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La obsesión por el crecimiento económico

3 abril, 2012 - Opinió

Luis A. Bermejo – ATTAC Murcia

Actualmente estamos en lo que algunos economistas llamarían una fase contractiva del ciclo económico, otros recesión y otros, más pesimistas, depresión económica. Todos estos términos hacen referencia a la evolución del crecimiento económico, un concepto que se ha convertido en el objetivo central de las políticas económicas de gobernantes y, en gran medida también, de gobernados. Pero, ¿en qué consiste el crecimiento económico? Y ¿por qué es tan importante para una sociedad crecer en términos económicos?
La primera pregunta tiene una respuesta obvia, el crecimiento económico consiste en el crecimiento de la economía, esto es, en que la valoración que se hace del tamaño de una economía determinada aumente durante un periodo de tiempo dado. En cuanto a la segunda, el motivo fundamental por el que se prioriza el crecimiento se basa en la idea de que si la economía de un determinado país es cada vez mayor sus ciudadanos vivirán cada vez mejor, de lo que se deriva que a mayor crecimiento mayor bienestar para todos.
La medición del crecimiento económico se hace normalmente a través del Producto Interior Bruto. De este tema me ocuparé en otra entrada de este blog, por ahora me voy a centrar en los fundamentos del modelo de crecimiento y en valorar la importancia y la neutralidad del mismo.
La base del modelo de crecimiento es la función de producción: Y = f (K, L, R), dónde Y es el ingreso nacional, K es el stock de capital, L la mano de obra utilizada y R los recursos naturales disponibles. Existen diferentes formas de establecer esa relación pero el significado de todas ellas es que el valor de la producción de una determinada economía viene determinado por esos tres recursos: capital, trabajo y recursos naturales disponibles, que se pueden combinar de diferentes formas para conseguir aumentar el ingreso total y que, a su vez, son perfectamente sustituibles entre ellos. Es decir, que se puede conseguir que el ingreso nacional aumente porque aumente uno o varios de ellos o porque los que aumenten lo hagan en mayor medida que los que disminuyan. La clave del modelo está, por un lado, en esa sustitución casi perfecta de los factores y, por otro, en el establecimiento de ciertas condiciones que permitan mejorar la eficiencia con la que se utilizan los mismos.
La eficiencia depende de la capacidad de aumentar el tamaño de los factores y de poder convertir unos en otros, lo que se consigue a través de la generación de ahorro que se termina materializando en inversión. Un ejemplo para aclarar tanto factor: supongamos que en una economía dada aparece un nuevo recurso natural (p.e. Petróleo), para poder explotar dicho recurso es necesario realizar determinadas inversiones productivas y, a su vez, son necesarios recursos humanos que lleven a cabo el trabajo. Todo ello supone dinero que se obtendrá del ahorro disponible. De esta forma, si hay ahorro, éste se puede canalizar hacia la inversión y hacia la retribución de los trabajadores y, de esta forma, el nuevo recurso natural disponible termina generando un aumento del valor de la producción (del ingreso nacional). En caso de que no existiera ese ahorro disponible, el nuevo recurso no podría ser explotado y, por tanto, no se produciría ningún aumento del ingreso nacional.
Por tanto, la clave del modelo de crecimiento está en la capacidad de generar excedentes que puedan ser reinvertidos en el proceso y, de esta forma, asegurar un crecimiento permanente del ingreso nacional. Estos excedentes se generarán y, lo que es más importante, se reinvertirán siempre que exista una motivación por parte de los individuos para el ahorro, la inversión y la innovación. Ahora bien, ¿de qué depende dicha motivación? Aquí nos encontramos con la parte ideológica del modelo (o quizás antropológica), ya que dicha motivación depende de la percepción que tengan los individuos de poder obtener un beneficio económico personal que, a su vez, está directamente relacionada con la capacidad de asegurarse la propiedad de los resultados de su ahorro/innovación.
Por tanto, aunque formalmente el modelo de crecimiento económico no es más que una construcción teórico-científica, lo que subyace al mismo es una determinada concepción del ser humano que aparece en la mayoría de los modelos económicos. Lo que se conoce como el hommo economicus, un ser guiado exclusivamente por su interés personal y por la toma de decisiones racionales que le permitan mejorar su posición personal aunque sea a costa del beneficio colectivo.
Sería muy extenso debatir aquí sobre esa visión del ser humano. Por ahora me basta con aclarar que un modelo formalmente neutro no lo es tanto si tenemos en cuenta que se basa en una concepción ideológica-antropológica determinada. Lo que, a su vez, me permite enlazar con la otra pregunta que me hacía al inicio de esta entrada: ¿por qué es tan importante para una sociedad crecer en términos económicos?
Formalmente, el argumento que se ofrece para defender el crecimiento económico también es neutral y de fácil comprensión. Cuando una sociedad crece, dispone cada vez de más recursos y, por tanto, los miembros de la misma podrán solucionar mejor los problemas derivados de la escasez, consiguiéndose así la eliminación de la pobreza y de todos los males asociados a dicha escasez. En resumen, que si hay más, todos tocamos a más y, de esta forma, llegará un día en que todos tengamos lo necesario.
Aunque este argumento puede ser válido, resulta paradójico que, a la vez que se defiende que la base del crecimiento económico está en asegurar el beneficio individual, se asegure así mismo que la búsqueda de ese beneficio individual conduzca al beneficio colectivo. Aunque dicha paradoja no existe para los múltiples seguidores de Adam Smith y su famosa mano invisible.
Sin entrar a comentar la cuestionable mano del señor Smith, la idea de que el crecimiento económico solucionará los problemas de escasez tiene una derivada importante: la redistribución de la renta no es necesaria, ni eficiente. No es necesaria porque, con el tiempo, todo el mundo accederá a unos niveles admisibles. No es eficiente porque, en caso de que se produzca dicha redistribución, se producirían conflictos sociales, por la resistencia de los poderosos a distribuir sus beneficios, y, a la vez, se estaría desincentivando el ahorro, la inversión y, en definitiva, el componente egoísta que permite asegurar el beneficio social. A lo que se suele añadir que si la riqueza de unos se distribuye terminaría empobreciendo a todos, ya que los más ricos irían perdiendo un stock acumulado que lo irían devorando los más pobres a lo largo del tiempo.
Existen múltiples modelos que justifican la benevolencia del crecimiento económico frente a la redistribución de la renta, y viceversa. Pero, de nuevo, en la base de unos y otros, encontramos una determinada concepción del ser humano. Para aquellos que defienden una visión del hombre como un competidor egoísta que sólo busca su propio beneficio, los modelos de crecimiento se ajustan a la perfección. Por contra, para aquellos que tienen una visión del ser humano como colaborador altruista, los modelos de redistribución conducen siempre a mayores niveles de bienestar social e individual.
Como conclusión, podemos decir que el modelo de crecimiento económico no es más que una formulación teórica, aparentemente neutral, que busca conseguir el mayor bienestar social para un determinado sujeto: aquel que adopta decisiones racionales que le permiten asegurarse un mayor bienestar individual aún a costa del bienestar de los otros. Y, si atendemos a los resultados que ha producido este modelo en los últimos 30 o 40 años, podemos decir que el modelo funciona ya que la acumulación del ingreso y la riqueza de los más ricos no ha parado de crecer en este periodo a costa de crear las mayores tasas de desigualdad conocidas en la historia. Por ahora basta por incitar a la reflexión individual sobre qué clase de persona eres y cuales son tus motivaciones. De esta forma, querido lector, podrás saber con claridad si el modelo de crecimiento económico es el tuyo o no y, a la vez, según como veas a tus semejantes, podrás enjuiciar mejor sus beneficios para el conjunto de la sociedad.
Economista
Zen Walden

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