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La controvertida "Tasa Tobin" sobre la mesa

27 juny, 2010 - Organismes internacionals

Dorotheé JunkersNuestro País
La expresión “Tasa Tobin” está, aunque de mala gana, en boca de todos los políticos europeos, pues el movimiento Attac, crítico con la globlización económica, ha popularizado esta tasa que en Reino Unido lleva el nombre de impuesto Robin Hood.
Y como esos críticos son los mismos que se manifiestan en cada cumbre de los poderosos, la canciller alemana, Angela Merkel, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, y otros mandatarios prefieren referirse a la tasa como impuesto a las transacciones o tributo bancario.
Europa quiere poner sobre la mesa esta idea en la cumbre de los 20 países más industrializados y las potencias emergentes (G20), que se celebrará en Toronto el sábado y el domingo (26 y 27 de junio). En caso de que la comunidad internacional no esté de acuerdo, la Unión Europea está dispuesta a seguir adelante con la tasa.
Entonces, surge la pregunta de para quién será la amenaza, ¿para el mundo o para Europa? Y es que el capital hoy en día está deslocalizado y los paraísos fiscales están lejos de haber sido erradicados ni tampoco el G20 lo tiene entre sus propósitos.
Europa está decidida a hacer pagar a los bancos para impedir que, en caso de que volvieran a estar en bancarrota, los ciudadanos paguen con sus impuestos los millonarios costes que supone frenar el colapso del sistema financiero; o simplemente para que los Estados llenen sus arcas, según lo ve cada país en función de la propia situación económica.
La idea es tentadoramente sencilla: imponer un tributo global (en realidad muy bajo) sobre cada operación comercial en los mercados financieros. De este modo, en especial las operaciones especulativas en corto se encarecerían.
Ya en 1936, el famoso economista estadounidense y padre de la economía política orientada a la demanda, John Maynard Keynes, presentó algo así. Pero solo algunos vieron la luza después de que el Nobel de economía James Tobin propusiera gravar las transacciones financieras.
Tobin calculó que tendría sentido una tasa del 0,5 por ciento, lo que recaudaría hasta 525.000 millones de euros al año.
La organización Attac recogió el testigo y exige un “primer paso” hacia la tasa en Toronto.
“El tiempo de un impuesto a las transacciones financieras está a punto de pasar”, comenta Detlev von Larcher, de la coordinadora alemana de la organización.
Von Larcher piensa que políticamente es necesario que los sectores financieros den su acuerdo para reducir las operaciones especulativas altamente peligrosas y aportar más dinero a la violencia social que genera la crisis y luchar contra la pobreza, el hambre y el cambio climático.
Esta oportunidad tampoco la quieren dejar pasar los expertos del “think tank” Brueghel. En un informe suyo se dice que el uso calculado de fondos recaudados en cualquier otra parte pone en peligro la falsa redistribución de los fondos públicos, pero un impuesto a las transacciones financieras es un buen camino para presionar al sistema.
Incluso el Fondo Monetario Internacional (FMI) propuso recientemente dos variantes del tributo, entre ellas, un impuesto a la deuda de los bancos, que de este modo se encarecería. También el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se mostró favorable a esta opción.
Pero los defensores de la tasa coinciden además en otro punto: es necesario un acuerdo y una aplicación global, algo de lo que está muy lejos, por el momento, el G20.
“Canadá no apoya una tasa bancaria y, con casi total seguridad, en la mesa del G20, sus partidarios son una minoría”, afirmó el responsable de la delegación canadiense, Len Edwards, añadiendo: “No ha habido ninguna bancarrota en Canadá”, con lo que da a entender que no hay por qué castigar al sector.
Otros críticos de la tasa argumentan de forma parecida, como Brasil y Australia.
A Angela Merkel parece no afectarle que el tema ya esté condenado al fracaso desde antes del inicio de la reunión del G20, pues también fue así durante la reunión del G8 en Heiligendamm, en 2007, a propósito de la regulación de los “Hedge Funds”. Y ahora está el problema en la agenda de todos.
Así, Edwards ha puesto muy bien el dedo en la llaga, puesto que los expertos advierten desde hace tiempo de que no fueron los “Hedge Funds” los causantes de la crisis. Por eso, las cumbres deben centrarse en una nueva normativa para las entidades bancarias, lo cual significaría de verdad más protección ante nuevas crisis: más capital propio, más control y deuda limitada.
Los grupos de expertos, entre los cuales está el comité bancario de Basilea, están trabajando para que los bancos deban tener más capital en sus libros de contabilidad para sus complejos productos especulativos.
Y aquí de nuevo está Europa pujando por que las empresas asuman los costes, frente a sus bancos que ponen el grito en el cielo ante la posibilidad de nuevas condiciones y presionan con la concesión de menos créditos y más caros.
Fuente: dpa

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