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Neurosis

2 juny, 2010 - Entitats financeres

Ricardo AronskindPágina/12

El último y enorme paquete de salvataje financiero (750.000 millones de euros) organizado por la Unión Europea y el FMI para atajar la oleada especulativa contra las economías más vulnerables de la Zona Euro, constituye sólo un capítulo más de la crisis financiera iniciada en 2008 y que continúa expandiéndose en diversas direcciones.
En la evolución de la crisis se empieza a notar el impacto sobre los sistemas políticos, expresado en crecientes niveles de malestar en los votantes, caída o erosión de gobiernos, ausencia de liderazgos fuertes, incertidumbres sobre el rumbo político-económico, aparición de nuevos actores desde los márgenes del sistema.
Recientes elecciones en Estados Unidos (Massachusetts), Gran Bretaña (caída de Brown, emergencia de Clegg), Alemania (Renania-Wesfalia), muestran un clima de malestar que persiste. En Estados Unidos las leyes antiinmigrantes en Arizona, la irrupción del derechista Tea Party, el activismo de las milicias de ultraderecha no pueden reducirse a epifenómenos de la crisis, pero no cabe duda de que son potenciados por el telón de fondo del 10 por ciento de desempleo actual y de la frustración de los agredidos y arruinados por el derrumbe financiero.
La misma presión social y política se observa en los círculos económico-diplomáticos norteamericanos, donde está creciendo fuertemente la idea de acusar a China de “Estado manipulador del tipo de cambio” en la Organización Mundial de Comercio, para redoblar la presión internacional capaz de lograr que la potencia oriental revalúe sustancialmente su moneda. China no piensa hacerlo en la medida que necesitan sus competidores, y la tendencia hacia el conflicto comercial se continúa acentuando. La disputa en torno de la cotización relativa de las principales monedas está presente y forma parte por la competencia por acceder a los castigados mercados nacionales.
En la crisis griega confluyen un conjunto de presiones de muy diverso orden. Si la crisis financiera global no hubiera ocurrido, es probable que nadie se hubiera preocupado por el nivel del gasto público griego, o de la presunta corrupción de diversos actores sociales de ese país. Pero puesta en marcha la dinámica de la crisis, los fuertes intereses involucrados se defienden o atacan, tratando de mejorar sus posiciones relativas. Para el establishment internacional “es necesario que Grecia sufra”, para que tenga un efecto demostración disciplinador para otros “pigs” (expresión despreciativa acuñada por los financistas para aludir a Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España).
Los mercados
Para el capital financiero especulativo es otra inmejorable oportunidad de hacer ganancias apostando al derrumbe de diversos países. En medio de las espectaculares noticias diarias, y de las muertes que ya ocurrieron, la Zona Euro está logrando un objetivo económico relevante: la devaluación de su moneda, necesaria para recomponer su competitividad internacional. Gracias al dramatismo de la crisis griega se generaron las condiciones para que “los mercados” tiraran abajo el euro y volvieran más competitiva a toda la región. El sacrificio de Grecia está contribuyendo al saneamiento comercial de las principales potencias de la Zona Euro.
Antes del megapaquete lanzado el 9 de mayo, hubo un anuncio de ayuda por 135.000 millones de dólares, lo que sorprendentemente fue seguido por un derrumbe generalizado de las cotizaciones en las Bolsas del mundo. ¿Qué detonó esa explosión de desconfianza? Los argumentos que se escucharon en los circuitos financieros fueron:
a) que el paquete debía ser aprobado en varios parlamentos, lo que producía incertidumbre en los mercados en cuanto a su viabilidad;
b) que era un monto de rescate tan enorme para un solo país, que no quedaban recursos disponibles para otros eventuales salvatajes;
c) que el paquete votado en Grecia estaba encontrando una fuerte resistencia social y por lo tanto existía la inquietante posibilidad de que el gobierno griego cambiara de rumbo económico, o que Grecia cambiara de gobierno.
De estas críticas se deducían dos demandas implícitas: se reclamaban más garantías, y menos democracia.
En tanto, continúa la puja argumentativa: los culpables de los problemas griegos serían los jubilados, los empleados públicos y otros despilfarradores compulsivos que “viven por arriba de sus necesidades”. No parece haber responsabilidad alguna de los banqueros que prestaron en forma aventurera y en muchos casos corruptamente sin relación con la capacidad de pago de los receptores de los fondos. La Unión Europea ha adoptado hasta tal punto el enfoque de las finanzas, que todo lo que viene haciendo es armar planes de salvataje con condicionalidades que obligan a hundirse económicamente a los países, en tanto garantizan la solidez de los prestamistas.
Incluso los prestigiosos economistas Krugman y Stiglitz, lamentando la inflexibilidad de la Zona Euro para aliviar a países como Grecia, no llegan a poner en cuestión que parte significativa de la responsabilidad de la insolvencia griega (y eventualmente otras que puedan presentarse) es de los prestamistas, y que por lo tanto el enfoque general para repartir cargas y sacrificios debe ser totalmente otro.
Las graves medidas recesivas que está tomando Grecia, no difieren de un recetario más general. Por ejemplo, Rumania y otros países del Este, por indicación del FMI, ya están aplicando planes que contraen la demanda popular. Portugal acaba de suspender un importante plan de obras públicas. El gobierno del PSOE avanza con recortes y achicamientos. Pero también en una economía tan grande como la de Gran Bretaña, que tiene moneda nacional propia, cuya deuda pública es el 80 por ciento del PBI, y cuyo endeudamiento privado la supera ampliamente (ahí sí que se puede afirmar con fundamento que viven por arriba de sus posibilidades), los formadores de opinión sostienen que la coalición que gobernará la isla en los próximos años deberá proceder a un fuerte recorte de las erogaciones públicas, con aumento de impuestos y contracción del gasto social.
El denominador común de todos estos países es el tipo de presión fuertemente recesiva y socialmente regresiva que ejerce el capital financiero. Contraer la demanda interna, volcarse hacia la exportación, conseguir dólares/euros, y pagar los compromisos externos es una única receta adaptada al paladar de los financistas. La presión hacia la contracción de las economías nacionales golpeadas por la crisis es cada vez más fuerte, y el efecto a nivel sistémico es reforzar la contracción de la demanda mundial. Nuevamente se plantea la pregunta: ¿Quién les comprará a todos los países que en los próximos años de dediquen a reducir el peligro de una explosión (default) vía contracción y salida exportadora? Si la demanda y la producción no se reactivan, ¿de dónde saldrán los incrementos impositivos que se proyectan para equilibrar presupuestos y viabilizar deudas externas?
El capital financiero está empujando hacia una recesión global, destruyendo demanda en todas partes. Grecia es una demostración extrema de políticas de ajuste, pero la tendencia hacia el recorte de salarios, derechos sociales, gastos en infraestructura, educación, es universal.
Los Estados
Hay coincidencia general en que la actual crisis mundial es la más grave después de la que se inició en octubre de 1929, en Estados Unidos. Pero es menos frecuente señalar que a diferencia de aquélla, que impactó de lleno sobre el sector privado, obligando finalmente a intervenir a los gobiernos –luego de un período de “espera” del autoequilibrio de los mercados que nunca llegó– en esta oportunidad la intervención gubernamental fue sumamente rápida, consumando el rescate de los grandes bancos y evitando una debacle general, pero que trasladó todo el impacto del desastre a las propias cuentas públicas. Mientras que en el ‘29 quedó claro que fue el mercado sin regulación el origen del derrumbe, se corre el riesgo, en la presente crisis, de que se reescriba la historia, y se termine discutiendo sobre la responsabilidad de los estados en la situación.
La injusticia implícita en el diagnóstico de las crisis tiene el agregado adicional de que es económicamente errónea la propuesta de salida: lleva al estancamiento productivo, a la agudización del conflicto social y a la guerra comercial.
El pensamiento económico predominante ha sido colonizado por fortísimos intereses financieros, y ha perdido de vista una verdad fundamental en un momento de estancamiento económico: resulta mucho más útil y necesario a la economía mundial el gasto de un jubilado, de un empleado público, la construcción pública de infraestructura, que la defensa de elevadas ganancias bancarias, ya que en una alta proporción continúan realimentando el mercado financiero y sus apuestas depredadoras a ganancias fantásticas. Y lo anterior no sólo es válido en el corto plazo. En buena medida las burbujas financieras se han vuelto necesarias para suplir las carencias de demanda que muestra la economía global debido a su estructural insuficiencia para generar ingresos masivos que puedan absorberla.
En ese sentido, la crisis europea muestra con claridad cómo está construido el actual orden mundial y los roles que en el mismo se asignan: los gobiernos –Estados Unidos, la Unión Europea– a la defensiva, reaccionando desarticuladamente y corriendo detrás de los desmanes provocados por los financistas, mitigando a costa de elevadísimos déficit presupuestarios los desastres, y los banqueros y acreedores –FMI y BCE mediante–, diseñando las políticas económicas recesivas que determinarán la vida de cientos de millones de personas en los próximos tiempos.
Un enfoque alternativo debería implicar “Ajuste Cero” para el nivel de vida de los pueblos (usualmente hay muchos gastos superfluos ligados a sectores privilegiados que no se tocan), castigo para el aventurerismo financiero (hasta ahora han logrado que sus desmanes queden impunes económica y judicialmente) y eliminación de aquellos mecanismos “de mercado” que permiten apostar –y ganar fortunas– contra el bienestar de los países y las personas. No se trata de que el sistema político mundial corra “detrás” de los destrozos tratando de “gestionar las crisis” recurrentes, sino de establecer un control político eficaz y democrático sobre las finanzas

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