinado por el cambio de las circunstancias históricas y a partir de la Gran Depresión es necesario, según Hansen, invertir en proyectos de escasa rentabilidad a corto plazo pero de grandes beneficios intangibles y futuros. Eso es algo que solo puede hacer el Estado puesto que las empresas lo que buscan es la máxima ganancia en el menor tiempo. Hansen fue asesor de Roosevelt y Truman, y una vez superada la Gran Depresión lo mismo en Estados Unidos que en Europa los economistas keynesianos y socialdemócratas ocuparon puestos de relieve. Los gobiernos de todo el mundo emprendieron planes de estimulo de empleo acompañados de regulaciones financieras para evitar la especulación, así como una gran variedad de programas de asistencia social que mejoraron la calidad de vida de la gente al tiempo que humanizaron el sistema capitalista. El crecimiento económico vino acompañado de cohesión social, estabilidad financiera, y un mejor equilibrio de fuerzas entre trabajo y capital. Durante varias décadas nadie discutió a Keynes. Por algo en 1971 proclamó Richard Nixon:
Ahora todos somos keynesianos.
Pero en las universidades americanas, especialmente en la de Chicago, se estaba gestando el contraataque monetarista, encabezado por Milton Friedman. A su vez, un grupo de influyentes economistas (Hayek, Mises, Stigler, o el propio Friedman, entre otros) habían montado en 1947 la sociedad Mont Pellerin con objeto de atacar las ideas de Keynes y defender los postulados más radicales del liberalismo económico, convencidos de que el intervencionismo estatal tiende a distorsionar la eficiencia de los mercados. La crisis del petróleo de 1973 sería el detonante para hacer oficial el descrédito del keynesianismo. Las teorías estancacionistas de los keynesianos, que consideraban al sector privado incapaz de crear empleo, dejaron paso a las de los neoliberales, que señalaban al Estado como responsable de la tendencia a la estanflación (desempleo más inflación), preocupante síntoma que empezaba a mostrar el capitalismo en los años setenta. Los grandes empresarios, por su parte, nunca han estado ni estarán contentos con el paradigma keynesiano porque al fin y al cabo los déficits públicos, antes o después, han de ser reembolsados con más impuestos y si algo odian los capitalistas con todas sus ganas son las cargas fiscales. Además, las multinacionales estaban sumamente interesadas en la apertura de una nueva era de privatizaciones y presionaban para conseguir la reducción del peso del sector público en todo el mundo. Por otra parte, un amplio sector del Partido Republicano no aceptaba la proclama keynesiana de Nixon pues hacer tal cosa es una especie de capitulación ideológica, algo así como aceptar la superioridad macroeconómica de los demócratas. Así pues, a pesar de los éxitos del keynesianismo fueron muchos y variados los intereses que dieron alas a la contrarreforma neoliberal.
Durante veinte años, los demócratas gobernaron en los Estados Unidos con planes keynesianos, y cuando finalmente el general Dwight Eisenhower, más gracias a su popularidad como héroe de la II Guerra Mundial que a su talento político, derrotó en las elecciones de 1952 a Adali Stevenson, éste observó que “los new-dealers están siendo sustituidos por los car-dealers”. Stevenson estaba anunciando el principio del fin del keynesianismo aunque Eisenhower, como Nixon más tarde, no se atrevió a desmontar el New Deal ni a descalificarlo en absoluto. El sector más conservador del Partido Republicano así como los círculos empresariales y los economistas de Mont Pellerin y otros poderosos think-tanks presionaron cada vez más para lograr bajadas de impuestos acompañadas de una progresiva reducción de los programas de asistencia social pero tuvieron que esperar, para salirse con la suya, a la crisis del petróleo y a la aparición en la escena política de Ronald Reagan. Apelando a los valores tradicionales de la derecha, Reagan prometió reducir el tamaño del Estado pero una vez en el poder se encargó no exactamente de hacer tal cosa sino de reconvertir las prioridades de ingresos y gastos públicos. Ha pasado a la historia como el estadista que ganó la Guerra Fría pero también será recordado por haber sido el presidente bajo cuyo mandato se produjo el mayor incremento de indigentes en toda la historia los Estados Unidos si exceptuamos a Herbert Hoover, quien tuvo la desgracia de comerse el marrón de los primeros años de la Gran Depresión. El caso es que a partir de Reagan, la prioridad volvió a ser otra vez la maximización de las rentas del capital por encima de la creación de empleos o de la atención a los sectores más desprotegidos de la población. Derrotado el enemigo soviético, el nuevo gran héroe americano ya no se llamaba Franklin D. Roosevelt sino Ronald Reagan, y los economistas “de agua dulce” o antikeynesianos (así llamados por concentrarse en universidades del interior del país) fueron dejando en segundo plano a los “de agua salada”. En Inglaterra, Margaret Thatcher, fiel seguidora de las ideas difundidas por la sociedad Mont Pellerin, puso en marcha por su parte un ambicioso plan de privatizaciones y reducción de impuestos. Keynes ya no estaba de moda. A partir de los ochenta lo que se ha llevado en todas partes es identificar el gasto público destinado a programas sociales con el despilfarro financiero, y los impuestos altos al capital con el castigo a la cultura del progreso.
Ahora a Obama no le dejan cambiar las cosas y aunque su plan de grandes inversiones en obras públicas podría crear miles de puestos de trabajo, el establishment corporatocrático americano le acusa de tener una actitud antiempresarial que dañará aún más la economía. Ivan Seidenberg, presidente de la compañía de telefonía Verizon, reflejaba el sentir de los poderes fácticos corporativos culpando al actual inquilino de la Casa Blanca de generar “un ambiente crecientemente hostil para la inversión y la creación de trabajo”. En el otro lado del charco, los líderes europeos siguen a lo suyo, obsesionados con reducir los déficits públicos. No solo la derecha, también la izquierda europea apuesta por una recuperación basada en el sector privado. Nunca en el público. Lo cierto es que tanto en Estados Unidos como en Europa el debate es exactamente igual al que tuvo lugar en los primeros años de la Gran Depresión: ¿Potenciamos el sector privado con menos impuestos y regulaciones, como hizo Hoover, o apostamos por el sector público a través de un aumento del déficit y la fiscalidad progresiva, como hizo Roosevelt? Los detractores de Keynes y el New Deal van a seguir asegurando que no fue el fuerte intervencionismo gubernamental lo que sacó al mundo de la crisis sino la II Guerra Mundial pero lo que está claro es que el sector público, con guerras o carreteras, se encargó de estimular la economía. Al fin y al cabo, Keynes había estudiado a fondo la estrecha relación existente entre escalada militar y expansionismo económico. “Usted, señor presidente, es libre de emplear en interés de la paz la técnica que hasta ahora solo ha podido servir a los propósitos de la guerra.”, le recordó a Roosevelt en una carta fechada en 1933. Pues bien, ahora no necesitamos más guerras y tal vez sí necesitamos más carreteras pero lo que no necesitamos de ningún modo es el pleno empleo de los recursos productivos teniendo en cuenta el tremendo progreso tecnológico que ha experimentado la humanidad en los últimos años así como la tendencia capitalista a la sobreproducción de mercancías físicas, muchas de ellas contaminantes. En consecuencia, lo mejor que le puede pasar al capitalismo es entrar en una nueva era de keynesianismo metafísico con objeto de crear productividad intangible y nuevos empleos en economías no rentables a corto plazo que sin embargo sirvan para mejorar la calma y el bienestar de la gente. Ante la terrible carestía de ética y estética que tradicionalmente ha mostrado la empresa privada, me temo que la mejor forma de estimular ese tipo de productividad pasa por lo que defendió Keynes, o sea por el contundente y oportuno fortalecimiento de la economía pública.

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