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La política, un deber ético y una necesidad natural (releyendo a Aristóteles)

11 gener, 2013 - Opinió

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón
Tanto en Ética a Nicómaco como en Política, Aristóteles deja diáfanamente claro que la política es el arte de posibilitar el pleno desarrollo de las capacidades de cada ciudadano y ciudadana, tanto en su dimensión personal como comunitaria.
Observador atento y de gran sentido común, Aristóteles gustaba siempre de atenerse a los hechos verificables, constatando así que cada ser del cosmos, animado e inanimado, y sobre todo los seres vivos, poseen por sí mismos unas capacidades, características, tendencias y actividades propias y específicas, que les diferencian del resto de los seres. Estos rasgos específicos de cada ser que habita en la naturaleza son los que determinan que cada individuo y cada especie sea como es y se comporte como se comporta.
Por ejemplo, la naturaleza del orangután (sus capacidades, características, tendencias y actividades) es bien distinta de la del mosquito, la del pino, la de una estrella enana roja o la del ser humano. Si nos fijamos en la forma de comportarse de cada uno, constatamos de inmediato que difieren entre sí, a tenor de su propia naturaleza: la mar­garita, el dromedario, la libélula, la magnolia. la estrella de mar o el ser humano son muy diferentes, al igual que su comportamiento, aspecto, su estructura fisio­lógica, sus formas de alimentación o reproducción, sus modalidades de comunica­ción, sus medios de adaptación al medio, etc.
Y sin embargo, a juicio de Aristóteles, a pesar de todas estas peculiaridades y diferencias, todos los seres de la naturaleza coincidimos en algo fundamental: es­tamos en el mundo para llegar a ser lo más plenamente posible aquello que nos co­rresponde ser por naturaleza. Pues bien, Aristóteles denomina a este objetivo fundamental de cada ser existente en la naturaleza con un término que él mismo inventó al efecto: “telos”. Cada ser, cada especie tiene su propio “telos”, es decir, surge en la naturaleza para hacerse a sí mismo de la forma más excelente posible, desarrollar cabalmente todas sus potencialidades.
Por consiguiente, el “deber” primordial de cada ser de la naturaleza consiste en desplegar y culminar su “telos”, es decir, en hacerse plenamente a sí mismo, alcanzar el pleno desarrollo de su ser. Por lo mismo, su mayor error consistiría en que se empeñase en desco­nocer, ignorar o dar la espalda al pleno despliegue natural de su naturaleza, al pro­pio” “telos”‘: cada uno ha de tender a ser él mismo de la forma más acabada posi­ble.
Los seres humanos estamos sujetos al mismo proceso de consecución del propio “telos”, es decir, a la necesidad de desarrollar nuestras posibilidades natura­les, si es que queremos alcanzar nuestra realización plena como humanos y, por consiguiente, la felicidad. Cada etapa, cada situación, cada decisión, cada instante es, pues, un paso, progresivo o recesivo, hacia la construcción total y plena de uno mismo como ser humano.
Cada hombre y cada mujer debe esforzarse, pues, a lo largo de su vida por llegar a ser una persona cabal, por llevar a plenitud sus aptitudes y capacida­des, de acuerdo con sus características individuales propias, por hacer realidad su “telos”. Ahora bien, Aristóteles no concibe el “telos” como algo acabado, definitivamente hecho, sino como algo que forma parte de uno mismo: es el propio ser el que está en proce­so permanente de autorrealización. A este proceso constante por ir alcanzando el “telos” lo denomina Aristóteles “ergon”. En otras pa­labras, nuestra razón de ser es ante todo un proceso, una actividad, “ergon”. El “ergon”  es, pues, la actividad natural que cada ser ha de llevar progresivamente a cabo a lo largo de su existencia a fin de desarro­llar adecuadamente el “telos”, el desarrollo pleno de su propio ser, como individuo cabal.
Más aún, el ser humano no sólo está siempre por acabar, por realizarse, y en esto consiste radicalmente su esencia (tener que decidir día a día, instante a instante, quién es y quién quiere ser), sino que -precisamente por ello- cada uno debe descubrir cuál es su camino a recorrer, cuál es su horizonte a perseguir, pues lejos de ser un ente abstracto (clónico en lo fundamental, diferente sólo en lo acci­dental), es un individuo humano concreto, esta persona, yo, tú… La vida humana es para cada individuo una empresa siempre por hacer plenamente, un descubri­miento incesante, un navegar por aguas, a veces quietas, a veces procelosas, escrutando el rumbo adecuado.
La vida debería ser, pues, según Aristóteles, ante todo un esfuerzo inagotable por llevar a cabo del modo más pleno posible el “telos”,  el desarrollo de nuestro ser, la culminación de nuestras posibilidades. De todas formas, somos seres que nos sentimos limitados e inacabados, por hacer. Siempre aspiramos a más, siempre estamos en pos de no­sotros mismos, de nuestros proyectos e ideales. Parece que nunca podemos llegar al acabamiento perfecto y definitivo de nosotros mismos.
Que todos los seres del mundo y de la naturaleza, según Aristóteles, tien­dan a su “excelencia”, a su culminación perfecta, a la consecución de su “telos”, al grado sumo de sus capacidades naturales, a su plena madurez, no deja de ser en cierto modo un ideal, y así lo reconoce el propio Aristóteles: alcanzar el desarrollo completo y cabal es una “en-telequia”, pues se trata principalmente de una tendencia natural ineludible hacia el modelo ideal  en un ser naturalmente perfecto, que habría alcanzado el pleno y cabal desarrollo de su ser y de su vida. Pero, claro está, esto es más bien una aspiración, un ideal (de ahí la palabra “entelequia”).
De ahí una de las mayores paradojas de los seres humanos: sabemos que nunca alcanzaremos plenamente el “telos” (dejaríamos de ser quienes somos, víc­timas de nuestro propio logro), pero en ningún caso podemos tampoco renunciar a su consecución (quedaríamos sin objetivo, apresados en un mundo caótico, sin horizonte ni contornos).
Por otro lado, nuestra naturaleza tiene una dimensión social, de la que no podemos prescindir en cuanto humanos. Alguien que afirmase que puede prescindir de la vida social y comunitaria (=política) sería una bestia o un dios, pero en ningún caso un hombre. Solo contando con los demás, dentro de un marco político-comunitario, podemos llegar a alcanzar nuestro telos, el desarrollo pleno de nuestro ser.
La política consiste, pues, en la vía socio-comunitaria en que los ciudadanos y las ciudadanas podemos llegar a ser personas plenas y cabales. La política es “telos”: la tendencia ineludible hacia el ideal del vivir y el convivir como humanos; la política es también “ergon”: el constante y permanente esfuerzo por hacer posible –cada vez más posible- ese desarrollo pleno y excelente de cada persona, a nivel individual y comunitario. Para Aristóteles, la política es y deber ser siempre el arte de ir haciendo posible e ir haciendo realidad el deber ético y la necesidad natural de hacernos personas libres, iguales, con criterio propio, solidarias, comprometidas y permanentemente inquietas dentro de una sociedad, un país y un mundo justo, libre y noviolento. Un mundo que siempre es y deberá ser posible, y cada vez más real.
lautopiaesposible

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