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La economía social: ¿una respuesta a la crisis?

16 agost, 2009 - Crisi sistémica

Yan de KerorguenLe Monde Diplomatique (Perú)
“Reconciliar la economía y la sociedad ”… Este principio, grabado desde hace años en el frontón de la economía social, se está poniendo de moda. En un contexto de visible fracaso del capitalismo bancarizado, así como de las políticas que proponen un individualismo a corto plazo, el espíritu cooperativo, mutual o asociativo empieza a ser solicitado.
Un banco social, el Shore Bank, que quiere cambiar el mundo abriendo a las poblaciones desfavorecidas de los barrios de Chicago, Detroit o Cleveland el acceso al crédito; una sociedad cooperativa, Autocool, que propone un servicio de autos compartidos, accesible las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, gracias a una red de estaciones urbanas de proximidad. Una colectividad local que pone en marcha una cooperativa para acompañar proyectos de creación de almacenes solidarios en tres comunas del área metropolitana de La Périgourdine…
No cabe duda. Las empresas sociales y solidarias despiertan vocaciones. Los representantes políticos que por largo tiempo ignoraron, despreciaron o minimizaron su papel, relegándolas al rubro de “accidente histórico”, hoy les piden auxilio, especialmente en el área de desarrollo duradero y la solidaridad. Una señal: la inauguración, el 12 de marzo, de una Escuela de la empresa de economía social, en Marsella, primera en su género en Francia. Aunque las cifras todavía sean modestas, la evolución del número de empresas cooperativas obreras de producción (SCOP) señala, en Francia, una tendencia: éste se triplicó en ocho años (1950 SCOP en 2009).
En otra escala, el plan de acción del presidente estadounidense Barack Obama, presentado el 9 de febrero, prevé importantes inversiones para favorecer la creación de empresas de este tipo. El 19 de febrero, el Parlamento Europeo (PE) adoptó, por 580 votos a favor (27 en contra y 44 abstenciones), una resolución que pone en evidencia el importante papel de la economía social frente a la crisis. Allí se constata que “es necesario el reconocimiento de los estatutos europeos para las asociaciones, las mutuales y las fundaciones, para garantizar un tratamiento igualitario para las empresas de la economía social dentro de las reglas del mercado interno”.
¿Pero qué es exactamente la economía social? La Comisión Europea habla de “tercer sistema”. Algunos utilizan el término “sector sin fines de lucro”. Como sea, éste abarca multiplicidad de actores: asociaciones, fundaciones, mutuales, cooperativas… Apartándose teóricamente de la lógica capitalista, dentro de la cual el que financia es quien decide, el proyecto colectivo no convoca a la acumulación del capital. “Esto quiere decir que la ganancia no es el objetivo de estas entidades, –explica Antonella Noya, analista de políticas en el marco del programa OCDE-LEED (1)–. Lo cual no significa que éstas no deban generar ganancias, esenciales para asegurar la estabilidad financiera, y por ende, la perpetuación de la estructura.”
Según Thierry Jeantet, director general de Euresa, red europea que agrupa a mutuales y cooperativas de seguros, “la economía social siempre estuvo en el mercado, pero no en el monetario. Los que pretenden descuartizarla entre lo mercantil y lo no mercantil no han comprendido su naturaleza”.
Jeantet sostiene que ya sea en las “charities” –instituciones de beneficencia a la inglesa–, en las organizaciones autogestionadas alemanas (Netz), en las “comunidades” de Brasil, o en las Scop a la francesa (2), la economía social se inspira en unos principios democráticos que constituyen una línea de ruptura con el capitalismo. “Esas reglas implican el florecimiento de la persona, la adhesión libre, la distribución justa de la riqueza generada, la independencia respecto a los Estados, los valores colectivos de solidaridad, la gestión equitativa”. Aquí, cada persona equivale a un voto, a diferencia de las sociedades, donde cada acción equivale a un voto. En las Scop, los empleados son dueños de, como mínimo, el 51% del capital y representan, como mínimo, un 65% de los derechos de voto, “mutualizando” así los riesgos y las grandes decisiones.
Dos tendencias atraviesan la economía social. Por un lado, la “europea”, que desarrolla una visión del empresariado colectivo. Por otro lado, la “estadounidense”, más vinculada a los servicios y a una metodología individual. “Las fundaciones, las organizaciones de caridad y los consorcios están en la mayoría de los casos localizados en Estados Unidos, el Reino Unido y Australia –confirman Ermanno Tortia y Carlo Boragaza, de la Universidad de Trento–, mientras que las cooperativas, organizaciones y sociedades mutualistas tienen una tradición más fuerte en los países de Europa Continental.”
Pueden encontrarse más cooperativas de consumidores y de vivienda en Gran Bretaña que en Suecia, donde las estructuras familiares y de trabajadores cumplen un papel importante –que asciende a un 12%– en el sistema de guardería infantil. En Alemania, el tercer sector está bien representado por las mutuales de seguros. Lo mismo sucede en Francia. La oficialización del proyecto de unión de las tres aseguradoras Macif, Maif y Matmut, el 24 de marzo, lo atestigua. “Queremos crear un gran grupo mutualista solidario, conservando una gran independencia, una gran libertad”, declaró en esa ocasión Roger Iseli, director general de Macif. Las cooperativas, de tamaño reducido, y en muchos casos territoriales y especializadas, encontraron terreno fértil en España y en la península italiana. El mutualismo de la salud es particularmente dinámico en Bélgica, Irlanda y Holanda, así como en Francia, donde también el sector agrícola es muy cooperativo (nueve de cada diez explotaciones); el 60% de los depósitos de los franceses se hacen en establecimientos de este tipo –Banques Populaires, Caisse d’Epargne, Crédit Agricole, Crédit Mutuel…–, que dan empleo a quinientas mil personas. Pero encontramos también cooperativas en el sector agroalimentario (Yoplait), el de la gran distribución (Système U, Centros Leclerc) e incluso en las ópticas (Krys y Óptica 2000). Se trata de denominaciones conocidas, que llevan al asombro, y a hacerse una pregunta: ¿qué diferencia hay, para el cliente ocasional, entre una marca cooperativa y una clásica? En el caso de Crédit Agricole, por ejemplo, ésta no salta a la vista…
Un ex titular de una franquicia de Lissac, que declaró su adhesión a la cooperativa Atol al comprar parte de su capital social, constata mencionando el ejemplo de dos ópticas: “Ambas se parecen; nos ofrecen la ventaja de una red nacional. Pero en las cooperativas, encontramos flexibilidad, y además democracia. Uno tiene derecho a observar su funcionamiento”. Cada adherente, cualquiera sea la importancia de su empresa, participa en la elección del consejo administrativo, lo cual le permite tener voto, por ejemplo, en el capítulo referente a la decisión… de las campañas de promoción.
Estas empresas “pertenecen colectivamente a sus asociados, y no son ‘opeables’ ni transferibles, puesto que sus fondos propios son incompartibles, –subraya la Federación Nacional de Cooperativas de Consumidores (FNCC)–. Esta independencia les permite participar a largo plazo, como actores de un desarrollo perpetuo”. El cliente de una de estas marcas que desee participar en la definición de los productos propuestos, o colaborar con su funcionamiento, puede hacerlo –¿pero lo sabe?–, pagando una cuota social. Su voto será igual al de los demás cooperativistas en la asamblea general.
En otro registro, el debilitamiento programado del Estado benefactor produce un desplazamiento hacia la economía social de ciertas funciones poco o nada asumidas. Por ejemplo, Quebec implementó, a partir de 2004, una política de promoción de los grupos de mujeres, las asociaciones de defensa del medio ambiente y las cooperativas de la salud. En Estados Unidos, las Community Development Financial Institutions (CDFI) juegan un papel importante en la revitalización de los barrios.
En Francia y en los países mediterráneos, el tejido asociativo viene a paliar, en la emergencia, los vacíos de los servicios públicos, en particular frente al agravamiento de la crisis del desempleo. “La incapacidad de la economía formal para crear suficiente cantidad de empleos abrió la puerta a determinadas organizaciones dedicadas a la creación de empleos de inserción, contratos de corto plazo habitualmente financiados por el Estado”, subraya Peter Lloyd, director del gabinete de estudios británico Ecotec Research and Consulting.
El ejemplo de Noncello, la mayor cooperativa social de Italia, con mil empleados, aparece como particularmente interesante. Ésta fue creada, hace más de veinte años, por el centro de salud mental de la provincia de Pordenone, ante la iniciativa de tres psiquiatras y seis pacientes que acababan de dejar el hospital, tras el cierre, decidido por la ley, de este tipo de establecimientos (3). La institución forma a sus empleados –desocupados de larga data, enfermos psiquiátricos, ex toxicómanos…– en la reparación de electrodomésticos. Asimismo, les permite especializarse en el cuidado de personas mayores, niños, enfermos de Alzheimer, etc. Gracias a la compra de un láser de última generación, la cooperativa se dedica también a la separación de componentes (es proveedora del fabricante de electrodomésticos Zanussi). Y por último, participó en la restauración del teatro La Fenice, en Venecia, y del piso del Kremlin, en Moscú. Cuatrocientos mil empleados para dieciocho mil seiscientas cooperativas: éste es uno de los sectores que más empleos crea en Italia. Muchas de sus cooperativas invierten con éxito en el ámbito de la “economía verde”.
En Europa, el movimiento cooperativo definió unos estatutos específicos que permiten la asociación entre usuarios, voluntarios y empleados, como también entre colectividades y empresas. El movimiento español de las empresas de trabajadores asociados (empresas laborales) pudo desarrollarse vigorosamente gracias a la creación de un sistema legislativo ad hoc y al apoyo de las fuerzas políticas y los poderes públicos. Éste permitió crear más de diecisiete mil sociedades y cien mil empleos en pocos años. En este tipo de empresas, ningún accionista, a excepción de los organismos públicos, puede poseer más de un tercio del capital social, en tanto los trabajadores son mayoritarios.
En Francia, las Sociedades Cooperativas de Interés Colectivo (SCIC), que permiten asociar en torno a un mismo proyecto a múltiples actores –empleados, voluntarios, usuarios, colectividades públicas, empresas, asociaciones, particulares… (suele llamárselas multi-stakeholders (4))– constituye un símbolo de esta apertura. Actualmente suman ciento treinta y cuatro las SCIC de Francia, como Artisans du monde o Enercoop. Éstas responden a demandas anteriormente insatisfechas y actualmente rentables. Enercoop, por ejemplo, se esfuerza por hacer confluir a los productores de electricidad, consumidores y actores del sector de las energías renovables. “Las ganancias de las cooperativas se reinvertirán en el manejo de la energía y los nuevos medios de producción de electricidad renovable”, explican los directivos de la empresa (5). Cualquiera puede hacerse socio, suscribiendo como mínimo una parte de capital, que da derecho a una reducción de impuestos del 25% del monto suscrito.
Las nuevas legislaciones estimulan la inclusión del sector cooperativista en un conjunto más amplio, aunque menos diferenciado, del modelo económico imperante: el de las “empresas sociales”. Noya señala que: “La diferencia es que estas últimas tienen fines de lucro, aunque estén inspiradas en los mismos valores. En algunos países gozan de ese estatuto siempre y cuando persigan objetivos de interés general y un mayor bienestar individual y colectivo”. Éste es el caso de las Community Interest Companies (CIC) del Reino Unido, cuyo propósito es satisfacer ciertas necesidades a nivel local. El capital está bloqueado y los dividendos tienen un techo.
En muchos casos, el proyecto de estas empresas es descentralizar el poder, inventar nuevas formas de trabajo y privilegiar el capital social antes que el capital financiero. Una muestra de ello es la estadounidense Better World Telecom (BWT), proveedora de acceso a internet. Esta empresa destina un millón de dólares al año al financiamiento de su fundación hasta el año 2010, y el 3% de sus ganancias se vierte en la ayuda a la infancia, la educación y el medio ambiente bajo la forma de donaciones (6). Si bien sus servidores informáticos utilizan energía de origen eólico, la empresa pretende ofrecer a sus clientes tarifas mucho menos elevadas que las de los gigantes de las telecomunicaciones.
En este mismo ámbito, la red Ashoka, asociación neo-filantrópica internacional surgida en India en 1980, selecciona y financia a innovadores cuya actividad puede cambiar la vida de la gente en diversas áreas. Ashoka cuenta hoy con más de dos mil empresarios en todo el mundo, que intercambian ideas, experiencias y “buenas prácticas”.
Si bien para algunos estas empresas “innovadoras” forman parte de la evolución natural de la economía social, para otros su funcionamiento no tiene nada de democrático, ya que el capital sigue siendo esencial. “Ese sistema intermedio de ‘capitalismo social’ permite que el capitalismo parezca más ético”, estima Jeantet.
Glotonería por los productos financieros “tóxicos” (7).
Otro ejemplo de esas tentaciones: no todo es azúcar ni color café bajo el cielo del comercio equitativo. Su postulado inicial, que apunta a estructurar una relación equilibrada entre consumidores y productores, basada en una remuneración justa del trabajo de los campesinos de los países en desarrollo, ha sido un poco vapuleado, al menos si se cree a Frédéric Karpyta. En un libro de reciente publicación, este periodista se pregunta: ¿puede seguir siendo virtuoso el comercio equitativo, si para asegurar mercados a los pequeños productores de café, arroz o algodón, se decide negociar con los mastodontes de la distribución (8)?
A modo de respuesta, los responsables de Max Havelaar justifican su estrategia con la democratización de los productos éticos. Las ventas del comercio equitativo crecieron al menos 20% por año desde el 2000. Este tipo de productos pueden encontrarse en más de cincuenta mil supermercados y más de dos mil ochocientas tiendas especializadas. “El riesgo es entregar el alma a cambio y generar una dependencia de los pequeños productores, so pretexto de abrirles mercados más grandes”, sostiene Karpyta. Algunos actores como Artisans du Monde prefieren abstenerse.
En su libro Repenser la solidarité (Repensar la solidaridad), el sociólogo Serge Paugam invita a revisar esta noción. Varias redes ilustran esta voluntad de poner en valor los sistemas de ayuda mutua. Entre ellas, la Red Intercontinental de Promoción de la Economía Social Solidaria (RIPESS). Sus fundadores coordinan estructuras nacionales, entre ellas el Grupo Red de Economía Solidaria de Perú, el Grupo de economía solidaria de Quebec y el Grupo senegalés de economía social y solidaria.
Según Noya, existe “un margen enorme para la creatividad en el campo de la innovación financiera. En Canadá, el fondo de inversión Fiduciaria de obras de economía social (Québec) ofrece préstamos de capital sin reembolso antes de los quince años”. Finanzas solidarias, becas sociales, capital paciente, social banking, banca p2p en la web: en todos los casos, se trata de nuevas modas de colocación en las que los inversores no esperan un retorno financiero rápido. Gracias a internet, estas redes apuestan a la multiplicación de las posibilidades de intercambio.
¿Seguirá marginada la economía social, o tiene vocación de llegar a ser el soporte de una economía duradera? Según las Organizaciones de solidaridad internacional surgidas de la migración (OSIM), en los próximos años los flujos migratorios transformarán la situación, favoreciendo el co-desarrollo. Los países emergentes, por su parte, no esperan. En Brasil, buena parte de la reforma agraria, insuficiente, pasa por la economía social, que alberga a veinte mil cooperativas muy activas. La elección del ex sindicalista Luis Inácio Lula da Silva para conducir el país, pero sobre todo la actividad del Movimiento de los Sin Tierra (MST), tienen que ver con eso.
La organización de los campesinos a través del MST permitió gestionar mejor la producción, la transformación y la comercialización de los productos. También facilitó la difusión de los servicios básicos en el medio rural (salud, educación, etc.), la revalorización cultural de las zonas rurales, amenazada por la “urbanización total”, la agricultura biológica, la protección de las semillas y variedades locales. Por no hablar de la mayor participación en las decisiones de los campesinos y pobladores rurales.
En los países de Europa Oriental, donde el período de transición ha dado a la economía social un carácter de “sociedad civil”, la transformación del sector no ha sido simple, dado que la idea de cooperativa es rechazada a raíz de su utilización durante la era comunista. No obstante, algunas mutuales de salud siguen en vías de creación en Polonia y Eslovenia.
En los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), el proceso de re-equilibrio entre lo social y lo económico constituye otra cuestión fundamental. El “ecodesarrollo”, teorizado por el economista Ignacy Sachs, ya es aquí un asunto indiscutible. Pero habrá que ganar credibilidad sin perder de vista la finalidad del modelo. Esta economía tiene “una constante necesidad de autoevaluarse para proyectarse mejor hacia el futuro y reafirmar claramente su papel de alternativa global –insiste Jeantet–. Su verdadera libertad es la de ser un proyecto político. No se trata tan sólo de una miríada de empresas en todo el mundo, sino de un modelo estructurador de la sociedad”.
Para permitirle ganar reconocimiento político, se organizan algunos diálogos entre actores internacionales. En la última cumbre de los Encuentros de Mont-Blanc, en 2007, los dirigentes reunidos hicieron referencia a un “new deal planetario”, y llamaron a un verdadero diálogo social en el seno de las grandes instancias de regulación mundial (9). Ya existen decenas de proyectos horizontales y de hermanamiento entre, por ejemplo, mujeres guineanas y nepalesas, para encontrar nuevas formas de energía. Algunas asociaciones de América del Sur y Sudáfrica trabajan juntas. En Colombia surgen cooperaciones dinámicas, financiadas por el Consorcio CGM de las cooperativas sociales italianas.
La economía social no está desocupada. ¿Constituye una alternativa al capitalismo? Como sobreentiende Jeantet, “no va a solucionar la carga de la deuda de los Estados. No va a resolver las reiteradas crisis de las reservas internacionales… Sería ridículo pensar que va a ser un operador mundial milagroso”. Queda en ella demostrar que puede desempeñar un papel original.

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