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Los desempleados también están convocados a la huelga general

30 setembre, 2010 - Estatal

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid
Una huelga es, por definición, el espacio de tiempo en que alguien está sin trabajar. Pero también, por definición, está desempleada la persona que, queriendo trabajar, no puede hacerlo, ya que el omnisciente y omnipotente mercado no es capaz de ofertar empleo para, al menos, los cuatro millones y medio de parados que registran las cifras oficiales. En tales circunstancias ¿cómo podrán participar en la huelga general convocada por los grandes sindicatos?
Hay muchas críticas que hacer a las centrales sindicales Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores. En primer lugar, la escasa preocupación que han venido manifestando por la gente que se encuentra desempleada. Sirva de botón de muestra que la bajísima cuantía del subsidio por desempleo, 426 euros mensuales, por debajo del umbral de pobreza, fue decidida por el Gobierno con el consentimiento expreso de CCOO y la pasividad complaciente de UGT.
O sea que, como dice Carlos Taibo, en un artículo donde resume el pavoroso panorama laboral: “si estamos donde estamos ello es en buena medida de resultas de la miseria que las direcciones de esas dos fuerzas sindicales han tolerado y estimulado. Ahí están, para certificarlo, sus livianísimas respuestas ante dos decenios de desregulación y retroceso en materia de derechos, el abandono con que han obsequiado tantas veces a los trabajadores que peleaban por algo distinto y el asentamiento de burocracias más empeñadas en preservar sus relativos privilegios que en acudir en socorro de los más castigados. Quien piense que la financiación pública de los sindicatos nada tiene que ver con todo lo anterior me temo que ha decidido darle la espalda a la realidad”.
Sindicatos, el peor de los sistemas… a excepción de todos los demás
Pese a todo, la huelga, general en este caso, es una saludable forma de ejercer un derecho democrático. La democracia la definió muy bien Winston Churchill, cuando dijo que es el peor de los sistemas… a excepción de todos los demás. Y los sindicatos, una conquista histórica del movimiento obrero, son parte indisoluble de la democracia. La gestión sindical llevada a cabo por sus dirigentes es susceptible de crítica. Pero ningún asalariado debiera caer en esa trampa tendida desde el neoliberalismo, que asegura que los sindicatos son un obstáculo para la economía y deben desaparecer.
Sorprende que estos neoliberales, que arremeten implacables contra todo aquello que signifique injerencia en la libertad del individuo por parte del Estado, no se den por enterados de las coacciones que se producen contra la persona que desempeña un trabajo por cuenta ajena. El empleo representa una perfecta situación de dominio por parte del empleador respecto del empleado, sobre el que tiene plena disposición de tiempo y actividad durante el horario laboral.
Al traspasar el umbral de entrada al taller, la oficina o el tajo, el hasta entonces ciudadano pierde todo derecho democrático. Aquí dentro no hay derecho al voto: en el lugar de trabajo las decisiones no están sujetas a debate. El empleado deberá hacer lo que se mande, sin protestar. Una objeción a una orden puede suponerle el despido. La única posibilidad que tiene el trabajador para hacer valer sus derechos es la de afiliarse a un sindicato. Y que éste funcione, claro está. Por regla general, los trabajadores precarios no suelen estar afiliados a sindicatos. Legalmente, la patronal no puede prohibírselo, pero tiene en sus manos un arma mucho más poderosa: la amenaza de no renovación del contrato temporal a quienes se afilien. Una magnífica demostración de respeto por la libertad,
A los efectos prácticos, los sindicatos son, hoy por hoy, los únicos que cuentan con los medios materiales y formales para convocar, bajo la forma de huelga general, una protesta contra las sucesivas medidas antisociales adoptadas por el Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero.
Una huelga convencional se hace para presionar a la patronal en donde más les duele: interrumpiendo la producción. Mientras que una huelga general no tiene estricto sentido económico. Es más, en la coyuntura actual, para muchas empresas, ahorrarse un día de producción les vendrá de perlas para reducir costes en épocas de bajo consumo. En cuanto al comercio, si un consumidor quiere comprar algo, pongamos que unos gayumbos, y el miércoles cierra el comercio, puede esperar al jueves para efectuar la compra. Los bares se ven más perjudicados, puesto que día que cierran caña o café que no despachan. La huelga general, sobre todo, se refleja en el transporte. Si éste para, se produce la impresión de país paralizado, lo cual tiene un profundo sentido político.
Los desempleados, máximos paganos de la crisis económica, ya que por definición, están privados de la posibilidad de ejercer su derecho a huelga convencional, tienen en la huelga general una oportunidad idónea para expresar su protesta contra las políticas neoliberales y el gobierno que las pone en práctica. No efectuar compras ese día, evitar gastar electricidad o gasolina hasta, al menos, las ocho de la tarde. Pues otra de las formas que tiene el sistema para calibrar el éxito o fracaso de la huelga es a través de la demanda de energía.
Lecturas recomendadas:
Kaos en la Red: Llamamiento a los parados y precarios a apoyar la huelga general
Desmontando excusas para ser un esquirol el 29S

Carnet de Paro.

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