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Minería: tras el eficaz rescate en Chile ya no hay excusa para salvar a las víctimas de los accidentes futuros

16 octubre, 2010 - Treball

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid
Junto a los elevados riesgos inherentes al oficio, el de minero lleva aparejado un halo mítico. Cuando se produce un accidente en este sector, los medios de comunicación muestran las imágenes de esos hombres que, con sus cascos, linternas frontales y rostros tiznados, constituyen un expresivo símbolo de la dureza del trabajo humano en lucha contra los elementos. Mito que se traduce en un folklore específico que en España está representado por el cante de las minas, alcanzando una elevada expresión emocional en la taranta cantada en las minas jiennenses y levantinas, o en la estremecedora canción asturiana En el pozo María Luisa.
En la mina de cobre San José, en la región de Copiapó, el derrumbe de una galería mal entibada dejó a 33 hombres atrapados a 700 metros de profundidad. El despliegue de medios utilizados para localizarlos, mantenerlos con vida y rescatarlos al cabo de 69 días, han sido espectaculares por partida doble.
Pues, si espectacular ha sido la precisión de la tecnología de perforación utilizada, la operación en sí ha constituido un gran espectáculo mediático. Miles de cámaras fotográficas y de televisión desplegadas en la bocamina convirtieron el rescate en un acontecimiento de alcance global. Espectáculo que tuvo sus vicios, como el del residente Sebastián Piñera, -un tiburón de las finanzas al que la revista Forbes le atribuye una fortuna de 2.200 millones de dólares- chupando cámara como si fuera el salvador, y sus virtudes, pues, sin tanta atención mediática es posible que el accidente hubiera acabado en uno más de los dramas que ocurren en la minería en todo el mundo.
Por un cúmulo de razones, el accidente de Copiapó, ha puesto de relieve la elevada capacidad tecnológica existente en la actualidad para resolver una situación que, en otra época y circunstancias, habría tenido un desenlace fatal. A a partir de ahora, ya no habrá excusas para no acudir con estos sofisticados medios en socorro de las víctimas de los previsibles accidentes futuros en la minería
Mineros: símbolo de lucha contra la injusticia
Símbolo de la lucha contra los elementos, los mineros simbolizan todavía otro tipo de lucha: la de los trabajadores contra la injusticia. En un panorama laboral como el de hoy, donde la patronal ha conseguido notables avances en la ruptura de la solidaridad obrera, el trabajo en la mina sigue uniendo a los hombres. En España, cuando el sector minero era uno de los principales factores de riqueza en Asturias, cada accidente en un pozo iba seguido por un paro generalizado en el resto de las minas. Durante la dictadura, el sindicalismo comenzó a resurgir organizándose en la oscuridad de las galerías, donde los ‘sociales’, la policía política franquista, tenían mayores dificultades para espiar.
En Chile, ni la patronal ni los gobiernos pueden estar orgullosos del estado lamentable en que se encuentran las instalaciones mineras en un país que ocupa el tercer lugar del mundo en accidentes mortales en el sector. Y en la historia chilena, la minería constituye uno de sus capítulos más amargos.
A comienzos del siglo XX, la situación de los obreros de la minería del salitre en el Norte Grande chileno era atroz. Recibían bajos salarios y se les pagaba con fichas sólo canjeables por bienes en las “pulperías” que pertenecían a los dueños de la mina. Cualquier protesta era ferozmente reprimida, a menudo causando masacres como en Atacama, Antofagasta y San Gregorio.
La matanza más sangrienta tuvo lugar en Iquique, donde los obreros se habían concentrado, en diciembre de 1907, en un masivo despliegue para exigir mejoras en sus condiciones de trabajo: eliminación de fichas, jornales a tipo de cambio fijo, control de los pesos y medidas de las pulperías, escuelas para los obreros. El gobierno adoptó una política represiva, enviando más hombres para reforzar a los regimientos de la zona, a la que llegó el día 19, en el crucero Zenteno, el general Roberto Silva Renard.
El intendente suspendió las garantías constitucionales y los obreros se refugiaron en la Escuela Santa María de Iquique. El 21 de diciembre, las ametralladoras se apostaron frente a ella y Silva ordenó disparar contra los huelguistas. En aquella aciaga jornada murieron más de 2.000 obreros.
El número exacto de víctimas que dejó la acción nunca fue aclarado. El informe oficial del general Silva habló de 195 muertos, cifra considerada irreal, dada la cantidad de obreros que se hallaban en el lugar. El gobierno de la época ordenó no expedir certificados de defunción de los fallecidos, enterrándolos a todos en una fosa común en el cementerio de la ciudad. La leyenda habla de 3.600 muertos, aunque la cifra más aceptada entre los investigadores se sitúa en torno a las 2.200 víctimas. En 1940 se exhumaron sus restos, siendo enterrados nuevamente, esta vez en el patio del Servicio Médico Legal de Iquique.
El 21 de diciembre del 2007, al cumplirse el centenario de la matanza, el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet decretó duelo nacional. Los restos fueron exhumados de nuevo para ser definitivamente depositados en un monumento erigido en memoria de las víctimas en el lugar del crimen.
Carnet de Paro.

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