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O cambian o les cambiaremos

17 març, 2011 - Internacional

¿No es suficiente todo lo que hemos vivido desde principios de siglo para cambiar ahora las políticas “parciales” de fuerza e intentar, con unas Naciones Unidas reforzadas debidamente, otras fórmulas que no conlleven tantos muertos, sufrimientos, desplazamientos…?
Federico Mayor Zaragoza – Comité de Apoyo de Attac España
¿Qué autoridad moral tienen ahora para acusar a Gadafi y a los otros “dictadores” quienes hasta hace cuatro días les ofrecían solícitos el cobijo de sus paraísos fiscales, les vendían armas a manta, les aceptaban prebendas y hasta les daban a sus hijos, con facilidades explícitas, doctorados y otras distinciones académicas?
Tomemos nota, avergonzados, y advirtámosles que deben aprender las lecciones sin demora, actuando rápida y públicamente con medidas concretas, o recibirán muy pronto el rechazo de los ciudadanos. Del mismo modo que se han desencadenado las rebeliones que ahora destapan tantos disparates y contradicciones, provocaremos el cambio de quienes siguen aferrados al mercado, al único valor del dinero, a los vaivenes del “gran dominio” financiero, militar, energético y mediático, a las grandes corporaciones que anuncian beneficios de 32.000 millones de dólares en 2010 -como Exxon Mobil- al tiempo que suben el precio del barril para asfixiar a los consumidores, con “efectos colaterales” tan graves como el alza de los precios de los alimentos.
Exijamos de inmediato el reforzamiento de las Naciones Unidas, una economía basada en el desarrollo global sostenible, la relocalización productiva… el buen sentido, en suma.
El cambio es apremiante. Y este cambio no se hará, desde luego, por quienes confían en la inadvertencia o insolvencia ciudadanas sin aportar solución alguna.
Dejemos de entretenernos con fechas electorales inexorables, acompañadas de maniobras, promesas y ocultaciones intolerables, y proclamemos claramente que si no hay transparencia y cambios reales nos movilizaremos como en Túnez, Egipto… porque nos llena de indignación que sólo se embarguen los bienes “de los derrocados”… al tiempo que todo sigue igual: el acoso de los mercados (¿y los planes de acción social?), el precio del petróleo al alza (¿y el cambio climático?), la economía sumergida, la evasión de responsabilidades civiles (¿cuántos españoles tienen, como los “tiranos”, depósitos en los paraísos fiscales?)
Lo dicho: o cambian o les cambiaremos.
Sería muy peligroso, de nuevo, recurrir a la fuerza, por principio, pero también porque, en este caso, no debe minusvalorarse la capacidad militar de Muamar el Gadafi.
Lo saben muy bien los que le han estado vendiendo armas hasta hace unos días. En el mes de septiembre de 1999 tuve ocasión de presenciar, junto a la mayoría de los presidentes África y embajadores de muchos países europeos y del Este, una formidable “manifestación”, en Sirte, del inmenso potencial bélico que había alcanzado ya en aquel momento Libia: aviones de guerra de origen francés, miles de tanques de origen japonés, acorazados desfilando por el mar que servía de telón de fondo, diversos tipos de cohetes y misiles…
Una acción militar por parte de Occidente crearía un grave precedente y tendría un efecto muy negativo, hasta el punto de hacerlos descarrilar, sobre los procesos de liberación actualmente en marcha en el Magreb y el mundo árabe. Es necesario hablar. Acabamos de ver los malísimos resultados de las invasiones de Kosovo y de Irak.
Por cierto, mucho cuidado también en establecer apresuradamente juicios que consideraran a Gadafi criminal de lesa humanidad. Después de los muertos y de los precedentes de Guantánamo, Abu Ghraib y de Bagram… sería muy difícil acusar a unos y exculpar a otros.
Por todo ello, creo que en este caso, más que nunca en el pasado, lo imprescindible es conferir a las Naciones Unidas toda la autoridad para alcanzar, con Rusia y China incluidos, acuerdos inmediatos de alto el fuego y buscar las soluciones adecuadas.
¿No es suficiente todo lo que hemos vivido desde principios de siglo para cambiar ahora las políticas “parciales” de fuerza e intentar, con unas Naciones Unidas reforzadas debidamente, otras fórmulas que no conlleven tantos muertos, sufrimientos, desplazamientos…?
Occidente debe comprender, de una vez, que lo que necesitan hoy los pueblos que se están rebelando no son armas sino ayudas para consolidar un desarrollo que permita la igual dignidad de todos.

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