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No son solo palabras

15 agost, 2015 - Opinió

Jorge Moruno instituto25m.info
Lo importante no es lo que pasa, sino quién define los acontecimientos. Así de contundente y con esta maestría, sintetiza El Roto, la disputa por el sentido social de aquello que pasa y de lo que nos pasa. El método utilizado para coser las palabras con lo que acontece define el punto de vista que explica la realidad. Los datos nunca son objetivos, los números no hablan por sí solos, alguien tiene que ponerles voz y comunicarlos. Hay realidades que pueden llevar tiempo sucediendo pero que no son concebidas socialmente como un problema, hasta que no se les pone nombre y encarna una voz: la violencia machista es un ejemplo de ello. En este proceso no hay ningún idealismo de mago aislado de las palabras; pues quien le pone nombre es el cuerpo social que se escinde de la obediencia e impugna el orden de las palabras y el curso de lo que se dice. El conflicto que se da entre los humores de los grandes y el pueblo es, primero de todo, el conflicto por definir si este realmente existe, cuáles son sus fronteras y qué actores entran en juego. Por eso el marco donde se establece la propia discusión condiciona el desarrollo de la misma.
Lo vemos en la película Gracias por fumar, donde su protagonista, el portavoz de las tabacaleras encargado de defenderlas en público, le explica a su hijo que su trabajo se basa en tener siempre razón. Le propone un juego; él defenderá al helado de vainilla y su hijo al de chocolate. “Para mí es el mejor helado, yo no pediría otro, es lo único que necesito”, expone su hijo, a lo que el protagonista, su padre, responde: “Yo necesito más que chocolate, y en realidad necesito más que vainilla, creo que necesitamos libertad para elegir nuestra clase de helado, esa es la definición de libertad”. Su hijo le recrimina que no le ha convencido y que no ha demostrado tener razón, pero lo que busca su padre no es convencerle a él, sino a todos los que escuchan. En realidad, gana no por demostrar las virtudes de su planteamiento, sino por dejar fuera de juego la postura del adversario. Les ha convencido de algo muy concreto, a saber; que la libertad se define por la posibilidad de elegir entre varias opciones. Ahora bien, ¿quién puede realmente ejercer dicha libertad? Eso lo define tu capacidad subjetiva para alcanzar los medios económicos que te lo permitan. Somos conscientes de que no todo el mundo puede alcanzar tales medios, pero curiosamente nunca nos vemos como aquel que no puede lograrlos, es cosa de otros, no va conmigo.
Slavoj Zizek define esta propiedad ideológica como la mentira vestida con el ropaje de la verdad, esto es, justificar un acto partiendo de algo cierto para luego alcanzar objetivos muy distintos. Por ejemplo, invado un país porque hay una guerra y digo que voy a construir la paz cuando lo que busco es petróleo. Una media verdad es la peor de las mentiras. Cierto es que poder elegir entre opciones distintas es una facultad que define la libertad, lo que no es tan cierto es que todos puedan elegir y, menos todavía, decidir aquello entre lo que se pueda elegir. La libertad entonces queda cercenada por un principio de refinamiento ideológico consistente en determinar cuáles son las causas que normalizan poder elegir entre un número X de opciones y por qué esas opciones y no otras. O más trillado todavía, ya sé que no elijo realmente, pero me encanta pensar que sí lo hago. Como vemos, el sentido común es una fuerza centrípeta, al igual que lo es también la fuerza de los cambios suscitados por la movilización de la sociedad cuando consigue generar nuevos sentidos de lo común.
Los actores en pugna por definir el sentido de las cosas y las experiencias nunca parten en igualdad de condiciones, siempre existe una sedimentación pasada de axiomas —verdades evidentes que no necesitan ser demostradas— instalados, y respuestas tácitas culturalmente aceptadas. Dicha sedimentación asumida con el paso del tiempo es el resultado del efecto provocado por la correlación de fuerzas sobre el intelecto colectivo.  El consenso genera poder y el poder genera consenso, decía Carl Schmitt. Provocar el consenso —dentro de los límites de un contexto socialmente dado—, en torno a las posturas que defiendes, te ubica en una situación desde donde ejercer poder. De igual forma, ejercer poder normaliza tu posición, generando así consenso e institucionalizando relaciones sociales a lo largo del tiempo. A esto lo podemos llamar poder constituido, pues la distribución de las relaciones, equilibrios y correlaciones de poder permanecen temporalmente cerradas y constituidas. El reparto está dado en un régimen político-jurídico y por eso se constitucionaliza ese reparto. Por contra, el poder constituyente es, como su nombre indica, esa fuerza que se constituye frente al dominio de una tupida red de relaciones hegemónicamente constituidas por el régimen vigente. El poder constituyente es siempre, en consecuencia, una fuerza contra-hegemónica que aparece dentro del campo del adversario. Los juegos del lenguaje articulan otros relatos y despliegan su fuerza ahí donde los relatos constituidos se ven erosionados, precisamente por su incapacidad política y económica de canalizar, de dar sentido y salida a las demandas. Todo es un efecto de la realidad y la realidad es producida por su propio efecto. Tal y como nos recuerda Antonio Negri, el movimiento de la realidad interpreta a la propia realidad. La cuestión en esta situación es doble: primero es necesario que el poder constituyente acabe desbordando al poder constituido y, en segundo lugar, verificar hasta dónde puede surcar y llegar el despliegue aperturista y desobediente del movimiento de la realidad.

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