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La efervescencia francesa

22 octubre, 2010 - Unió Europea

Quilomboweb de Javier Ortíz
El argentino Luis Mattini, a propósito de las manifestaciones que pedían que se demoliera en Buenos Aires el monumento al general Julio Roca, responsable del genocidio indígena durante la decimonónica Campaña del Desierto, se preguntaba con socarronería lo siguiente: “si es que están convencidos de que por ahí pasa la solución a la opresión que sufren los indígenas, ¿no sería mejor que en vez de llevar esas vistosas banderas y esos disfraces para pedir, no sería mejor, digo, en honor al “hacer” que aprendimos de la inmanencia del Che, que llevaran picos y mazas para demoler el monumento?”.  Obviamente, para los manifestantes “la solución” no pasa por ahí, aunque sí dieran importancia simbólica a la desaparición del monumento, como sucede en España con la iconografía franquista. Del comentario me gustaría destacar no tanto esa valoración como ese “hacer” que reclama Mattini con la contundencia propia del ex guerrillero que fue.
Desde España muchos contemplan embelesados lo que está sucediendo en Francia mientras se quejan de que aquí los sindicatos no hacen lo mismo. No sé, pero me parece que en Francia muchas organizaciones y colectivos no han esperado a que los denostados sindicatos convoquen una gran huelga unitaria en un magno día D. Desde que hace unos meses comenzaron las protestas contra las reformas del gobierno de Sarkozy, estas han ido ganando en amplitud y en desbordamientos que incomodan cada vez más a la oposición socialista. Los “no representados” (los parados, precarios, becarios, estudiantes, etc.) no han esperado a que la vieja aristocracia obrera canalizara sus demandas. Y entre ellos el debate político ha sido desde luego más rico y ha superado con creces la vieja cantinela de “más crecimiento” (sostenible, sí) y “más empleos” (de calidad, por supuesto). Rechazan de plano los dogmas neoliberales sobre la crisis “de las pensiones”, “de la seguridad social” y muchos se plantean cómo extender una renta básica universal e incondicional.
Vean si no este llamamiento a la “huelga de parados” (junio de 2010):
“En mayo comenzó una huelga de parados en toda Francia. Intervención en directo en un plató de TV, ocupaciones de agencias de empleo y de sus direcciones departamentales, regionales y nacional, bloqueo de plataformas telefónicas, intervenciones en la CAF [organismo que abona una serie de subsidios], visita de los centros de coaching, paseos y piquetes de huelga en la calle, reunidas en la plaza pública… La huelga de los parados es una huelga contra la culpabilización, el trabajo forzado, el aislamiento, la gestión.
Hoy nos manifestamos contra la reforma de las pensiones. Parados que ya están sometidos a la reducción de nuestras prestaciones, a las conminaciones a que trabajemos cada vez más, y a la vigilancia de nuestros comportamientos, sólo cabe combatir una reforma que destruye un derecho que ha sido conquistado duramente por las luchas obreras: el derecho al reposo después de una vida dedicada a las empresas.
Pero no podemos limitarnos al rechazo de la duración del período de cotización. ¿Quién cuenta todavía con un empleo ininterrumpido a tiempo completo (por tanto con cotizaciones plenas) hasta los 60 años? ¿Qué jubilación existe hoy para los precarios permanentes, para quienes cobran el salario mínimo desde hace tiempo, los que empiezan a cobrar el RSA, las “amas de casa” divorciadas, los intermitentes del empleo, los interinos de toda la vida, los parados de duración indeterminada, los abonados a los empleos a tiempo muy parcial, los autónomos sin clientes, los estudiantes que demoran sus estudios, los campesinos que cobran el RSA…? La última semana, en un taller colectivo en Pôle emploi [el INEM francés] donde habíamos sido invitados, nos cruzamos con un parado de 60 años y 40 kg que buscaba trabajo como vigilante para poder tener derecho a una pensión correcta. Una realidad banal, que gobierno y empresas desean generalizar, y que las centrales sindicales niegan en sus propuestas, sin ponerlo siquiera en relación con el aumento actual del número de personas dependientes de una “pensión no contributiva”, la que se concede a una parte de quienes no tienen jubilación cuando, sobre todo ellas, alcanzan sus 65 años…
Se trata tanto de la gestión de las pensiones como de la gestión de la precariedad: cada uno es culpabilizado para empujar a todo el mundo a permanecer disponible en el mercado de trabajo durante el mayor tiempo posible, a cualquier precio y bajo cualquier condición. Deberíamos avergonzarnos por vivir más tiempo, nuestros abuelos serían culpables por haber tenido demasiados niños, nuestros padres por no tener suficientes. Y todos seríamos culpables de endeudar a la empresa-Francia.
No queremos esa realidad
No debemos nada
Queremos todo”
Recientemente, en Montreuil los profesores en huelga organizaron una asamblea interprofesional en la que participaron el colectivo de parados CAFard (“cucaracha”, en francés, juego de palabras con el organismo CAF). En ella aportaban unas cuantas ideas:
“Que tengamos un espacio de trabajo o no, podemos organizarnos de manera transversal más allá de las corporaciones o de los estatutos. Es necesario que se inventen nuevas formas de huelga. Bloquear un Pôle emploi con sin papeles, ocupar un instituto con jubilados y una residencia de ancianos con estudiantes, parar una empresa privada de seguros con interinos del público, hacer un piquete con mensajeros, sitiar una agencia fiscal con insolventes, requisar las mercancías de un Monoprix con vendedores ambulantes, bloquear una autopistas con agentes RATP [la empresa de metro], ocupar centros de coaching con estibadores, organizar una asamblea en una escuela de comercio con trabajadores de los servicios de empleo con contratos a tiempo determinado…”
Esta búsqueda radical de transversalidades la hemos visto también en Grecia con los colectivos que ayudan a inmigrantes y refugiados, que están sometidos a una especial represión. En los últimos días ha sorprendido en Francia la irrupción de los estudiantes de instituto, que ya son conscientes de las implicaciones que tiene para ellos la reforma de las pensiones. En Rennes han dicho cosas como ésta:
“Rechazamos tener que cotizar 41,5 anualidades y esperar 67 años para poder tener derecho a una pensión completa, sabiendo que la duración de nuestros estudios se amplía y que a lo largo de nuestra vida nos encontraremos con el paro y la precariedad.”
Todo esto no quiere decir que en Francia no se haya dado el mismo debate sobre si es necesario tener convocada una huelga general total para comenzar a protestar. Y también allí la izquierda política discute con ansiedad sobre cómo traducir esta efervescencia en resultados electorales, para que no vuelva a haber otra gran decepción como sucedió después del No a la Constitución Europea en 2005. Últimamente se debate mucho acerca de la posibilidad de una huelga general indefinida pero no hasta que dimita Nicolas Sarkozy (que es como se plantean las cosas en España), sino hasta que se retiren esta y otras reformas. Algunos -pocos, es cierto- incluso ya han superado este discurso moralista y equívoco de la búsqueda de “culpables de la crisis”, un terreno abonado para la extrema derecha, por más que nos refiramos a los bancos. Pero esto sucede porque antes se han multiplicado y ampliado lo que en principio eran movilizaciones locales y sectoriales. Hasta el punto de que quienes “hacen” o “actúan” son vistos con simpatía por muchos de los que no pueden o no quieren por las razones que sea. Lo que no tiene mucho sentido es empezar la casa por el tejado.

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