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La despolitización de la política

2 octubre, 2008 - Opinió

Frei BettoAdital
Una campaña electoral se gana con la televisión. En toda elección los partidos contratan equipos para cuidar la imagen de sus candidatos. Generalmente el equipo está dirigido por un publicista que no pertenece al partido, ni simpatiza con el partido, ni vota por el partido. Pero que tiene fama de competente.
Ahora bien, competencia rima con conciencia. Cualquier manual de mercadeo, de esos que enseñan a vender polución atmosférica para ecologistas, aconseja al vendedor estar convencido de la calidad de su mercancía. Por eso, en muchas campañas el programa de televisión fracasa. Entonces se cambia de publicitas, de equipo y de estilo. Y se confunde al elector, pues, de una u otra manera, el candidato moderado se vuelve extremista o viceversa.
Es más dramático aún constatar que se cambia la ética por la estética. No importa si el candidato es un malandrín, corrupto o incompetente. Una buena imagen habla más que mil palabras. Y así se va dando una progresiva despolitización de la política, lo cual es uno de los objetivos del neoliberalismo. Se saca la política del ámbito público como herramienta de promoción del bien común, para reducirla al ámbito privado, a la selección de candidatos basada, no en propuestas y programas, sino en simpatías y empatías.
La razón es sencilla: en el sistema capitalista la política es teóricamente pública y la economía privada. Se universaliza el voto y se privatiza la riqueza. Si en Brasil hay más de cien millones de electores, en sólo 19 millones se concentra el 75.4% de la riqueza nacional (Ipea, mayo 2008).
En una verdadera democracia la universalización del voto debiera coincidir con la socialización de las riquezas, en el sentido de asegurar a todos una renta mínima y los tres derechos básicos, por orden: alimentación, salud y educación. Como eso no aparece en la agenda del sistema, se intenta invertir el proceso: se inocula en la población el horror a la política, de modo que ésta quede relegada al dominio privado de unos pocos. Quien tiene desdén por la política es gobernado por quien no lo tiene. Y los malos políticos hacen lo imposible para utilizar el poder público en beneficio de sus intereses privados.
Véase, por ejemplo, el movimiento en pro del voto facultativo. Lo que muchos hacen ver como positivo y concordante con la libertad individual es una manera de excluir a una parcela considerable de población de las decisiones políticas. De ese modo aumenta el grado de alienación de los potenciales electores. Cuando preguntan mi opinión digo con franqueza: estoy a favor, siempre y cuando sea facultativa también la actual obligación de pagar impuestos. ¿Por qué voy a estar obligado a sustentar económicamente al Estado y desentendido de influir en su configuración y en su rumbo?
El desinterés por la política es uno de los síntomas nefastos de la ideología neoliberal, que trata de desunir a los ciudadanos para individualizarlos como consumidores. Se cambia el principio cartesiano “pienso luego existo” por el principio mercantilista “consumo luego existo”. Y en este sentido es como la propaganda electoral se reviste también de mercancía. No se ofrecen ideas, programas de gobierno, estrategias a largo plazo, sino promesas, estadísticas, imágenes de impacto.
Si hay aspectos positivos en las restricciones oficiales a las campañas electorales, porque dejan la ciudad limpia y evitan que los comicios atraigan público, no en función del candidato sino de los artistas en el escenario, es obvio que favorecen a quien tiene más dinero. Y en tanto no llega la prometida reforma política, así como el financiamiento y el control público de las campañas, la segunda caja prosigue haciendo la alegría de quien pasa por ético pero al mismo tiempo recauda recursos turbios y criminales.
Es hora de abrir el debate sobre las elecciones 2008 en todos los espacios institucionales y populares: escuelas, empresas, denominaciones religiosas, clubes, asociaciones, sindicatos y movimientos sociales. No se trata de favorecer a éste o a aquel candidato, sino de fomentar el distanciamiento crítico frente al mercadeo electoral y resaltar los criterios de discernimiento político.
Si la sociedad no se empeña en la educación política de sus ciudadanos dentro de poco tendremos parlamentos y ejecutivos ocupados solamente por corruptos, milicianos, negociadores y fundamentalistas. Y el Brasil se verá reducido a una inmensa Chicago de los años 30, con los Al Capone jugando sus cartas en contra de las leyes, por un lado, y a los Bin Laden en versión guaraní por el otro, convencidos de que, en nombre de su religión, fueron escogidos por Dios para gobernar erradicando el pecado, o sea combatiendo a sangre y fuego a todos cuantos no rezan por su catecismo.

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