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LA BURGUESIA INTELECTUAL, UNA ELITE HEREDITARIA

22 octubre, 2020 - Articles

La Sociedad, se lee a menudo, se divide entre el 1% de la población más rica y el 99% restante. Pero esta división obvia las desigualdades asociadas a los títulos académicos, ocultando el papel desempeñado por la burguesía intelectual que, aun cuando sirve a ese 1%, gusta de situarse en el campo de los oprimidos. Este grupo social proveniente de la “meritocracia” transmite sus privilegios a sus descendientes, igual que la aristocracia en otro tiempo.

En el año 1964 se publica “El triunfo de la meritocracia” de Michael Young, que sigue la estela de 1984 de George Orwell y de Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. Describe una distopia: la pesadilla de un mundo moderno dirigido “no tanto por el pueblo como por la gente más inteligente”. La acción se sitúa a principios del año 2034. Los “inteligentes” son los encargados de generar conocimiento, reproducir la elite y administrar el Estado y les empresas. Encontramos entremezclados notarios, registradores, periodistas, magistrados, cirujanos, dentistas. 

Ninguna otra categoría socioprofesional ha aumentado tan rápido sus efectivos desde la publicación del libro de Michael Young. En Francia eran 900.000 en 1962 (el 4,6% de la población); actualmente son 5 millones (el 18%)  

La fracción superior de ese grupo, surgida de las escuelas y universidades más selectas, representa entre el 5 y el 10% de la población activa occidental. La leyenda ensalza a los intelectuales; escriben la historia de todos los grupos sociales, incluida la suya (y se dan jabón).

La implicación de los intelectuales en los sistemas de dominación data de antiguo y se remonta a las sociedades precapitalistas.

 En el Occidente medieval, el alto clero religioso, detentor del monopolio de acceso a las escrituras, legitima el poder de los terratenientes y el mismo posee una cuarta parte de las tierras. Más tarde, los juristas, convertidos en consejeros y ministros, ponen los cimientos administrativos del Estado real. En la China Imperial (221 a.C.-1911) la clase de los funcionarios-letrados (mandarines), capa social ínfima en cuanto a número, todopoderosa en cuanto a fuerza, influencia, posición y prestigio, es la única detentora del poder y la mayor propietaria. Posee todos los privilegios. 

En la India precolonial, el sistema de castas, violentamente desigual, descansa en gran medida en la dominación ejercida por los intelectuales, los brahmanes, que disfrutan de una prerrogativa exclusiva de acceso al conocimiento sagrado. “Son ellos y no los reyes, los terratenientes o burgueses, los que garantizan en esa sociedad una forma particularmente operativa de “domesticación de las masas”, escribe la investigadora Isabelle Kalinowski.

La era del capitalismo no ha transformado la naturaleza del trabajo de los intelectuales.

 La domesticación de las masas y de un amplio segmento de los propios titulados, se produce en aras de la racionalidad económica y de las “competencias” validadas por el Estado que exige su aplicación.

Cuando Michael Young escribe El Triunfo de la Meritocracia a finales de la década de 1950, el tema de los intelectuales como clase dominante vuelve a la palestra. Se desarrolla una Intelligentsia encargada de coordinar y planificar circuitos económicos tentaculares. En la ficción de Young, el gobierno de los intelectuales alcanza la madurez a principios del siglo XXI. Provista de privilegios en especie, la clase instruida escolariza sus hijos en colegios diferentes y ya solo se reproduce entre sí.

El mundo distópico de Young se parece tremendamente al nuestro. En los países occidentales, un abismo separa a la pequeña minoría (entre un 5 y un 10%) de titulados selectivos de los demás. La criba combinada de conocimiento y dinero garantiza una selección social efectiva, una clase dominante hereditaria. 

En 2014, explica la socióloga Elízabeth Currid-Hallkett, “el 1% de los más ricos se gastaron 3,5 veces más en educación que en 1996; y 8,6 veces más que la media nacional; el 5% de los más ricos sigue su ejemplo. Las tasas académicas en Harvard, Yale, Princeton o Stanford oscilan entre los 40.000 y los 70.000 dólares anuales. A los 18 años un niño rico habrá recibido 5.000 horas más de atención que un niño de clase media.

 En la actualidad, la brecha escolar entre los estudiantes ricos y pobres es mayor que la que separaba a blancos y negros en 1954.

 Este apartheid meritocrático va en aumento desde la década de 1950. En la Escuela Politécnica (MIT) el 93% de los alumnos tienen padres ejecutivos o de profesión intelectual superior frente al 1,1% de alumnos que son hijos de obreros. 

Matthew Stewart resumía en 2018:

 “Los ejecutivos y profesionales intelectuales hacemos funcionar la máquina que transfiere los recursos del 90% de la población hacia el 0,1%.”

El gobierno de los intelectuales adinerados se inscribe en el marco de una lucha de clases de lo más tradicional. En EE.UU. la ola de “muertos por desesperación” (suicidio, alcohol, drogas), nivel de sufrimiento,   problemas de salud y trastornos mentales afectan casi exclusivamente a los no titulados.

Con todo, nos equivocaríamos si asociáramosla vida de las elites meritocráticas a un fluido y apacible discurrir. El darwinismo social que descarta de entrada a la mayoría de niños nacidos en familias pobres sitúa también a los hijos de los ricos en un estado de competencia permanente.

Nota: Aquest escrit és un resum d’un article de “Le Monde Diplomatique” (Agost 2020)

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