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La misión de Obama

24 febrer, 2009 - EE.UU.

Juan Torres López y Alberto Garzón EspinosaEconomía Crítica
El recién electo presidente estadounidense, Barack Hussein Obama levantó durante la campaña electoral enormes expectativas que aún hoy se mantienen más o menos invariables, dentro y fuera del país. La idea de que un candidato negro pudiera alcanzar la casa blanca fue vista por muchos como un avance progresista en el ámbito de la política y, especialmente, en materia de derechos civiles. Sin embargo, para los más atentos a las cuestiones económicas el principal interés estribaba en la posibilidad de que fuese un gabinete del partido demócrata, precisamente como en los años treinta del siglo pasado, quien tuviera la difícil misión de gestionar una grave crisis económica que acababa de salir a la luz.
De hecho, probablemente haya sido la nefasta situación económica por la que atraviesa Estados Unidos el factor decisivo que ha llevado a Obama a la presidencia y que le han proporcionado más de 60 millones de votos. En todo caso, la demanda de cambio para todos los ámbitos ha sido clamorosa, tal y como documenta el profesor Vicenç Navarro en un reciente artículo. En la mano del nuevo presidente está, ahora, cumplir las promesas y atender de forma efectiva las exigencias de una población que ha confiado en él, así como hacer frente a una de las crisis más graves de la historia del capitalismo.
Y es que la crisis actual ha adquirido ya unas dimensiones extraordinarias que requieren unas medidas igualmente extraordinarias. Y éstas, sin duda, requerirán a su vez una reconfiguración radical del sistema financiero, económico y político.
Obama no puede ignorar que el tiempo de hegemonía político-económico-militar de Estados Unidos tiene que finalizar si aspirar a construir un mundo más justo. La época del capitalismo neoliberal que políticamente se sustenta en el poderío militar de EEUU ha tocado fondo, y las alternativas son claras: una huída hacia delante, con unas desastrosas consecuencias a nivel mundial, o una transformación radical del sistema internacional.
Confiamos en que el mundo espera y desea esta segunda opción pero no hay seguridad de que sea la vía que pueda definitivamente elegir el nuevo presidente.
En primer lugar, el sistema político internacional actual es insostenible, tal y como una vez más están demostrando los hechos en Gaza. La ONU tiene que dejar de ser un instrumento más al servicio de unos pocos países poderosos, y para ello es necesario afrontar una reforma urgente que la convierta en un efectivo foro internacional que se organice democráticamente.
En segundo lugar, el resto de instituciones internacionales, y más especialmente las que trabajan en el ámbito económico y financiero, también tienen que ser democratizadas. No es concebible que en el siglo XXI aún no existan órganos de multilateralidad cuya función no sea otra que la de gobernar el mundo bajo principios de solidaridad y justicia. Y éste es un requisito básico para posibilitar que las políticas que se lleven a cabo no respondan a los intereses de unas pocas naciones, sino que estén diseñadas inteligentemente con vistas a superar los graves problemas de la economía mundial en su conjunto: la deuda externa, el comercio desigual, el hambre, la pobreza, las desigualdades…
En particular, y como la actual crisis ha dejado entrever tan claramente, es urgente reformar el sistema financiero internacional. Ha de combatirse la especulación financiera y promover, a su vez, la vinculación del sistema financiero con la actividad productiva. Para ello será necesario regular de forma contundente la actividad financiera e incluso, llegado el caso, prohibir los instrumentos financieros que no tengan relación alguna con la creación de riqueza productiva.
En tercer lugar, Obama podría hacer honor a sus antepasados y desmantelar el músculo imperialista que mantiene desde principios de siglo pasado. Estados Unidos no puede ser el policía del mundo, y menos aún si ello conlleva el asesinato de millones de personas a través de las guerras y el hambre que provocan sus políticas. Esperemos que las demandas de los propios ciudadanos estadounidenses vayan también en este sentido y que el nuevo presidente las escuche sustituyendo el gasto militar por gasto social.
En cuarto lugar, y en el mismo sentido que lo arriba apuntado, Obama tendría que llevar a cabo una profunda transformación de su economía interna. Para ello basta con que reconozca en las exigencias de sus votantes sus propias políticas económicas futuras, esto es, aplicación de sistemas impositivos más progresivos, servicios públicos de calidad accesibles a todos los ciudadanos, nuevas reformas laborales que reduzcan el poder de las empresas, supresión del sistema de financiación electoral, etc.
En quinto lugar, el papel del dólar a partir de ahora será fundamental. Estados Unidos debe afrontar de una vez por todas los problemas que genera la situación de su moneda, que es referente en el mundo entero, y debe apostar por una gestión de la misma en favor del desarrollo de todos los países.
Para todo ello sería necesario, sin duda, el liderazgo de Estados Unidos. Por eso esperamos de Obama una convocatoria urgente que tenga en cuenta todos los puntos arriba mencionados. De otra forma, como decimos, la salida que tiene la economía mundial es demasiado tenebrosa.
Sabemos, sin embargo, que Obama ha comenzado mal su andadura como presidente. El consejo de asesores económicos que ha nombrado no deja lugar a dudas: su perfil netamente neoliberal advierte de una clara intención de mantener las políticas económicas de sus antecesores. De hecho, entre los integrantes de dicho consejo se encuentra, entre poderosos empresarios y multimillonarios, el que fuera presidente de la Reserva Federal en tiempos de Reagan, Paul Volker.
También somos conscientes, como efectivamente apunta Navarro, de que su triunfo político ha estado financiado por el mundo empresarial y financiero, cuyos intereses están en conflicto con muchas de las políticas económicas que deberían ponerse en marcha. Es un reto que Obama tiene que asumir.
Esperamos y deseamos, a pesar de todo, que sepa rectificar en los próximos meses.

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