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Lo poco que podemos, lo mucho que queremos

21 juny, 2011 - Opinió, Portada

Santiago Alba Rico – Comité de Apoyo de ATTAC España.
En los años 50, el filósofo alemán Gunther Anders llamó la atención sobre una contradicción asociada a las tecnologías de la destrucción que a su juicio estaba llamada a cambiar por completo nuestra relación con el mundo y con la conciencia de nuestros límites. El lo llamaba “desnivel prometeico” y lo definía como la desproporción existente entre la acción y la representación; es decir, entre lo que somos capaces de hacer y lo que somos capaces de representarnos. El ejemplo más evidente y brutal es el del bombardero y, aún más, el del bombardero atómico: la imaginación no tiene recursos para establecer ninguna relación entre el simple gesto de un dedo aplicado sobre un cuadro de mandos y la muerte, miles de metros más abajo, de 180.000 personas. Es demasiado fácil -digamos- destruir tecnológicamente el planeta y demasiado difícil representarse su destrucción. El Coronel Thibets, en efecto, comandante del avión que descargó la primera bomba atómica sobre Hiroshima en agosto de 1945, nunca se sintió responsable de esas muertes: era un ser humano normal con una imaginación normal, incapaz por tanto de imaginarse el efecto apocalíptico que había causado -a tanta distancia de su cuerpo- con una sola mano. Claude Eattherly, el oficial que localizó desde el aire el objetivo, tuvo que ser encerrado, en cambio, en un hospital psiquiátrico militar: se volvió loco, pero nadie pudo aceptar, ni siquiera él -al menos al principio-, que su sufrimiento moral tuviese ninguna relación con esa gesto facilísimo, banal, insignificante, de abrir una compuerta con un elegante giro de muñeca. Lo que la tecnología puede materialmente hacer es tan portentoso, tan descomunal, tan fuera de toda medida, que escapa a la limitadísima imaginación de los seres humanos.
Pero hay otro “desnivel prometeico”, aún sin explorar, que invierte de hecho los términos de la contradicción. Me refiero a la desproporción que existe entre la miseria vital de la mayor parte de los seres humanos que pueblan el planeta y su sobreabundancia simbólica. Hay cientos de millones de personas -quizás miles de millones- que no tienen acceso a alimentación suficiente o a agua potable o a atención sanitaria o a trabajo remunerado; hay miles de millones de personas excluidos de las instituciones, de los centros de decisión política, de los medios de comunicación; hay miles de millones de personas cuya existencia se reduce a la de “cuerpos mantenidos con vida”, incapaces de introducir ningún efecto en la realidad, cuyos dedos y manos y piernas son redundantes e inútiles y que sin embargo tienen acceso a los circuitos globales de intercambio de datos e imágenes. Es la desproporción entre lo poco que puede hacer un cuerpo y lo mucho que puede representarse; entre la impotencia de la vida desnuda y la potencia inaudita de las “tecnologías de la representación”. Lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en el mundo árabe y amenaza con extenderse por todo el planeta tiene que ver, junto a la demanda de democracia, con este nuevo “desnivel prometeico invertido”. Jóvenes social, económica, políticamente excluidos, están al mismo tiempo incluidos en un universo simbólico sin barreras. Jóvenes encerrados en cuerpos desactivados, jóvenes encerrados en territorios de los que no son dueños, participan de una mente común transfronteriza que no encaja en ningún sistema sostenible: ni en el capitalismo que la ha puesto en marcha para ponerle ahora límites ni en ningún otro mundo posible que pretenda conjugar al mismo tiempo los deseos individuales, forjados en el mercado, y la supervivencia de la especie.
Los que dicen que las revoluciones árabes son consecuencia de las nuevas tecnologías tienen razón. Los que dicen que son consecuencia de la exclusión económica y social también la tienen. Es necesario enunciar la relación explosiva entre exclusión corporal e inclusión tecnológica para comprender lo que está pasando. En la última década, mientras los precios de los alimentos no han dejado de aumentar, los precios de las “tecnologías de la representación” no han dejado de bajar. En Túnez, por ejemplo, el 100% de las familias tiene cobertura televisiva; hay 96 teléfonos móviles por cada 100 habitantes; y si el número de ordenadores personales sigue siendo bajo, el número de jóvenes con un perfil abierto en Facebook es muy alto. Las cifras para el resto del mundo árabe son similares y pueden generalizarse a la mayor parte del mundo. Gente que apenas come, ve en cambio la televisión; gente sin trabajo tiene teléfono móvil; gente que no puede acceder a bienes de consumo elementales, accede a las llamadas redes sociales. Incluso si desigualmente repartidos, hay que recordar que en el mundo hay casi tantos aparatos de televisión como seres humanos, que son ya 5.000 millones el número de teléfonos celulares y que más de 1000 millones de personas forman parte de Facebook, Twitters o MySpace. En el modelo de Anders, es casi infinito lo que un cuerpo puede tecnológicamente destruir y muy pobre y limitado lo que puede imaginar; y esa fractura tiene consecuencias morales y políticas pavorosas para la humanidad. Pero conviene no olvidar tampoco la otra fractura. Porque bajo el capitalismo es muy poco lo que los jóvenes pueden construir con sus propios cuerpos, desprovistos de medios, y es casi infinito lo que pueden tecnológicamente imaginar. Esta desproporción también tiene consecuencias políticas y morales difíciles todavía de evaluar, pero que obligan sin duda a repensar las relaciones entre libertad y democracia y entre derecho y supervivencia.
La verdadera contradicción no es hoy, como pretendía el marxismo ortodoxo, entre fuerzas productivas y relaciones de producción sino entre, por un lado, fuerzas destructivas y antropología humana; y entre -por otro lado- fuerzas “representativas” y recursos humanos. El capitalismo ha creado tecnologías incompatibles con la compasión, la ternura y la solidaridad. Pero el capitalismo ha creado también tecnologías incompatibles con la exclusión social que le es indisociable -con la pobreza, las fronteras y la marginación política- y que ponen en peligro, al mismo tiempo, el capitalismo y la humanidad. Los que bombardean y consumen son incapaces de imaginar los efectos de sus acciones y por lo tanto el dolor de sus víctimas; los que no pueden ni bombardear ni consumir, repartidos en las zonas más pobres del planeta, pueden querer tanto y tanto y tanto, tan por encima de las posibilidades del mercado y del planeta, que cuando se pongan a reclamarlo no habrá más que dos alternativas: o cambiar dolorosamente de modelo o inventar bombas mejores.
Artículo Publicado en La Calle del Medio.

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