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No quiero que nadie me regale una libertad que me pertenece. De un gobernante espero medidas sociales

16 juny, 2011 - Opinió

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid
Esperanza Aguirre, en su discurso de investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid, ha hecho hincapié en que tanto su ideario como sus propuestas para hacer que las cosas mejoren pasan por dotar a los ciudadanos de mayores cotas de libertad individual. La cuestión es que, para la gran mayoría de la población, el primer acto de libertad, la primera elección, es poder comer todos los días. O no ser desahuciado de la vivienda en caso de no poder pagar la hipoteca a la correspondiente sucursal de esa banca principal causante de la crisis.
La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. (Miguel de Cervantes Saavedra: Don Quijote de la Mancha).
Si hay alguna invocación irrenunciable en cualquier discurso político que se precie, es la que se refiere a lo que el hidalgo cervantino consideraba un regalo del cielo y el poeta Schiller un hermoso tesoro de los dioses: libertad. Por desgracia, libertad y derecho a la existencia no siempre van parejos en la historia contemporánea. Para las masas obreras y campesinas que apoyaron los grandes episodios revolucionarios vividos en la Europa del siglo XIX, libertad equivalía a poder comer todos los días. Los verdaderos determinantes del estallido de 1848 fueron la crisis económica, las malas cosechas, el paro obrero y la situación de indigencia generalizada entre las clases populares. Jaime Vicens Vives, en el capítulo “Del Renacimiento a la Crisis del siglo XX” de su Historia General Moderna, señala:
“El pueblo que se lanzó a la calle en las jornadas de febrero en París y que se batió en las barricadas de junio luchaba por realizaciones materiales concretas. […] No era justa, ni en las leyes divinas ni en las humanas, la miserable situación que padecían los obreros ante el ciego egoísmo de la burguesía. […] Cuando, en los años 1846-1847, se desencadenó en la Europa Occidental la gran crisis de la producción agrícola; cuando ésta produjo el hambre en los centros fabriles, cuando las turbas reclamaron pan, la burguesía sólo pudo darles caridad o bayonetas”.
Desde la perspectiva liberal, la democracia adopta la forma de un contrato social que se establece entre la ciudadanía y el gobierno. Hay, sin embargo, una cuestión clave de la vida social que la doctrina del liberalismo no ha sido capaz de resolver con claridad: la forma de conciliar la libertad individual con una distribución equitativa de la riqueza social. Tal objeción se manifiesta por boca del obrero retratado por Pérez Galdós batiéndose junto a la milicia en las jornadas madrileñas de julio de 1854:
Venga, sí, toda la libertad del mundo, pero venga también la mejora de las clases, porque, lo que yo digo, ¿qué adelanta el pueblo con ser muy libre si no come? Los gobernantes nuevos han de mirar mucho por el trabajo y por la industria.
Esa cuestión se había planteado ya durante la Revolución Francesa, cuando los “montañeses”, en 1793, reemplazaron la histórica Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de agosto de 1789 por una Declaración de Derechos más amplia y avanzada, que además de la función social de la propiedad, reconocía el derecho a la educación, al trabajo y al “socorro gratuito”, en caso de no poder procurarse trabajo. Es el “derecho a existir”, invocado por Robespierre en un debate parlamentario librado hace más de doscientos años. En un determinado momento, se produjo en la Asamblea Nacional Revolucionaria una discusión en torno al libre comercio de granos (que encareció el precio del pan, afectando directamente a los sectores populares). Fue allí cuando Robespierre puso el dedo en la llaga al precisar que:
Los autores de la teoría [del libre comercio] han hablado más del comercio de granos, que de la subsistencia del pueblo. El primer derecho es el de existir. La primera ley social es aquella que garantiza a los miembros de la sociedad los medios de existir; todos los demás están subordinados a ella. Aparte de libertad ¿qué propuestas concretas, tangibles, tiene la condesa de Murillo para solucionar aquí -en nuestra región- y ahora problemas como el desempleo, la precariedad laboral en caso empleo, o las bajisimas pensiones que perciben muchos mayores madrileños. ¿Acaso tiene pensado complementarlas hasta un importe igual al 88% del Salario Mínimo Interprofesional como hace el Gobierno Vasco?
Yo no quiero que nadie me regale libertad. Llevo años aplicándola a mi vida. Y como prueba, escribo estas líneas con la mochila preparada, pues dentro de un rato me voy a Gredos a disfrutar del eclipse de luna desde un rústico chozo perdido en una de sus gargantas.
Cuando regrese, quiero ver las medidas sociales de Aguirre. Pues acepto el statu quo en virtud de un contrato social mediante el que los gobernantes deben garantizarme las condiciones de un Estado del Bienestar. Si no quieren hacerlo, consideraré lockeanamente que han roto el pacto, declarando el Estado de Guerra (re bellum). De guerra de clases, en este caso. Por lo que liberalmente me reservo el derecho a adoptar las correspondientes medidas de autodefensa.
Carnet de paro.

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