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La hipocresía de la Unión Europea

2 febrer, 2012 - Unió Europea

Juan Francisco Martín Seco – Consejo Científico de Attac
Resulta arriesgado enjuiciar la realidad de otros países. Siempre hay mil variables que se nos escapan. No conozco suficientemente la situación política y económica de Hungría para poder juzgar lo que allí está ocurriendo. No dudo de su comentada deriva antidemocrática; es bastante creíble a juzgar por lo que sucede en la mayoría de los países europeos, y precisamente por ello resulta tan hiriente la reacción de la Comisión Europea y del Fondo Monetario Internacional que tan solo han tachado de antidemocrático al gobierno de Orbán cuando, según parece, dicho Ejecutivo ha osado atentar contra la independencia del Banco Central.
La demencia y la confusión se han instalado en el mundo político y económico actual. No es solo que la Unión Europea se haya construido con muy dudosos criterios democráticos, sino que ahora se pretende presentar a una de las instituciones, cuya existencia viola con mayor claridad la soberanía popular, como criterio imprescindible para conceder a un sistema el calificativo de democrático. El mundo al revés, la independencia de los bancos centrales hunde sus raíces en un pensamiento claramente antidemocrático, la desconfianza hacia los políticos demasiado vulnerables a las demandas de los ciudadanos. Se quiere resguardar la política monetaria de la voluntad popular. En este carnaval de equívocos y en el que se intenta dar a las palabras un significado diferente del contenido que tienen parece que lo democrático es despojar a los poderes públicos de sus competencias para entregárselas a los tecnócratas, que no han pasado por las urnas y son políticamente irresponsables.
Hemos visto cómo desde la Unión Europea se desprecia a la opinión pública de los países y se le imponen gobiernos tecnócratas con la única misión de llevar a cabo la política que exigen los mercados, las instituciones no democráticas como el FMI o los gobiernos foráneos como el de Alemania, una política que empobrece a las poblaciones, condena a la recesión económica y aniquila las conquistas sociales. Hoy, hablar de democracia en la Unión Europea resulta un sarcasmo.
Doy por sentado que el gobierno de Orbán se está convirtiendo en un régimen autoritario y no dudo de que ande acometiendo reformas antidemocráticas, pero habrá que preguntarse, en primer lugar, si Hungría ha conocido en algún momento la democracia. Como otros muchos países del Este de Europa, la transformación del régimen comunista al capitalismo se ha realizado en el plano económico mediante el enriquecimiento de la antigua nomenclatura que ha devenido en empresarios y capitalistas, todos ellos convertidos al neoliberalismo; y en el plano político, a través de un barniz seudodemocrático que no pasa de un bipartidismo en el que ambas formaciones políticas presentan programas similares.
Entre 2006 y 2010, en Hungría ha gobernado un partido que se autodenominaba socialista, pero que terminó aplicando la teoría neoliberal que se le imponía desde Europa y desde el FMI, sometiendo a la población a duros ajustes y a reformas retrógradas. Los ciudadanos reaccionaron enérgicamente, de forma especial cuando comprobaron que el gobierno había mentido sobre la situación económica y en 2010 dieron la victoria por una amplia mayoría al partido conservador. Ahora, los húngaros, al igual que los habitantes de otros muchos países europeos contemplan con escepticismo el sistema político y manifiestan una desafección total por los partidos.
En segundo lugar hay que cuestionarse que la Unión Europea se encuentre legitimada -a la vista de lo que está ocurriendo en la Eurozona- para otorgar credenciales de democracia. Desde luego, lo que parece el mayor desatino es que considere la independencia de los bancos centrales como una característica ineludible de la democracia y que se atreva a llamar deriva autoritaria a la pretensión de un gobierno elegido legítimamente a mantener, y utilizar, dentro de sus competencias la política monetaria, en lugar de cederla a tecnócratas a los que nadie ha votado y que son irresponsables desde el punto de vista democrático.
Artículo publicado en República
 

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