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La cena de los idiotas morales

1 febrer, 2011 - Opinió

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid
La docilidad con que CC OO y UGT se han plegado al mandato del poder financiero para precarizar el Estado del Bienestar hace sospechar que su inicial oposición a la iniciativa del Gobierno no era más que una triste comedia. Amparándose en ciertos melindres sobre la ‘gradualidad’ en la aplicación de la tijera han aceptado el pensionazo que recortará sensiblemente la protección social de los jubilados. Burocracias sindicales y parlamentarios conforman una élite que, entre otros lujos, se permite el papel de determinar las condiciones de vida del resto de la gente. Con su desprecio hacia los más débiles, esa élite ha elegido desempeñar el papel del idiota moral.
Una élite, todo hay que decirlo, algo hortera en sus formas, que no tiene el menor empacho en sellar su vergonzoso e inmoral acuerdo con una cena en Moncloa con Rodríguez Zapatero. Vaya por delante que el escribidor de estas líneas es amante de la buena mesa, en la que comparece con amigos y otras gentes del común siempre que su parvo peculio personal se lo permite. Pero que Toxo y Mendez, esos otrora fieros sindicalistas de boquilla, acuerden, precisamente en una cena, el pensionazo que recortará a medio plazo las condiciones de vida de millones de jubilados, demuestra el peor y más abominable estilo.
El concepto de idiota moral se refiere al individuo que, pese a tener a su alcance los suficientes datos para rebelarse ante la injusticia, renuncia a su capacidad de análisis racional del mundo que le rodea y esconde su responsabilidad amparándose en el subterfugio de la obediencia a las instrucciones recibidas de un orden exterior a él. Idiotas morales fueron los oficiales alemanes que, escudándose en el cumplimiento de órdenes, ejecutaron con minuciosidad los planes de exterminio diseñados por el Tercer Reich. Nadie entienda tercamente lo que digo: no comparo a Toxo y a Méndez con los nazis. Cada idiota moral elige su escenario, y ellos, junto al Gobierno, han elegido obedecer la órdenes emanadas de los capos de la delincuencia financiera.
“Sólo a aquellos que no la han vivido les parece hermosa la guerra”, advierte Erasmo de Rotterdam en sus Adagia (1). Evidencia que se podría hacer extensible a la opinión que los situados en los mejores escalones del poder económico o político, tienen de las vidas ajenas. Ya que se permiten la osadía de decidir el alcance de las necesidades de los más pobres sin haber pasado ellos mismos por esa triste experiencia vital. Pues ni los sindicalistas que han aceptado el pensionazo, ni los diputados de uno y otro signo que se disponen a votar el proyecto en las Cortes, están ellos mismos sujetos a las restricciones que aprueban para el común de la ciudadanía.
En los confortables sillones del Consejo Definidor de las Necesidades de la Gente jamás se ha invitado a tomar asiento a las personas más desfavorecidas. Por lo que los humildes han de resignarse a ver cómo el alcance de la cobertura de las necesidades mínimas exigibles para llevar una vida digna es definida por otros. Así, hemos visto cómo los mayores alegatos en pro de introducir recortes en las pensiones públicas proceden de los “expertos” que trabajan a sueldo del sector bancario. Sin embargo, sus recomendaciones no afectan para nada a las suculentas pensiones que la banca destina a sus máximos dirigentes. Y que no se diga que se trata de remuneraciones privadas cuando la banca está siendo salvada de sus errores con dinero del contribuyente.
Alegando órdenes recibidas de instancias superiores (los ‘mercados’), el Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero ha decidido aplicar un recorte brutal y general de derechos. En esencia, el pensionazo consiste en no tocar la situación de los trabajadores que se jubilarán de aquí a 2012, para evitar votantes cabreados en las próximas elecciones. A partir de 2013, los sucesivos recortes mermarán sensiblemente las condiciones de vida del grueso de los integrantes de las generaciones que actualmente tienen menos de 50 años cuando alcancen la tercera edad.
Porque lo de menos es el umbral de los 67 años para tener derecho a percibir una pensión pública completa. Coincido con Ignacio Camacho, un comentarista de la derecha, en que eso no era más que un McGuffin para despistar a los espectadores de esta película. Lo verdaderamente grave son los períodos de cotización exigibles para tener derecho a cobrar una pensión. Hablar de treinta y muchos años de cotización en un país con casi cinco millones de desempleados, muchos de ellos de larga duración, y con millares de jóvenes que no tienen acreditado ni un sólo día de cotización en su precaria carrera laboral es hablar como un auténtico idiota moral.
¿Debemos permitir que los idiotas morales nos gobiernen? No me escudo en la retórica. Mi respuesta es clara y decididamente, no. En los debates contra el pensionazo en los que he estado presente estos días en Getafe, Leganés y Barcelona, he defendido, como he hecho siempre, a los sindicatos como creación del movimiento de los trabajadores e instrumento válido para las reformas sociales. Y tengo escrito que la protección social es una de las grandes conquistas con las que el movimiento obrero contribuyó a humanizar la sociedad. Pero cuando las burocracias sindicales pierden la perspectiva, cuando prestan su apoyo al derribo de la protección social, merecen la más absoluta reprobación moral y política. Las bases sindicales y los delegados de empresa a los que se quiere enviar a defender lo indefendible deberían revolverse contra esas cúpulas cuya acción se guía por la idiotez moral.
Si es necesario, habrá que crear otros sindicatos que agrupen al precariado, pero no podemos quedarnos quietos: desempleados, por desgracia, pero no parados. Si los mercados atacan, despleguemos nosotros un contraataque en toda regla contra los mercados, empezando por las sucursales bancarias que aplican la extorsión de proximidad.
(1) Erasmo de Rotterdam: Adagios del poder y de la guerra y teoria del adagio, edición de Ramón Puig de la Bellacasa, Alianza, 2008.
Carnet de Paro.

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