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La deslocalización destruye la industria del calzado mallorquín

4 febrer, 2009 - Articles

María del Pilar Barceló – ATTAC Mallorca
Los trabajadores de Alarsol 2 SL, empresa que fabrica zapatos para Farrutx, llevan desde septiembre sin cobrar sus sueldos. Antes cerraron otras como Futur Inca, Gerinsa y Sabates Sastre, que trabajaban para Camper. Desde hace años la globalización del mercado internacional del calzado afecta negativamente a este sector productivo en nuestro país y muy particularmente en Mallorca. Hoy día los empresarios envían los diseños, las muestras, los patrones y la piel a países asiáticos donde se fabrica el producto a un precio inferior al que costaría en España. Cuando el producto regresa a la isla son suficientes unos cuantos trabajadores que trabajan irregularmente y sin contrato en sus casas para darle el acabado. Eso cuando las empresas de la isla no se limitan al diseño y la comercialización dejando la producción íntegramente a terceros países. Según el sindicato CC.OO. en los últimos tres años se han reducido en un 10% las empresas dedicadas de un modo estable a la fabricación del calzado, y otras han reducido notablemente su plantilla debido a este fenómeno. Por una parte se están eliminando puestos de trabajo y por otra y simultáneamente se está impulsando a un determinado porcentaje de los trabajadores que continúan en activo a la economía sumergida, arrojándoles a una situación de precariedad laboral. Como explican Carmen de la Cámara y Albert Puig la deslocalización cumple así una doble función: por un lado contribuye a incrementar el beneficio empresarial recurriendo a una producción a menor coste, y por el otro “en la actualidad, la amenaza de la deslocalización está resultando un útil mecanismo para forzar a los trabajadores a doblegarse a la liberalización. Conquistas sociales que parecían irrenunciables son ahora puestas en cuestión, ya que los trabajadores de las empresas susceptibles de ser deslocalizadas aceptan menores salarios y peores condiciones a cambio de que la empresa no traslade su actividad a otros países”(1). En el contexto de la globalización neoliberal la maximización del beneficio se ha convertido en el único objetivo, y las empresas se despojan alegremente de su responsabilidad social. Ganan las empresas, pierden los trabajadores y los países que ven cómo se deshace su tejido industrial. Una vez más se pone de relieve la falacia de la bondad del mercado como instrumento óptimo de regulación social.
No cabe duda de que estamos ante un fenómeno complejo (globalización neoliberal, financiarización de la economía, desregulación, deslocalización, división internacional del trabajo, mercantilización de las relaciones laborales, externalización…) ante el que es difícil oponer eficazmente alternativas. Sin embargo no es menos cierto que a ello ha contribuido el anquilosamiento sindical. Las organizaciones sindicales permanecen ancladas en conceptos y estructuras decimonónicos y no han sabido adaptarse a las necesidades de los trabajadores del mundo de hoy. Mientras la economía y el trabajo se globalizan, los sindicatos permanecen encastillados en sus limitadas estructuras locales y anclados en los conceptos y estructuras del fordismo. De este modo los trabajadores se encuentran inermes frente a las transformaciones económicas y sociales que afectan tan esencialmente al mundo laboral.
De algún modo el sindicalismo está pagando el precio de haberse mantenido durante mucho tiempo y en gran parte al margen del movimiento altermundialista, su comprensión de la realidad, sus luchas y sus reivindicaciones. Por ello ha perdido capacidad de iniciativa y actuación política. Frente a la deslocalización los sindicatos parecen limitarse a negociar los EREs con resignación. Las organizaciones sindicales deberían reflexionar sobre la necesidad de adaptarse a la nueva situación histórica para defender más eficazmente los intereses que representan. “Los nuevos tiempos traen desafíos nuevos a los sindicatos.”(2)
Ello implica, por una parte, la capacidad del sindicato de ampliar su perspectiva para abarcar la totalidad de los procesos que afectan al trabajador-ciudadano y asumir el papel de articulador, junto con otros movimientos sociales, de un proyecto de emancipación social. Citando de nuevo a Carneiro, “los trabajadores esperan que los sindicatos además de reivindicar, denunciar, y defender los intereses inmediatos de los trabajadores, sean capaces de articular y proponer la superación del plano actual de la organización de la sociedad, o sea, construir los intereses históricos de la clase trabajadora.”(3)
Por otra, la capacidad de adaptar su estructura a los nuevos ámbitos de decisión económica. Mientras los grupos empresariales adoptan medidas contemplando el conjunto de sus factorías y centros de producción distribuidos en diversos países del norte y del sur, los sindicatos permanecen anclados en el localismo. Solo una organización sindical que alcance el mismo nivel de internacionalización que las decisiones corporativas podrá enfrentarse adecuadamente a las mismas. Más aún cuando la deslocalización se sustenta (aunque no únicamente) en la supresión o restricción de los derechos de los trabajadores del sur. Los sindicatos del norte parecen actuar como si éste problema no fuera con ellos, y sin embargo la defensa de los derechos de los trabajadores del norte y del sur está estrechamente relacionada, máxime cuando trabajan para las mismas compañías.
Los trabajadores de Alarsol 2 y de otras empresas que aparentemente también sufren las consecuencias de la deslocalización, como Casa Buades, tenían derecho a esperar de los sindicatos algo más que la gestión más o menos eficaz de sus despidos. Es hora de despertar.
Notas:
(1) Carmen de la Cámara Arilla – Albert Puig Gómez: “La deslocalización: ¿mito o realidad? El caso español frente a los países de Europa central y oriental”
(2) y (3) Jairo Carneiro (Secretario General de la Federación del Metal de Rio Grande do Sul): “Sindicalismo en el siglo XXI”, www.jornadasiuslaboralistas.org

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