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¡No pasarán!

13 abril, 2010 - Entitats financeres

Joaquín EstefaníaEl País
Tras la intervención del Eurogrupo para evitar la suspensión de pagos de Grecia, la próxima ocasión en que se verán las caras los ministros de Finanzas de la Unión Europea (UE) será el próximo fin de semana en Madrid. Cuando todavía no se ha desvelado el papel que algunos bancos jugaron en el engaño que el anterior Gobierno griego cometió para ocultar la verdadera situación de las cuentas públicas del país -origen de la actual pesadilla que sufre-, ahora la Reserva Federal (Fed) de Nueva York desvela que 18 grandes entidades (entre las que están Goldman Sachs, Morgan Stanley o Citigroup) han rebajado sus auténticos niveles de deuda cada vez que tenían que hacer públicas sus cuentas, y luego volvían a incrementarlos. Quizá esta práctica no sea ilegal sino habitual, pero el maquillaje proporciona al inversor una imagen distorsionada del nivel de riesgo de las entidades, lo que está en el centro de la crisis financiera que asuela al planeta desde el verano del año 2007: el verdadero estado de las tripas de los bancos no es el que presentan al arbitrio de la gente.
Meter en cintura a unas entidades que han estado en el corazón de la Gran Recesión, que han engañado sobre su verdadera situación, que se han aprovechado del dinero público para ser rescatadas, algunas de cuyas actividades han estado en la sombra sin posibilidades de supervisión por parte de las autoridades correspondientes, etcétera, es lo que están intentando los Gobiernos europeos y la Administración de EE UU. Y más allá, lo que se desprendía de los tres comunicados posteriores a las cumbres del G-20 (Washington, Londres y Pittsburgh) que se han celebrado en medio de la tormenta, sin que hasta ahora se haya ido poco más allá de las buenas intenciones. Conforme se acercan la próxima reunión del G-20, en Canadá en junio, y un poco después la de Corea del Sur, en noviembre, se multiplican los esfuerzos para reconducir la situación.
En Europa, los Gobiernos alemán, francés y británico, con distintas modalidades y énfasis, han propuesto la introducción de un impuesto que pagarían las entidades y cuyo destino sería finalista: crear un fondo con el que financiar los futuros rescates de bancos y cajas de ahorro. No se trata de la célebre tasa Tobin para reducir la volatilidad de las transacciones financieras interfronteras o para amasar recursos contra la pobreza, sino un impuesto para salvar bancos de la quiebra. Además de la crisis griega, este será otro de los temas de la agenda de los ministros de Finanzas en Madrid.
En EE UU, donde Obama ya ha aprobado un impuesto sobre los activos no garantizados de los bancos, la Administración demócrata quiere sacar adelante una reforma financiera contundente en el periodo que va entre el segundo aniversario de la quiebra de Lehman Brothers (septiembre) y las elecciones para la renovación parcial del Congreso (noviembre). Al revés que la reforma sanitaria, la financiera es muy popular entre los ciudadanos, irritados ante los abusos bancarios, entre los que no es menor la ostentación de los bonus de los ejecutivos de entidades bancarias y de seguros que han tenido que ser auxiliadas con dinero de los contribuyentes para salir adelante. La desregulación de las finanzas y la desarticulación de la legislación protectora de los ciudadanos en este sector que inició Roosevelt tras la Gran Depresión de los años treinta, comenzaron en la década de los ochenta, con la hegemonía de la revolución conservadora de Reagan, y continuó en los mandatos demócratas de Bill Clinton, con la derogación de la ley Glass-Steagall, que obligaba a separar las actividades de la banca comercial y de la banca de inversión.
Si existe un ámbito en el que la protección al consumidor es particularmente necesaria y sensible, y resulta difícil de proporcionar, es en el de los ahorros de la gente, que son los recursos principales con los que los ciudadanos cuentan para el futuro. Mientras los Gobiernos intentan reforzar la regulación de las finanzas, los lobbies bancarios se movilizan para seguir como están o para que los cambios sean lo más descafeinados y etéreos posibles, y actúan bajo el eslogan del “¡No pasarán!” frente a la intervención pública. Obama declaró en enero: “Si estos tipos quieren pelea, estoy dispuesto a librarla”. Veremos qué hacen los europeos.

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